Rajoy y Rubalcaba: ¿cara a cara al desnudo?

  16 Noviembre 2011

El lector... iletrado 

rajoy_rubalcaba_debate-5Es imposible escribir sobre televisión y no hacer referencia al panfletario debate “cara a cara” entre las dos cabezas de cartel de la cita del 20N. Menos agarrotado resultó el coloquio “a cinco” de TVE, en el que los representantes de otros tantos partidos batieron su verbo ante el respetable.

La anécdota del primero fue que Rajoy se dedicó a leer los papeles precocinados y, del segundo, que el Sr. Llamazares, de IU, ocupó el centro del semicírculo de comparecientes y eso le permitía hablar de cara a la cámara y repartir mamporros dialécticos a su izquierda posicional (PP y PNV) y a su derecha (PSOE y CiU). Se mostró equidistante a todas las demás fuerzas políticas y esto, para ser de izquierdas, no parece del todo coherente.

En cualquier caso, ambas anécdotas permiten una “lectura estética” de lo que nos está sucediendo; eso sí, televisión mediante. El riesgo es que lo acometemos justo cuando ya se han dado por muertas las diferencias ideológicas (Ruiz Gallardón lo repitió tres veces), y ahora también las diferencias entre el arte y el espectáculo o entre la política, con Grecia e Italia como ejemplos paradigmáticos, y el mercado. Sin embargo, la tele tiene mucho “arte” y merece reparar en sus aportes estéticos.

En la editorial del último número de Cuadernos de Pensamiento Político (octubre de 2011), órgano publicitario de la FAES –discúlpeseme la referencia- se dedican tres páginas a argumentar la ecuación siguiente: zapaterismo igual a socialismo que es igual a la actual catástrofe nacional. Y en el penúltimo párrafo proclama que a partir del 20N se iniciará una nueva etapa reformista que “debe ser ejecutiva” y producirá “cambios visibles en nuestras instituciones” (pág. 10).

La visibilidad que se proclama en la citada revista de “pensamiento pepero”, es lo que no pudimos ver ni escuchar en el primer debate, tampoco demasiado en el segundo. Entre otras razones porque los moderadores no podían interpelar a los candidatos. Ahora bien, el moderador del primero, Manuel Campo Vidal, es además el presidente de la pomposa Academia de las Ciencias y de las Artes de Televisión. El asunto tiene una indudable trascendencia estética y política. ¿Vale la pena sacar alguna consecuencia de esta vertiente de los acontecimientos televisivos aludidos?

Según mantiene Juan Ignacio Macua en sus apuntes sobre el fin del arte, la “pseudo cultura global del espectáculo con la que flotamos en un mar de inocencia, de seguridad, (...) no ha sido más que eso, un sueño”. Un sueño del que despertamos inmersos en “mil patrias” y ninguna referencia sólida (Letra Internacional, nº 112, otoño 2011). Los diferentes medios de creación artística se han quedado sin propuestas, sin discurso con el que ayudarnos a interpretar y tal vez comprender un mundo cada vez más complejo.

Desde esta perspectiva resultaron aleccionadoras las dos citas preelectorales de la tele, incluso premonitorias de lo que se nos avecina.

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Respecto al cara a cara entre Rubalcaba y Rajoy, destacar algunas consideraciones de orden estético, que lo son también político. Para convertir el debate en un espectáculo, los media se encargaron de “calentar” los previos hasta el hastío: cómo se había negociado, qué detalles estaban pactados y cuáles no, sobre qué temas se hablaría y qué otros permanecerían en la penumbra, quiénes acompañarían a los protagonistas, quién contabilizaría los tiempos, etc.

Resultaron mucho más intensos y hasta “políticos” los preparativos que luego el desarrollo televisivo. A la retransmisión del evento, siguieron de inmediato tertulias mil en las diferentes cadenas, aplicando sus principios hermenéuticos sobre tal o cual gesto, sus corbatas, sus silencios, la audiencia alcanzada y, sobre todo, señalar al vencedor.  Por cierto, ¿cuándo aplicará el PP en las autonómicas que gestiona parecido pluralismo al de las tertulias de TVE?

En el camino se quedaron algunas cuestiones que bien merecen un toque de atención. La que me sube los grados de indignación es que un acontecimiento de esta envergadura democrática la organice una entidad privada y gremialista como la Academia de Televisión, bajo el argumento tramposo de su “neutralidad”. Luego, eso sí, la señal se les vende a las demás cadenas. Si los informativos de RTVE son los que, mes tras mes, concitan la mayor atención de los telespectadores y el mayor margen de confianza en las encuestas, ¿por qué no produjeron también este primer debate? ¿No habría sido un ejemplo de defensa del servicio público fundamental que presta RTVE?

Una segunda cuestión, sin duda harto preocupante, es que la profesión periodística no haya planteado la “objeción de conciencia” porque un debate de esta naturaleza se haga sin permitir preguntas. Cierto que algunas asociaciones de periodistas se vienen quejando que en las últimas campañas electorales los partidos convocan ruedas de prensa pero no admiten preguntas. Una democracia sin el libre juego de las preguntas y las respuestas, deviene en iletrada y corrupta y, por ende, inaceptable.

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Con la que está cayendo, un debate político no puede considerarse tal si no sale a colación la corrupción, la especulación, el despilfarro, la igualdad de oportunidades, la justicia, las diferencias de género, energías alternativas, relaciones internacionales, etc. Por cierto, si nuestros representantes no permiten preguntas, ¿cómo es que Jordi Évole, en su Salvados (La Sexta), consigue que tanto Rubalcaba como Rajoy dediquen unos minutos de su tiempo a contestar a las incisivas y en ocasiones incómodas preguntas del follonero?

Al aplicarse un procedimiento tan cicatero en ambos debates, convirtió en incompresible tanto lo que han venido haciendo los distintos partidos como lo que proponían. Sobre todo, si como afirmaron tanto Rajoy como Ruiz Gallardón, en estos debates se habla del futuro no del pasado. Estrategia que le impide a la sufrida audiencia encontrar el hilo con el que hilvanar las promesas con los hechos pasados, lo explicitado con lo que permanece oculto, los compromisos adquiridos con los alegatos publicitarios, en definitiva, las verdades con las mentiras. Entonces, ¿para qué sirven estos glamourosos espectáculos televisivos que además cuestan una pasta gansa?

Aunque carezco de datos estadísticos para justificar la afirmación, parece que por su estética y discurso político, van orientados a consolidar la “intención de voto” ya creada. Cómo no reaccionar cuando se oye a Pepa Bueno, en un informativo de la noche, decir que la Junta Electoral les obliga a seguir el minutado pero en la redacción están en desacuerdo. ¿Esta libertad de expresión va a seguir existiendo después del 20N? El anticipo ya lo tenemos en Telemadrid y en el Canal 9 valenciano.

¿Cómo se puede retirar el vídeo promocional en el que muere un paciente por falta de médico y no decir ni pío de esos que muestran cartelitos prometiendo médicos, escuelas, pensiones y trabajo? ¿No es publicidad engañosa?

El lector... le leía libros a aquella revisora del tranvía porque no había aprendido a leer. A nosotros nos leen, son otros tiempos, a través de la televisión para que nos convirtamos en cómplices de sus promesas de trileros liberales. En fin, esperemos que no nos faciliten la cicuta cuando hayamos aprendido a leer y a pensar, pese a la tele, de los aciagos tiempos que contribuimos a conformar.

Escribe Ángel San Martín

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