Tras el telón

  23 Marzo 2013 Ya tenemos papa, pero ¿qué hacemos con Wert? 

papa-francisco-2A medida que arrecian las consecuencias del filibusterismo económico, las televisiones incrementan los programas de ficción. La pequeña pantalla se puebla de pobres, desahuciados, concursantes inventados para algún reality show, ladrones de cuello blanco y tertulianos de argumento zafio. Toda esta ralea circulante por el magma catódico no contribuye más que a confundir un poco más sobre la naturaleza de los hechos y a nublar el entendimiento cabal de lo que sucede ante nuestros ojos.

Para darle marcha al relato nos colocan en medio de un telediario a la Cospedal diciendo que España va bien y al De Guindos asegurando que esto no es Chipre gracias al gobierno en el que participa. En medio de todos ellos clavan a Sánchez Dragó argumentando que las hipotecas son para pagarlas como a él le pagaban en Telemadrid los Cánticos de Esperanza.

Y por si no fuera suficiente, estos días los tecnócratas de Bruselas acosan a los chipriotas con el “corralito”, sin que nadie recuerde ya que hubo un tiempo en el que gritábamos contra la Europa de los tecnócratas. Bueno, no hace mucho lo recordó Ernesto Ekáizer en Al rojo vivo (La Sexta). ¡Tanto silencio será porque no hay vida más allá de la Europa de los banqueros!

Con lo uno y lo otro se construye una suerte de ficción televisiva con la estructura de los cuentos, vamos, como los que nos contaban nuestros abuelos para dormir. Quizá por esta razón conviene recordar aquí lo que el erudito Vladímir Propp dijo a propósito de los mismos. El buen señor concluyó que el éxito de los cuentos populares se basaba en que incorporaban una serie de elementos constantes en su estructura tales como la transgresión, el engaño, la reconciliación, el viaje, el perdón o la sorpresa. Así describió hasta 31 funciones en los cuentos y que ahora repiten las narraciones televisuales.

Hace unas semanas, en la entrega de los Goya, algunos de los actores y actrices aprovecharon el escenario para expresar ante el respetable sus reivindicaciones. El hecho se ha presentado como una “transgresión” —especialmente el testimonio de Candela Peña— a las buenas conciencias. Tal ha sido el cabreo que incluso el villano, a la sazón ministro de Hacienda, ha pedido vengar tanto oprobio entre los titiriteros. Y es que para las conciencias neoliberales no es problema subir hasta el 21 % de IVA en la cultura, pero sí el que sus trabajadores denuncien públicamente el engaño.

Días pasados, con motivo de los cambios en la jefatura del Vaticano, TVE abría sistemáticamente sus informativos desde Roma anticipando así lo que será la clase de religión cuando se apruebe la ley Wert. Más papistas que el papa, los responsables de la televisión pública nos ofrecieron todos los detalles sobre el desenmascaramiento y proclamación de un nuevo héroe. Como corresponde, de inmediato se le atribuyeron cualidades y acciones excepcionales, como la de provenir de un lugar lejano o hablar con el pueblo llano.

La televisión del Vaticano nos ofreció momentos memorables visualmente. Por ejemplo los minutos previos a que los cardenales se recluyeran en el cónclave. El colorido de los actores y la espectacularidad del escenario, le conferían al relato de la elección una enorme tensión narrativa. La televisión presentaba las caritas de los feligreses muertos de frío en el exterior y en el contraplano siguiente aparecían los cardenales bien calentitos jurando mantener el secreto de las deliberaciones. Así hasta que se cerró la puerta del escenario y la cámara exterior hace un zoom hasta llenar el plano con la chimenea. La cadencia de la acción, pese a ser lenta y, por ello, poco televisiva, mantenía la tensión por la incertidumbre ante el color del humo. De hecho, ningún tertuliano fue capaz de anticipar el resultado de la votación de los cardenales.

No sé nada de teología, pero esto no me impide destacar un segundo momento lleno de una gran elegancia y carga simbólica. Es difícil adivinar la cantidad de gracia santificante que hay en el gesto, pero sin duda fue todo un detalle lo de Francisco I en la despedida de los periodistas acreditados ante el Vaticano. Se inclinó ante ellos y guardó unos segundos de silencio en señal de respeto a la libertad de creencias entre los acreditados. Si esto hace el papa, por qué TVE no respeta el mismo principio y nos libera de Ana Blanco levitando en el Vaticano.

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Pero mientras el papa escenifica esa transgresión, el ministro de educación de aquí le reprocha a los medios de comunicación el “hipertrofiar” la presencia de la corrupción en la información diaria. Como si los responsables de estos medios no tuvieran criterio para saber seleccionar y ponderar lo que sucede a diario entre las alfombras. Ahora bien, el control sobre la información va un poco más allá y ahora los dirigentes del PP no sólo no permiten preguntas en las ruedas de prensa, sencillamente las han suprimido. Podrían haber aprendido algo del gesto del papa, para eso se desplazaron a Roma, pese a la crisis, el Sr. Rajoy y varios ministros más.

Soplan malos tiempos para la información plural y se ve venir. Primero se impiden las preguntas y luego se evita la ocasión de hacerlas. Pero de este declinar de las libertades fundamentales, no sólo es responsable el partido en el gobierno, también un poco cada uno de nosotros y, además, los dueños de la industria mediática. Y este declinar se ve en TVE, cuya audiencia cae a velocidad de privatización, pero es que resulta muy preocupante lo que está sucediendo con La Sexta.

Es cierto que todavía podemos ver en El intermedio cómo el papa se tira a la piscina desde la ventana a la que se asomó por primera vez (paralelismo con el reality ¡Mira quien salta! de Tele 5). El chapuzón para Wayoming y sus guionistas puede ser una ironía pero, sin duda, es también un aviso para el papa Francisco y lo que se puede encontrar en el aparato vaticano.

Vemos con cierto estupor cómo a Jordi Évole lo llevan de plató en plató explicando su éxito y para desactivar su condición de bufón de la corte, reponen una y otra vez Salvados. Con nocturnidad y alevosía los sábados perpetran un debate de actualidad o algo parecido al que llaman LaSexta noche. Un programa tan burdo y chillón como los equivalentes de su género en otras cadenas, aliñado ahora con el tertuliano “divertido” de nombre Miguel Ángel Revilla.

Como todo cuento, este también debe tener un final feliz, a ser posible con boda. El Sr. Montoro castiga a los de la ceja con una inspección de sus haciendas, el papa Francisco deja en manos del comisario Montalbano (La 2 de TVE) la incuria intravaticana, mientras se procura las simpatías de Cristina de Kirchner para que no nacionalice las iglesias ni ponga a secar el pasado del obispo de Roma.

Y antes de bajar el telón, ¿qué hacemos con Wert, el antagonista sin estrella de este cuento?

Escribe Ángel San Martín

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