Paseíllo de villanos

  23 Febrero 2014

El cine en la tele, antes que ir a una sala de cine 

goya-1Según el santoral laico, a mediados de febrero se celebró el día de la radio. Entre los fastos para la ocasión, Àngels Barceló entrevistó en su programa a Jesús Quintero; sí, el loco de la colina. No sé si sus opiniones lo convertían a él en “perro verde” prestándose a la entrevista o a la cadena que lo invita para festejar el día de la radio. Justamente cuando el propio homenajeado ha tenido que retirarse porque nadie le “confía un micrófono”. En el transcurso de la entrevista dijo algo que merece la pena recuperar, cosa que hago citando de memoria. El loco de la colina soltó que la radio y, muy especialmente, “la televisión está hoy totalmente secuestrada”. 

Y me pregunto, ¿secuestrada por quién, son héroes o villanos? La acción en los relatos populares siempre ha transcurrido entre la grandeza del héroe y la maldad del villano. Pero tanto unos como otros tenían sus razones para ser como eran.

Según el citado periodista, los de ahora interpretan su papel desprovistos de cualquier ligazón moral. Su estampa, por si fuera poco, es creada y recreada en los paseíllos por la pasarela que les ofrece la televisión. Medio que para mantener la cuota de audiencia, unas veces muestra a los personajes como héroes y otras como villanos.

La sensación de secuestro de la televisión me viene a la cabeza cada vez que fijo la mirada sobre el plasma. El otro día en La 2 comenzó el espacio “cultural” de Alaska y Coronado (la temporada anterior fue de Torres y Reyes). Pues bien, es imposible no ver a los electroduendes cuando Alaska presenta a sus invitados en el plató. Hace guiños constantes a lo que hizo para la televisión en los 80, sin el más mínimo atisbo crítico. El secuestro se hace aún más evidente cuando, después de ver a la familia Alcántara en Cuéntame (La 1), te ofrecen una “revisión histórica” de aquella época a partir de los archivos de TVE.

En efecto, uno se da cuenta que la televisión está atrapada en un presente muy mediocre y por personajes que se repiten a sí mismos. En otras ocasiones simplemente nos devuelven a la noche de los tiempos, como hizo la concejala de Calasparra defendiendo el proyecto de ley sobre el aborto de su superior Sr. Gallardón. No se entiende que nos restrieguen la imagen del marido de la Sra. Cospedal en la primera fila de la convención del PP, si luego no pasa nada. Estas fotos fijas sólo se entienden si lo que pretenden los programadores es sembrar entre el respetable el miedo a la ignorancia y a la intransigencia.

Durante la entrega de los Goya, tuvimos la sensación que alguien revoloteaba por el ambiente. No se decía su nombre porque no estaba y las cámaras no podían enfocar su rostro. A pesar de lo cual varios de los galardonados hicieron alusión al susodicho. Tal vez el más punzante fue uno de los que se llevó varios cabezones. David Trueba, recogiendo el premio gordo de la noche, lo aludió como el apestado —pero sin estas palabras— porque sus problemas personales los quería trasladar a las gentes del cine.

En otro momento de la gala, una de las actrices, exclamó desde el atril de agradecimientos: ¡Que nadie decida por mí! Petición que, a estas alturas, retumbó en la noche televisiva de los Goya. Era el grito contra las imposturas culturales y educativas del responsable político ausente. Entre otros motivos porque la ausencia no podía ser más que por la “anestesia del pensamiento” —al decir de Arendt— del protagonista de la noche.

Por cierto, no deja de llamar la atención que en esta edición los cinematógrafos hayan premiado a dos producciones relacionadas con la educación. Un documental sobre las maestras de la república y una comedia que narra el afán perfeccionista de un profesor murciano. La presencia cinematográfica de estos héroes hizo, si cabe, más villana la ausencia del político.

Si hubo un villano distraído, tampoco el respetable se amotinó frente a la tele para ver la fiesta del cine. Según los audímetros no pasaron de tres millones y medio de telespectadores, la más baja en mucho tiempo. Mientras tanto, en Antena 3 que se pasó la película la Red, superó los cuatro millones de espectadores. Conclusión: el cine de la tele, aunque se masacre el pase con publicidad, es preferible a ir a una sala de cine.

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En este juego de presencias y ausencias, lo del juzgado de Palma tiene también lo suyo. Durante varias semanas nos han estado dando la vara sobre si la infanta haría o no “el paseillo”. Como si lo de la bajada por la rampa, con ser simbólicamente importante, fuera el asunto a dirimir en el juzgado. Radios y televisiones de medio mundo ofrecieron la imagen de un coche con cristales oscuros del que salió altiva una presunta de corrupción. Tras dar trece pasos dejó de ser visible para el común de los mortales e incluso para los ojos electrónicos. De villana que se oculta al público, pasa a heroína que se bate en singular duelo contra las conspiraciones y la falta de recuerdos de su pasado reciente.

Bueno, esto es lo que nos venían contando, la realidad es que lo que hizo allí dentro no fue tan discreto. Cuando ella salía del juzgado, la red ya distribuía un vídeo con parte de la declaración de la infanta, pese a la prohibición expresa del juez. ¡Ya nos han inoculado otra dosis de placebo! El relato gira ahora sobre quiénes podrían estar interesados en distraer la atención del hecho juzgado.

Por lo pronto, en Informe semanal (La 1) de ese sábado hizo mutis por la rampa de la indigencia informativa. La Sexta y Telecinco tiraron esa noche de tertulianos para marear un poco más la perdiz. Mientras que en la 13TV se ensalzaba el valor seguro que es hoy la monarquía. Lo segundo es que, según las averiguaciones policiales, la grabación en el interior del juzgado de Palma, se realizó desde el banco que ocupaban unos abogados. ¿Será posible que hasta a los letrados les guste jugar a ser villanos?

Y claro, si no son ya de fiar ni propios letrados, entonces acude la televisión a socorrernos. ¿Han advertido cuánto tiempo de programación ocupa la “ficción policial”? Estos días, como dicen los propagandistas, las redes sociales echan humo con las lindezas de la recién estrenada El Príncipe (Tele 5) que lideró su franja horaria. Por cierto, en Ceuta no quieren ni oír hablar de esta serie, dicen que ofrece una imagen muy distorsionada de la realidad del barrio en el que transcurre la ficción. Pocos días después, el Ministerio del Interior se sirve de la ficción para mostrarnos sus métodos contra los inmigrantes llegados a las proximidades de Ceuta. Esto sí que es una ciclogénesis narrativa, en un instante los agentes del orden pasaron de héroes a villanos.

El Príncipe compite en horario y temática con la blanda comisaria de Los misterios de Laura (La 1). Así mismo el comisario Brunetti anda por la parrilla de los domingos, poniendo orden sin levantar la mano. Desde luego, siempre será más agradable pasearse con él por Venecia que ir con la patrulla de Policías en acción que La Sexta ha dejado de emitir hace unas semanas. A todo esto, ¿no se podrían encargar Laura y Brunetti de detener a quienes tienen secuestrada la tele con los miedos que atenazan nuestras vidas?

Escribe Ángel San Martín

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