Por el amor de una... parcela

  11 Mayo 2016

Papeles de Panamá y errores de comunicación

ochentameSegún recuerdo, fue en un golpe de sueño como me golpeé con el mando a distancia. Al recuperar el tono me encuentro en el plasma la fantasmagórica imagen del Sr. Hernández Mancha. No estaba seguro que fuera cierto lo que tenía ante mí. Era como entrar en el túnel del tiempo y retroceder varias décadas. Así que me restregué los ojos y volví a enfocar. Con el gesto quise asegurarme que no era La 1 emitiendo un capítulo del Ministerio del tiempo o de Cuéntame.

Poco a poco el desconcierto se fue disipando. Se había puesto en marcha La Sexta y, contra todo sentido común, el citado ex directivo del partido conservador había pedido acudir a explicar su patrimonio expatriado al plató de esta cadena. En plan víctima, pillada en renuncio, acude a los dominios de Ana Pastor (El objetivo), rincón donde ejerce sin clemencia todo su poderío. Quién le asesoraría a este señor primero a utilizar paraísos fiscales y, luego, acudir como voluntario a explicar el asunto ante la citada periodista.

Al final pasó lo que tenía que pasar. Ante la insistencia de la entrevistadora, el Sr. Hernández Mancha puso su alma en el lado de los piadosos: siempre había perseguido a quienes evadían impuestos, según propia manifestación. Luego no cabía atribuirle a él una acción semejante, según consta en los papeles de Panamá. Pero la periodista siguió hurgando, hasta que finalmente soltó el “titular” que tanto persigue en sus entrevistas. El político le atribuye la presencia de su nombre en esos papeles a que su mujer se enamoró locamente de un piso en una zona bien de Madrid. Las caras de la periodista eran indescriptibles, al igual que la descomposición gestual del entrevistado.

Traigo a colación esta entrevista, porque en algo coincide el Sr. Hernández con sus correligionarios de partido: tienen problemas serios de comunicación e incluso de pereza como el Sr. Rajoy. Ante las pilladas que se están desvelando, el recurso más socorrido está siendo siempre el mismo: errores de comunicación.

El Sr. Soria tuvo que dejar el Ministerio de Industria precisamente por equivocarse sistemáticamente en las ruedas de prensa que daba. Al Sr. Granados y a tantos otros como al Sr. Cañete, les sucede lo mismo, se equivocan en su ejercicio de hacerse entender. Lo cual, bien pensado, tiene su intríngulis. Pretenden ocultarnos con palabras unos hechos sucedidos y presuntamente fuera de la ley. ¿No se habrán enterado que no nos interesan tanto sus palabras como el que den cuenta de lo hecho ante los tribunales de justicia?

El recurso al error de comunicación o a que se han sacado de contexto unas determinadas palabras, se ha vuelto un comodín del que tiran los portavoces de todos los partidos. En esto no se salva ninguno. Ahí están los deslices y las consiguientes disculpas de Pablo Iglesias o del líder de Ciudadanos, y hasta surgen inconvenientes del humor casposo de José Mota por lo que han de pedir disculpas los responsables de TVE. Lo cual invita a pensar sobre la verdadera distancia que separa a la palabra del pensamiento. Pues pudiera ser que sólo fuera un tropiezo verbal o, al contrario, la proclamación de convicciones más o menos asumidas.

En este sentido no hay la menor duda del fondo de las opiniones difamatorias y contrarias a la moral católica que se vierten en tertulias como El cascabel de 13TV (propiedad de la Conferencia Episcopal). En esta supuesta tertulia política, el Director General de la Policía —en funciones— volvió verbalmente por donde solía. Cargó contra Podemos con toda su batería difamatoria. En este caso no hay duda que la perrita Lola, mascota del Ministro del Interior, ladra con más tino que el mentado Director General. Entonces, me digo yo, si el citado alto cargo dice lo que piensa y eso es lo que piensa, ¿por qué no fue destituido de forma fulminante? Si se hubiera empleado con igual pasión a loar a Podemos y luego hubiera dicho que todo fue un “error de comunicación”, ¿sus jefes se lo habría perdonado?

Si seguimos tirando del hilo que cose las palabras, acciones y pensamientos, nos encontramos con no pocas sorpresas. Ahí está el Sr. Cebrián, a la sazón presidente del grupo Prisa, para erigirse en acérrimo defensor del “bienhablar”. Así que como Ignacio Escolar habló de las plurales apariciones de Cebrián en los papeles de Panamá, éste le cerró las puertas de la Cadena Ser. En pleno siglo XXI, el que se dice es de la libertad de información, se salpica todavía con prácticas despóticas.

Aunque sonado, este no es el único caso, ni mucho menos. Cada vez nos encontramos con más actuaciones de parecida naturaleza y efectos nefastos para la libertad de expresión. Esta semana hemos celebrado el día internacional de esa libertad fundamental, justo cuando se libera a tres periodistas secuestrados en Siria o nos enteramos que los mismos agentes en conflicto producen y difunden la videoinformación. ¿Tampoco son ya necesarios los periodistas?

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Diferentes organismos nacionales o internacionales, da igual, todos coinciden en llamar la atención sobre los continuos recortes de la libertad de expresión y de prensa. Ante la dificultad, se me ocurre, de poder acceder a la información contrastada, el personal prefiere la ficción. Y más particularmente a las series que recorren los vericuetos de la seguridad y el orden público.

Desde la ya citada Ministerio del tiempo, El Caso, Vis a vis, El Príncipe, La Embajada y hasta en la bienintencionada Cuéntame cómo pasó, la policía detiene con solvencia al violador de San Genaro. Por cierto, retorciendo la narrativa, ahora resulta que los transgresores de la ley en la realidad son los que piden en la ficción que se aplique sin contemplaciones. ¡Uno ya no puede relajarse ni cuando cree que está viendo ficción!

A este juego entre realidad y ficción, se le añade otro en el que los mismos productores se afanan en ofrecerle al público pelos y señales de cómo se hizo el capítulo que se acaba de ver. Pero las explicaciones nunca desvelan por qué dicen y hacen lo que hemos visto, sino cómo lo han hecho para que nosotros lo veamos. Con lo cual no nos aclaran nada (sólo Crematorio, Tele-5, logró anticiparse un poco a los sumarios judiciales). Tal vez cuando hayan pasado muchos años y llegue otra crisis con restricciones presupuestarias, entonces posiblemente las teles tirarán de sus archivos para hacer programas como los presentados por Santiago Segura.

De todos destaco Ochéntame otra vez (TVE), porque con un tono un tanto nostálgico, vuelve sobre la década de los 80 ofreciendo imágenes y datos que, cuanto menos, resultan muy convenientes para entender lo que sucedió por aquellos años. Todo un esfuerzo ímprobo de documentación e interpretación del pasado.

Si en otro tiempo lo maravilloso era “la primera vez” de lo que fuera, ahora en la sociedad de la obsolescencia programada, lo que parece importar más es la “segunda oportunidad”. Ante lo inasible del presente, el recurso narrativo es volver al pasado con retazos de ficción de entonces y de lo que sucedió. Parafraseando a aquella señora manchega: ¡Esto es como vivir en diferido!

Escribe Ángel San Martín

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