Ausencias imperfectas

  12 Febrero 2018

Desaparecidos

desaprecidosHe llegado a la convicción, tal vez por ver tanto la tele, que nadie alcanza ya la condición de ausencia absoluta. Ahí tenemos el título de un programa recién estrenado en TVE que emite los miércoles por la noche. Me refiero a Desaparecidos (La 1), reedición del Quién sabe dónde de antaño, y que ahora presentan Silvia Intxaurrondo y, como entonces, Paco Lobatón. Un programa catalogado como de «servicio público» en el que, a petición de amigos y familiares, se busca a quienes permanecen en paradero desconocido.

El motivo es loable, sin ninguna duda. Transcurre en distintos decorados según se trate de entrevista, análisis a cargo de especialistas invitados, además de los reportajes fuera de plató aportando opiniones y recuerdos de los allegados al desaparecido o desaparecida.

El tono pausado y grave, junto a la presencia de expertos (algunos con su uniforme oficial), transmite la sensación de seguridad, de estar todo bajo control. Suscita la certeza de un final feliz para la persona ausente que acabará, tarde o temprano, apareciendo en televisión para contar su experiencia.

Cierto que no se cargan las tintas sobre el morbo. ¡Faltaría más, siendo la tele pública! Entiendo que el problema no es tanto el tratamiento que se le da a estos temas, como la pertinencia del programa mismo. De un modo u otro, todas las cadenas abordan estos mismos asuntos en su rejilla diaria bajo formatos distintos. Unas veces con las cámaras en el lugar del suceso, otras en diferido o con el testimonio en plató de familiares y amigos. El espectáculo televisivo está en mostrar que aquí cualquier ausencia es imperfecta ante los nuevos medios. 

El tratamiento televisivo del caso de la joven asesinada y encontrada en un pueblo de Galicia, produce cierto sonrojo. Hasta puede entenderse que los familiares directos se presten a ir de una tele a otra, incluso mientras se realizan las diligencias. Más dudoso es que vayan de figurantes a los mítines de Rajoy o Feijó. Mucho menos aceptable es que los agentes del orden aparezcan en los telediarios disolviendo los límites entre la ficción televisiva y el suceso real.

Claro que todo ello ha contribuido a fomentar un clima favorable para pedir a las autoridades legislativas que mantengan la prisión permanente revisable. Menos mal que, como contrapunto, hace unos días pudimos ver en El Intermedio (La Sexta) al exjuez Garzón exponiendo sus argumentos contrarios a semejante iniciativa. Sus palabras, como efecto secundario, nos permitieron comprender mejor lo que otro magistrado calificó como «populismo punitivo». 

Hace un par de semanas Antena 3 estrenó un programa, en tono de comedia, titulado Cuerpo de élite. Probablemente para contrapesar las tensiones de los diferentes independentismos, incluido el del Gobierno con un ministro del interior ejerciendo de Bad Simpson solipsista. En la comedia se enreda a agentes pertenecientes a los distintos cuerpos autonómicos. La caricatura de los personajes hace un guiño, sin duda, al éxito en el cine de los apellidos vascos y catalanes. Pero no siempre las copias fueron mejor que el original.

Lo que me preocupa es que en esta propuesta, resuelta con cierta fortuna, late un transfondo presenta en series de ficción tan lejanas como El comisario (Tele 5) o Unidad Central Operativa (TVE), y en las más recientes basadas en la hiperrealidad como 091: Alerta policía (DMAX). Se insiste en parecida línea argumental en series como Policías en acción (La Sexta), Olmos y Robles (TVE), Mar de plástico (Antena 3), la exitosa El Príncipe (Tele 5), Servir y proteger (TVE), Héroes, más allá del deber (Cuatro).

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Por si todo esto no fuera suficiente, el ministerio de la cosa ha hecho un vídeo para distribuirlo en los centros escolares. El propósito es que la chiquillería se familiarice con la labor de los cuerpos y fuerzas de seguridad. Parece que no tienen suficiente con ver los informativos que cada vez se asemejan más a El caso o con la iniciativa de una asociación que ha resucitado aquel Por tierra, mar y aire (TVE, 1968). Desde luego, si con tanta ficción policial y relato de sucesos el personal no se victimiza, no hay otra solución que recurrir al incombustible Iker Jiménez.

Otro ejemplo de ausencia imperfecta la hemos podido contemplar en la gala de los Globos de Oro, de los Goya o de la popular última edición de Operación Triunfo. En estos eventos de gran repercusión televisiva, ha estado presente la denuncia de los abusos físicos y laborales contra las mujeres. Ningún acto de esta magnitud, aunque se lo proponga, puede permanecer ajeno a las circunstancias de su tiempo. Así que lo mejor, como se ha hecho en los citados eventos, es adoptar un posicionamiento y además hacerlo explícito para que la concurrencia lo tenga claro.

Ahora bien, muchos de los casos que animaron a mostrar semejante posicionamiento se perpetraron en las entrañas de su negocio. Al final la denuncia mostrada queda como ausencia imperfecta, una denuncia como no creyéndoselo del todo o solo en plano del discurso espectáculo para fidelizar a la clientela. No deja de ser llamativo que el contenido y estilo de realización de estos eventos no sean más que una invitación al voyerismo de la vanidad. Claro que entre coherencia y audiencia, prefieren esto último. Tal vez por ello recurren a «los javis» y dejan como figurantes a «los jordis».

Mucho más contundentes y solidarios fueron esos seis presentadores de la BBC que directamente se bajaron el sueldo hasta equipararse con el de sus compañeras que hacen las mismas funciones. Esto sí que es dar un ejemplo con un gesto desde dentro. La lástima que tan solidaria decisión caiga pronto en el olvido.  

Es muy loable que se preocupen de que nadie ande por ahí desaparecido, porque la televisión es muy capaz de convertirla en una ausencia imperfecta o transitoria. Tampoco sería demasiado pedir que no se victimice, que no se intimide, en definitiva, que no se aproveche la atención mediática de los grandes eventos para hacer más suculento el negocio publicitario. ¿Alguna vez su ausencia será perfecta?

Escribe Ángel San Martín

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