El talento televisivo

  13 Marzo 2014

Operación Palace y 11-M, diez años después

operacion-palace-2La creatividad modosa y provocadora de Jordi Évole no parece tener límite. Cualidad que constituye un valor añadido a la hora de elegir un canal para ver la tele. Coincidiendo con la fecha del calendario, el 23 de febrero nos ofreció un documental (Operación Palace, La Sexta) sobre los preliminares del asalto al Parlamento por un grupo de militares. La pieza no sólo fue machaconamente publicitada, sino que además la volvieron a pasar al domingo siguiente. Y en este segundo pase, lo que son las cosas, ya daba la sensación de haber envejecido.

Es evidente que el “falso” documental Operación Palace, como cualquier relato audiovisual, ofrece múltiples puntos de vista para su análisis. Al tratarse de un programa televisivo sobre un hecho histórico, es lógico que a unos les haya gustado (Daniel Sánchez Arévalo) y a otros casi ofendido (Alfonso Guerra). En las “redes sociales”, sin embargo, el tema sigue echando humo dialéctico. Lo cual, entre otras cosas, prueba que estamos ante una obra creada con ingenio y talento. Tal vez no tanto por lo que contribuye a esclarecer los hechos, como a animar el debate en las redes en la era de la postcomunicación. Entorno en el que se encuentran las verdaderas claves de interpretación de esta emisión televisiva de La Sexta.

Con estas gruesas primeras pinceladas, no es difícil estar más o menos de acuerdo. Pero de inmediato surgen los disensos sobre si el 23-F puede o no ser objeto de bromas como la del documental firmado por Jordi Évole. Podemos discutir si los entrevistados en el mismo eran, dada su trayectoria, los más adecuados o no. Hasta es comprensible que haya quienes han visto tras la emisión del documental una conspiración del movimiento republicano y antimonárquico.

De lo que no cabe la menor duda es que el documental Operación Palace es un producto digno de la televisión multipantalla. Y desde luego no es razonable descalificarlo por el hecho de tomarse a chirigota un hecho tan dramático como el 23-F. Igual de legítimo es hacerlo desde la perspectiva jocosa como desde la aparentemente seria, siempre que al telespectador se le den las claves.

En este caso, Jordi Évole echa mano del recurso narrativo que mejor maneja: el testimonio (pregunta, repregunta y el silencio). Ingredientes con los que construyó un relato atractivo, con gancho a primera vista entre los telespectadores (batió records de audiencia esa noche, no así la segunda vez que se emitió).

El argumento que subyace al relato es una denuncia: gran parte de la documentación relativa al golpe de estado protagonizado por Tejero permanece todavía sin desclasificar. Lo cual impide conocer con certeza lo que sucedió esos días. Ante lo inaccesible de esos documentos, recurre a la entrevista de una serie de testigos más o menos directos de aquellos hechos. Recurso en el que probablemente esté la mayor debilidad de Operación Palace. Pues no se puede poner a la misma altura el testimonio, por ejemplo, de Mayor Zaragoza con la de José Luis Garci. El primero tuvo responsabilidades políticas en el gobierno implicado en el devenir de los hechos de entonces, mientras que el segundo tenía, como mucho, responsabilidad en la ficción ideada por Jordi Évole.

Por otra parte, carece de todo sentido descalificar el documental por el hecho de falsear la “realidad”. Como si algún relato audiovisual dejara de hacerlo, en mayor o menor grado, cada vez que se pronuncia sobre algo. Sin recurrir a la historia del cine o de la televisión, este pasado fin de semana pudimos ver en TVE un “ejemplo” en su Informe Semanal. Habitualmente este espacio se ocupa de revisar los temas de actualidad, sin embargo, en esta ocasión se dedicó íntegramente a homenajear a las víctimas del 11-M.

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Bajo el título 11-M, diez años después (La 1), nos ofrecieron una visión, una vez más, tramposa de lo que fue y significó ese atentado terrorista. Para empezar, la presentadora se limitó a introducir la pieza como un homenaje a las víctimas del “mayor atentado terrorista”. Así, sin más, para que cada cual decida si fueron terroristas de ETA o correligionarios de Al-Qaeda. Tras un largo y complejo proceso judicial, hoy está definitivamente aclarada la autoría del atentado. ¿El respeto a las víctimas homenajeadas no se merecía añadir ese dato?

Pese a la aparente pretensión de objetividad, esta pieza de Informe Semana vuelve a poner en entredicho su valor informativo como servicio público. El reportaje se construye con una serie de testimonios de víctimas y múltiples primeros planos de personas, trenes y vías. Planos montados con agilidad y sobre un fondo musical cautivador. A todo esto, muchos de esos primeros planos de rostros riendo, hablando o dormitando en el tren, ¿de qué “verdad” son testimonio?

Con lo que el mensaje de TVE vuelve a ser el de enaltecer a las víctimas por su condición de tales, como les recuerdan a diario las cicatrices de su cuerpo y su corazón. Es falsear los hechos el no haber aludido a que además, junto a los telespectadores, fueron víctimas de la insidia y el despropósito de unos políticos y periodistas carroñeros. Ninguno de ellos, hasta la fecha, ha tenido el detalle humano de pedir disculpas ante las personas interpeladas en Informe Semanal, presas aún de las secuelas de aquel atentado. En Los ojos de Vera (La Sexta), en cambio, quedó claro desde el principio quiénes dejaron huérfana a Vera el 11-M y por qué ahora estudia periodismo. ¡Que la ironía de los guionistas la mantenga Vera siempre viva! 

El tono adoptado por Operación Palace deja sin respuesta muchos de los interrogantes sobre lo que pasó y cómo se resolvió la toma del Congreso aquel 23-F. Posiblemente porque tampoco era ese su propósito. Sin embargo, la ficción del documental es posible que ciegue el paso a desvelar el papel de la corona, el de alguna clase política que estaba dentro y fuera del Congreso y también del grupo de militares de alto rango más activo en el golpe.

Pese a la diferencia de enfoques, Operación Palace y 11-M, diez años después ponen de manifiesto el enorme poder que aún tiene la televisión, sobre todo para distraer la atención de lo fundamental. Comprobamos estos días lo fácil que es emocionar a las víctimas y a los telespectadores, exaltando la solidaridad y ocultando cómo fue utilizada la desgracia para mantener un proyecto político partidista.

La cuestión no es dirimir entre la verdad y la falsedad, sino cómo se gestiona la relación entre ambas con los recursos narrativos que hoy tiene la televisión.

Escribe Ángel San Martín

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