La televisión excitante

  20 Octubre 2017

Incendios en Cataluña y Galicia

puigdemontHace unos días escuchaba a un estudioso italiano disertar sobre el actual fenómeno de la televisión global. Uno de los argumentos en los que más se detuvo fue en la definición de este medio como el de la “excitación”. Lo cual es aplicable tanto a la programación de la ficción, de informativos, de las tertulias o del entretenimiento. En la actual lucha por mantener un mínimo de audiencia, la estrategia a seguir es la de cautivar, emocionar movilizando hasta las vísceras del respetable.

Una buena demostración de tal afirmación lo estamos viendo y sintiendo estas semanas en las distintas pantallas, incluida la de TV, interconectadas entre sí. En la pantalla de televisión podemos leer “notas a pie de página” con los comentarios de las redes sociales. Incluso acude con sus cámaras a los lugares señalados desde estas mismas redes o emiten las imágenes tomadas con los dispositivos de éstas. Se contribuye así a lo que en la economía política de la cultura califican como “experiencia”. Ante ésta pierden valor los relatos y sus argumentos o los objetos materiales, lo valioso ahora es lo que los individuos son capaces de vivir en un momento dado.

Pero volvamos a la pantalla de televisión. La otra noche, haciendo zapping recalé en El objetivo (La Sexta, volcada monográficamente en Cataluña), de la sobreimpostada Ana Pastor. Tenía a su alrededor a cuatro directores y directoras de periódicos que se editan en Barcelona. La temática objeto de análisis era tratar de adivinar la respuesta que el President de Catalunya le daría a la mañana siguiente al Presidente del Gobierno de Madrid.

En la misma franja horaria, se vuelve sobre la cuestión con una pregunta planteada en el estreno de Cómo lo ves (La 1, TVE), presentado por Carlos Herrera. En este caso, pese a lo serio del asunto, resultó bastante sonrojante el tratamiento que se le estaba dando al asunto. Sobre todo cuando, a golpe de contraplano, el presentador lanza la siguiente pregunta: ¿Fantaseas con otra persona cuando haces el amor con tu pareja? Es posible que la pregunta, de fondo freudiano, aluda al movimiento separatista pero desde luego las tres cadenas generalistas (TVE, Tele 5 y Ante 3) se portan como madrastras despechadas. 

Asunto que, con ser importante, no es lo que aquí más me interesa destacar. Ana Pastor y su equipo tuvieron la sensibilidad suficiente como para intercalar en el debate sobre el procés, las terribles imágenes que llegaban de Galicia. Se estaba desatando una auténtica tragedia ecológica y también humana, porque se acababan de producir varias víctimas humanas. En cada conexión ofrecía imágenes y testimonios realmente sobrecogedores. Era, con todas las letras, una televisión de excitación por saber lo que estaba pasando con las gentes y los montes gallegos.

Salvadas las distancias, las impactantes imágenes de las llamas entrando en las viviendas, eran comparables por su fuerza a las del 1 de octubre con las cargas policiales en Cataluña o a las de las pacíficas manifestaciones posteriores. Más allá del significado político, a lo que me refiero es que la estética y el contenido de unas y otras imágenes eran excitantes porque nos mantenían enganchados a la pantalla. Enganchados por saber qué pasaría en el minuto siguiente. Imágenes y sonidos que constituyen ya un género, pues son muy semejantes a las generadas tras el atentado en Barcelona del pasado agosto, el de Londres o el de París.

Algo muy parecido pasa con las tertulias y debates de las dos cadenas de TV que, digamos, disparan al respetable desde las respectivas trincheras de combate. Los análisis políticos que presenta TV3 (por ejemplo, el nocturno Més 3-24), son muy dinámicos, incisivos e incluso de estética juvenil. Ahora bien, aparte de haberse vuelto monotemática, venga o no a cuento, en el fondo de pantalla siempre aparece el mismo bucle de imágenes: los policías porreando al personal envuelto en una bandera (así lo ven por ahí fuera). Frente a ello tenemos los debates de TVE, incluso los de algunas otras cadenas, resultan encorsetados, adustos y cargados de una moralina propia de padre espiritual. Por cierto, el recurso visual más socorrido, en este caso, es el de la bandera (así lo ven por ahí fuera).

La entradilla al Informe semanal (TVE) del sábado pasado, realizada por su director y presentador, Jenaro Castro, producía sarpullidos. No hizo más que desgranar descalificaciones en una sola dirección. Era fácil advertir, por tanto, por boca de quién hablaba. Lo cual no deja de ser impropio de una televisión pública, si bien el propósito de remover las vísceras era manifiesto. Además mostraron estar muy faltos de reflejos (en otro tiempo, éstos no les fallaban), pues en esos momentos se vivía un auténtico drama por el fuego en Galicia, Asturias o Portugal.

Me detengo en estos detalles televisuales porque hoy la opinión pública, según dicen los estudiosos, se mueve y moviliza fundamentalmente a través de imágenes, a través de iconos con muy pocos argumentos y muchos condimentos excitantes: colores, gritos, violencia... A lo cual contribuyen en muy buena medida las imágenes de la televisión. La cuestión ya no es si esas imágenes son bonitas o feas, si se ajustan o no a la realidad, si dicen o no la verdad. Estos son condicionantes que para la economía de la cultura ya no tienen mayor relevancia, tampoco para las sociedades actuales que piensan y actúan a partir de 140 caracteres.

De manera que lo que realmente cuenta son esas imágenes que excitan y movilizan a las audiencias, entre otras razones porque refuerzan prejuicios y no obligan a reelaborar ideas nuevas. Si el contenido plástico de la imagen no es suficiente, entonces se recurre a lo que está apareciendo en la pantalla del móvil. Sin el menor pudor, tertulianos, presentadores de programas e incluso enviados especiales, leen y dan marchamo de información a lo que está circulando por las redes sociales, sin darse tiempo para contrastar el contenido.

Lo dicho, la tele está para lo otro o tal vez para encerrarnos en el Ministerio del tiempo (TVE).

Escribe Ángel San Martín

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