Los encantos del debate (marzo 2008)

  09 Marzo 2008

Escribe Ángel San Martín Alonso

debate-2.jpgDe entrada, sí al debate en la tele. Luego se podrá entrar en matices pues, según la prensa y demás tertulianos, no todos vimos los mismos debates. En cualquier caso, lo primero a destacar es que han tenido que pasar quince años y que gobierne un partido con convicciones democráticas, para poder asistir a la confrontación pública entre dos de los aspirantes a la Moncloa. La iniciativa, desde luego, se merece un reconocimiento sin paliativos. Pero ahora, si me disculpan, hablaré del debate que yo vi.

Todo parece indicar que lo que quedará de las dos citas es lo de la “niña de Rajoy” y poco más. Permanecerá la anécdota y, junto a ella, una nueva afrenta y desprecio hacia el servicio público de RTVE (a esto le llaman “deterioro programado de las instituciones”).

debate-4.jpgEn plena campaña electoral se nos hace creer que la única garantía de fair play es que el debate lo produzca televisivamente una organización gremial; esto es, la Academia de televisión. Pero resulta que luego, a modo de pataleta de niña consentida, no emiten el debate las dos cadenas privadas (Antena 3 y Tele 5), inicialmente interesadas en organizar el evento. Claro que su clientela quedaba bien atendida por el yihadismo ultramontano de Canal 9 y Telemadrid. Sin embargo, tras los debates, TVE ofreció más minutos de reloj a los líderes del PP para explicarse que a los del PSOE. ¿No es un exceso poner la otra mejilla a quien te desprecia?

Los debates fueron moderados, como no podía ser de otro modo, por “profesionales” de la mentada organización. El primero lo protagonizó Campo Vidal que, además, lideró la negociación para hacer posible el debate. Mérito que se le ha de reconocer sin ninguna objeción. Sin embargo, en el fragor del debate, se mostró mandón cuando los protagonistas se enganchaban y exhibicionista de su oficio para hacer posible lo que estábamos viendo. Olga Viza, en cambio, estuvo mucho más discreta y actuando como árbitro que hacía sonar el silbato cada vez que el crono señalaba cambio de saque. En ambos casos, tratándose de periodistas tan experimentados, su “ausencia” negociada sólo hizo empobrecer un poco más el debate. ¿Acaso es ese el perfil del nuevo periodista: simple árbitro?

debate-5.jpgPese a los pactos sobre planos y realización, la verdad es que en las dos ocasiones la pantalla mostró a los candidatos tal como son.

En el primer debate, Rajoy tenía el lado malo de la pantalla y encima lo afeaba más cada vez que miraba de reojo a un lugar fuera de plano. Daba la impresión que le interesaba más controlar que el tramoyista no se metiera con su niña que las ideas y propuestas a debatir con su interlocutor. En el segundo encuentro tenía el lado bueno de la pantalla y los primeros planos lo sorprendían guiñando su ojo izquierdo o con la mirada ofuscada por sus palabras tramposas.

Zapatero en el primer debate fijaba la mirada en su interlocutor, mientras que con las manos buscaba papeles y gráficos con los que adornarse. En la segunda ocasión, al lado malo de la pantalla, entre la iluminación y el maquillaje, los primeros planos le daban una cara hepática e inexpresiva. Por cierto, es difícil entender una realización basada en primeros planos que recortaban la expresividad gestual de los protagonistas y tan poco animada con “planos de escucha”.

debate-3.jpgLlegados a este punto cabe preguntarse si realmente asistimos a un debate electoral. Tengo serias dudas al respecto. Hay demasiados indicios para pensar que todo se preparó para crear un “espectáculo mediático” alentado por la televisión, la radio, la prensa e Internet. En definitiva, la espectacularización de la política que vaticinara hace unos años el politólogo Giovanni Sartori. Pues lo que estaba en juego no eran tanto los proyectos e ideas defendidos por uno y otro, sino el pequeño detalle como el color de la corbata, estilo del peinado, talle del traje, tono de voz... Y si esto es lo importante cómo y cuándo aclarar las diferencias entre las propuestas, la veracidad de los datos (los gráficos estaban amañados y además no se veían) o la credibilidad de los compromisos adquiridos por quienes aspiran a gobernarnos.

Bueno, quizá esté equivocado, y en la era de la política espectáculo cautive más soñar con una niña que hablar de las condiciones materiales de su crianza. Pero si el espectáculo ha servido para tomar conciencia sobre la cosa pública, entonces sí que los debates habrán tenido su encanto.

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