Al raso

  21 Diciembre 2012

Cuentos de Navidad 

Cuento-de-NavidadCon la Navidad llegó él y, en un plano medio contrapicado, nos anuncia desde Bruselas que los bancos ya están rescatados. Salvo en los informativos de La Sexta, todos los demás lo presentan como un enviado del más allá para traer la buena nueva a este país hecho un belén.

Mientras él habla, vemos en la pequeña pantalla caminar al raso a los médicos madrileños manifestándose contra la privatización, en distintas ciudades a los profesores, a los ferroviarios, a los pensionistas, a los abandonados por la ley de dependencia, y así hasta recorrer los más variados sectores sociales. De hecho, acaban de tomar la calle jueces, fiscales y abogados (salvo el Sr. Trillo que estaba con Shakespeare). ¿Cuántos más han de quedarse al raso para reaccionar?

Con los bancos rescatados y la ciudadanía en quiebra, el discurso televisivo deambula entre las desgracias particulares y la confusión sobre lo que está pasando. Ahora, dadas las fechas, proliferan las demandas de “solidaridad” y “apoyo” en diversas campañas para que no haya ni un niño sin reyes magos, ni un pobre sin cena de navidad. Ahí están La Marató de TV3, la campaña de RNE o la de Antena 3. Con tantos buenos propósitos, no sé por qué me viene a la cabeza esa frase lapidaria del protagonista de Cuento de Navidad (Dickens). Cuando por las mismas razones le pidieron dinero, él contesta algo así como “ya pago a las instituciones lo que me exigen, no me pida ahora que haga también su trabajo”.

El desahucio, la miseria, el abandono, la indefensión de casos particulares están siendo materia preciada con la que nutrir la programación de las televisiones. Hace unos días Comando actualidad (TVE), nos sobrecogía al mostrarnos cómo un pequeño empresario, en poco tiempo, había pasado de dar trabajo a más de veinte personas a quedarse sin nada. Del embargo no se libró ni su vivienda familiar. En La noria (Tele 5) entrevistaron el otro día a la joven madre de un niño discapacitado por una presunta mala práctica médica. Responsabilidad que no se podrá dirimir en los tribunales porque, simplemente, no tiene dinero para hacer frente a las tasas de Gallardón.

En paralelo a estas historias verdaderamente dramáticas, en los informativos vamos viendo día a día cómo los gestores de bancos y políticos de distinto pelaje, se han hecho con un patrimonio por firmar papeles sin leer ninguno (Arturo Fernández en Bankia). ¿A eso se va a los consejos de administración de los bancos y grandes empresas? Lo llamativo es que con la que está cayendo, ninguno de estos personajes, entrando en juzgados, aparece compungido o afectado por haber sido pillado (los paseíllos del ex-presidente de la CEOE son antológicos). Por lo menos al Sr. Montoro se le ve cabreado en el Parlamento porque la mayoría de los defraudadores no le han “destapado” sus cuentas suizas.

De modo que, a mi modesto entender, los redactores y presentadores de las noticias deberían hacer algo. No se pueden presentar todas con el mismo gesto de cara y tono de voz. Cómo no dibujar un rictus de rechazo al referirse a quienes, por sus prácticas delictivas, ahora millones de personas se echan a la calle o en brazos de la caridad porque les falta hasta lo imprescindible. Ana Blanco o Pedro Piqueras deberían poder marcar la distancia moral que hay entre la historia de Díaz Ferrán y el drama de la abuela en el momento del desahucio. Salvo que ellos mimos, claro, estén de acuerdo con quienes consienten que sucedan y hasta provocan tales injusticias.

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Ya sé que no son buenos tiempos para la libertad de prensa. Las trampas que se le tienden han sido y son muchas, pero hay que seguir defendiéndola por encima de todo. Resulta un poco chocante que ahora los trabajadores de Telemadrid o RTVV, salgan a la calle a exigir sus derechos. Compartiendo con ellos la necesidad de conservar los puestos de trabajo y el valor de la televisión pública, ¿cómo es que no se han denunciado con el mismo ímpetu los arbitrarios sistemas de contratación en esos entes o en la confección de la escaleta de los informativos?

En este contexto de incertidumbre y cierto desorden, resulta llamativa la proliferación de programas, sobre todo en los canales de TDT,  de videntes, sanadores y oráculos de toda ralea. Igualmente desalentador resulta escuchar lo que se dice en esas tertulias calificadas como de “actualidad”, pero sólo destilan bazofia de bajo vientre (ahora se les suma El debate de La 1, TVE). Antes por lo menos estaba el refugio de Informe semanal que, si no aclaraba, por lo menos no contribuía a la confusión. La pieza de este sábado titulada Educación: asignatura pendiente, resultó ser más de lo mismo: un casi monólogo insultante del ministro Wert, aliñado con sus andanadas contra la educación pública.

Así que para contrarrestar todos estos embates de desinformación no queda más remedio que recurrir a El intermedio (La Sexta). Según su presentador, además de las noticias, nos cuentan “la verdad”. Tal vez no sea del todo cierto lo que promete pero, sin duda, sitúan al espectador en otro punto de vista (jocoso, irónico, cómico, etc.), respecto a lo que cuentan los demás medios. Igual de rompedor es el discurso que traza sobre los temas que trata Jordi Évole. Qué lástima que concluya temporada (¿o será para siempre?), al menos se despide con una entrevista al juez Garzón.

El protagonista de La vida de Pi viene a decir, en una de las últimas secuencias, que ha contado dos historias de un mismo hecho y le pregunta a su interlocutor cuál prefiere. ¿Da igual una que otra? Yo creo que no, aunque las dos sean verosímiles. Prefiero seguir saliendo a la calle y al raso, para poder comprobar qué historia me cuenta la tele. Por lo pronto, ésta sigue anunciando que el sueño de verdad es el de la lotería. Yo les propongo como sueño, para no fiarlo al azar, el de justicia, paz y salud.

¡Hasta el año próximo!

Escribe Ángel San Martín

El-intermedio