Cosa de niños

  27 Mayo 2019

Programas «infantiles» en televisión

prodigiosLa expresión «cosa de niños» se suele asociar con asuntos extremadamente sencillos. Como si su condición les incapacitara para realizar tareas con elevado nivel de complejidad. De hecho, en el plató y fuera de ellos, algunos hacen cosas tan extraordinarias que hasta emocionan a sus adultos. A propósito de esto me viene a la cabeza un pensamiento, atribuido a Pablo Picasso, según el cual «Cada niño es un artista». Si bien, continúa señalando el pintor, lo difícil será cómo seguir siendo artista cuando se va haciendo adulto. Y llegados a la mayoría de edad, ¿se pueden hacer cosas de niños?

Lo más frecuente y a veces reprochable, es poner a los menores en el trance de tener que imitar a algún adulto, de obra o de pensamiento. Transmutación evolutiva a la que los programadores de las distintas cadenas de televisión dedican no poco ingenio para llenar tiempo de televisión. Se afanan con denuedo en hacerles hacer cosas como si fueran mayores, siempre con la intención que de ello se desprenda una gracia. De alguna manera estos formatos de promoción del espectáculo «infantil», no dejarían de ser la nueva versión del «artista a palos».

Todo esto viene a cuento, ya lo he mencionado en alguna otra ocasión, a la baja estima que se les tiene a los menores en la programación de las televisiones. Dónde están las organizaciones sociales y culturales que se ocupaban de controlar las emisiones de los distintos canales de televisión y analizar si cumplían o no con los cuidados debidos a la parte más vulnerable de la audiencia. Cuando a mediados de los noventa se aprobaron con los «códigos de autorregulación», ya se pronosticaba el final de la vigilancia externa. Cosa que, con el paso del tiempo, hemos visto cumplirse.

Las propias empresas tienen sus organismos supervisores y una ingente cantidad de normas que nadie se encarga de velar por su cumplimiento, salvo cuando la tele muerde a un menor. Sin ir tan lejos. Hace unas pocas semanas el Parlamento y el Consejo europeos promulgaron una directiva sobre los «servicios de comunicación audiovisual». En el mismo se dedican artículos y más artículos para establecer órganos reguladores y de supervisión. Frente a este apoyo al incremento de burocracia, en apenas una línea dispone que se han de «facilitar medidas y  herramientas eficaces de alfabetización mediática».

Mientras esto sucede por los despachos, las cadenas de televisión avanzan en el finiquitado de lo específico de la infancia. Es la circunstancia en la que se ven envueltos programas como Prodigios (TVE), presentado por Boris Izaguirre, en el que los menores debían exhibir sus capacidades de canto y/o danza ante un jurado de adultos. Invento norteamericano y semejante a Little Big Show que presentó Carlos Sobera hace algún tiempo en Tele 5.

De parecido formato y controvertida trayectoria es Pequeños gigantes (Televisa). Su principal atractivo, según parece, fueron las broncas que les montaba Miguel Bosé, quien oficiaba de jurado, a los periodistas que acudían a las grabaciones a la caza de casquería. Llegados a este punto, qué decir de las reediciones del Masterchef Junior, Tu cara me suena, el resto de cazatalentos televisivos o los especiales que Antena 3 monta para los menores como el esporádico ¡Ahora caigo!

Tal vez por lo estrafalario del trato que desde el medio televisivo se les brinda a los chicos y chicas, es por lo que Javier Sardá tuvo que hacer malabares lingüísticos para justificar la vuelta a antena de su Juego de niños (TVE). Dejó claro desde el principio que no quería repetir el viejo programa pero tampoco hacer que los niños imitaran a los adultos. En la nueva versión expone a niños y niñas, procedentes de unos 60 colegios, a gesticular y balbucear sobre términos como «terremoto» o «ligar».

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A partir de su mímica y comentarios elusivos, los dos adultos invitados han de adivinar el término en cuestión. Los adultos, por supuesto, son famosos y normalmente con alguna obra en promoción. Lo habitual es que ni la famosa/famoso ni su creación artística tenga relación alguna con el mundo infantil. Salvo casos como el de Berto Romero, el resto les son bastante desconocidos para esas chicas y chicos que se esfuerzan en hacer gracias descifrables por los «invitados» del programa. El juego, por tanto, no es de niños como dice el título sino para divertir a los adultos.

Es muy difícil no adivinar una doble moral tras programas de este tipo, pues la apuesta por el espectáculo conlleva dejar en un segundo plano las cuestiones que más interesan a los menores. Hay un contraejemplo que me parece interesante mencionar, pues se trata de un programa informativo dirigido ex profeso a la chiquillería. Es el InfoK de la Corporación Catalana de RTV. Un programa diario que lleva mucho tiempo en antena porque está muy bien hecho desde el punto de vista televisivo, si bien con frecuencia suscita agrias polémicas por sobrepasar la línea editorial.

Sin duda, se trata de un producto de muy buena calidad pero que, sin embargo, se utiliza para las cosas de los mayores. Esta es la sensación que se me queda cuando veo en Página dos (La 2), la sección que se dedica a la literatura infantil y juvenil. Aparecen en pantalla un niño y una niña, es lo más frecuente, recomendando el libro que han leído y que tienen entre las manos. Sin embargo, este formato nunca se aplica cuando se trata de los libros de adultos, contenido que llena la mayor parte del minutaje de cada emisión.

Hace muy pocos días, tras la emisión del correspondiente capítulo de Cuéntame (TVE), se emitió Ochéntame otra vez. El programa exponía y comentaba la explotación de los menores por parte de la industria musical y televisiva de los años ochenta y noventa. En algunos casos el asunto, como se suele decir, era de juzgado de guardia. Sin embargo, nada se comentó sobre la permanencia de tales prácticas en el gremio. ¿O es que la industria del entretenimiento actual no se sirve y explota sin escrúpulos a los menores?

Ya mismo llegan las vacaciones escolares, y con ellas abundante tiempo libre para los menores. De modo que pronto volverán a programarse espacios televisivos para cautivar y entretener a los más pequeños de la casa. Se les volverá a ofrecer cosas de adultos revestidas de interés para menores. ¿Sería mucho pedir que en vez de hiperproteger tanto a la infancia, se dedicara mayor esfuerzo a ofrecer espacios en los que niñas y niños se comporten como ellos son? En efecto, la programación de las televisiones es también uno de esos espacios.

Escribe Ángel San Martín

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