Fantasmas en carnaval

  16 Febrero 2013

…Y, además, el Papa abandona el cargo 

papa-3¡Tiene mérito ver la tele estos días! Desfilan por ella personajes de los que no se sabe si son de verdad o bufones de feria. Si sus obras son tan indignas como dicen o sólo “fotocopia” amañada para malmeter entre el respetable. Personajes disfrazados para la ocasión o simple alegato defendiendo que la vida es un simple carnaval. Y estando yo sumido en estos devaneos mentales, aparece el Papa en la tele para decir que abandona el cargo. Se retira a un monasterio para rezar y meditar sobre este mundo.

Por un instante pensé que Ana Blanco desde La 1 de TVE, nos estaba tomando el pelo. No es que al Papa le falten motivos para abandonar a los pecadores que tiene en palacio, pero es que hay gente que ha hecho muchos más méritos para abandonar los cargos públicos que profanan a diario.

Definitivamente el espectáculo informativo es una sucesión de despropósitos. Rajoy se queda y Don Benedicto se va. Ana Mato no se divorcia de Don Luis y Doña Esperanza grita en pleno voto de silencio. El Papa se despide en latín que casi nadie entiende, como tampoco a Rajoy haciendo ruedas de prensa a puerta cerrada o al sr. Floriano explicando el despido de Bárcenas. ¿Quién asesorará a estos tipos en materia de comunicación?

Bueno, bien pensado, tal vez sí están asesorados pero por un maníaco que odia a la Humanidad. No importa lo que vayan a decir, con tal que gesticulen ante las cámaras. Aunque nos importe un pimiento que se haya expresado en latín o arameo, TVE hace un par de telediarios desde el Vaticano. ¡En qué país vivimos! He ahí la gran cuestión: no hay más que lo que se ve. Y este es el verdadero drama nacional. ¡No hay nada!

Cuando uno observa los informativos y especiales en La Sexta, Antena 3 o El gran debate de los sábados por la noche (Tele 5), se descubre dónde está el vacío y cómo se produce. Da igual que el choriceo sea de la clase política, de la jerarquía empresarial, de la élite de deportistas o de la monja robabebés. La crudeza visual del problema aparece cuando estos señores o señoras hablan, cuando hacen uso de la palabra. Entonces muestran con toda virulencia su pobreza en el orden de las ideas y de la expresión. Alguien que hable “a lo Florián” ¿cómo no va a ser capaz de cometer y encubrir cualquier tipo de tropelía? En fin, si nos gobiernan quienes así hablan, demasiado bien estamos.

Cuando se escucha a González Pons arengar contra el líder de la oposición, a Ruiz Gallardón explicando los indultos del bufete de su hijo, al presidente de la CEOE sobre los funcionarios o a Armstrong confesar su dopaje, uno piensa que son tipos capaces de hacer cualquier barbaridad. En realidad algunos las han cometido y la tele los encubre presentando, por ejemplo, al Papa despidiéndose en latín, a Draghi hablando en el Parlamento a puerta cerrada o a la Cospedal querellándose contra todo lo que se mueve.

Si la televisión vulgariza la palabra, hay momentos en los que éstas suenan y recobran su poderío. Tal es el caso de la palabra “criminal”. En una comisión parlamentaria de pronto, alguien, sin levantar la voz, argumenta que los banqueros —no identificar con los curritos de la banca— son unos criminales. En ocasiones así cómo no recuperar la fe en la palabra. Es la palabra de Ada Colau o las “cinco estrellas” de Beatriz Talegón contra la Internacional Socialista. Ambas rompen los moldes para hacer oír su verdad y remover conciencias. Por cierto, lo que sí deberían evitar es el ir de plató en plató explicando el tópico “cómo te sentiste”, pues suena a justificación e incluso a disculpa. ¡Nada de eso conviene en estos momentos!

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Cuando al relato, incluso al de televisión, le falta el tono y la palabra entonces se instaura la confusión. ¿Cómo interpretar la cuita entre doña Cuaresma y don Carnal? Uno piensa que todos esos personajes son fantasmas disfrazados en época de carnaval. Viendo al Papa despedirse en televisión uno se toma la libertad de pensar que se va, un suponer, porque su teoría sobre el limbo está claramente copiada de la de “amnistía fiscal” formulada por el doctor Montoro. Así que antes de que lo pillen, como a la ministra alemana de educación, decide irse. También he escuchado en El intermedio (La Sexta) a Sandra Sabatés decir que se iba porque no soportaba viajar a España para declarar por el caso Gürtel y lo de las banderitas de Valencia. Ya sé que él no tiene la culpa de nada, además habrá hecho acto de contrición, con lo que ya no le quedan deudas pendientes.

La cuestión ahora es proponer candidaturas para ocupar el sillón que pronto dejará vacante en el Vaticano. De hecho ya circulan por las redes sociales rumores y apuestas. Una de las candidaturas es la de Don José Ignacio Wert, a la sazón ministro de educación en España y que ha hecho más por la asignatura de religión que el mismísimo Ripalda. Además, según dicen sus hagiógrafos, goza de gran carisma entre la juventud, como lo demuestra el que durante meses se agolpen en plazas y calles increpando al sr. Wert.

Si las palabras ya no suenan en la tele y los papeles sólo son fotocopias, entonces en la pequeña pantalla todo aparenta estar falsificado, con un punto de truco. Cuando uno piensa que doña Esperanza —la de Madrid— propugna la regeneración de su partido siendo madrina de don Arturo, el vicepresidente de la CEOE. Cuando uno está convencido de que el PP no admite el divorcio pero despide al marido de la ministra Mato. Cuando uno piensa que no puede haber nada más cutre y rocambolesco que lo de Bárcenas, van y sacan lo de las ITV de CiU, con despecho amoroso incluido. En definitiva, imposible discernir si don Carnal persigue a doña Cuaresma o es al contrario.

De todo este circo audiovisual que fluye ante nuestros ojos hemos de concluir, como mínimo, que los medios han encontrado un filón dramático inagotable a servir en pequeñas dosis. Eso sí, sin molestar demasiado a los poderes económicos y políticos porque les han de seguir financiando la deuda.

La última conclusión es que la corrupción que nos asfixia es cosa de familia. El drama de la ministra Mato no es su “presunto” consentimiento de los sobres sino, como dicta su moral, haber roto la unidad familiar. De haber seguido con don Luis, su legítimo, se habría enterado que lo del confeti no era para celebrar el Corpus sino la comunión de las nenas.

Moraleja: que don Carnal deje de perseguir a doña Cuaresma que es “machismo” según el catecismo.

Escribe Ángel San Martín

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