¡Éstos no se enteran!

  31 Marzo 2011

Series históricas, Gadafi y el aeropuerto de Castellón 

alqueria_blanca-2No sé por qué me ha venido a la mente aquel grito del golpista y rancio militar de “¡Muerte a la inteligencia!”. Exclamación que, aventada en un entorno universitario, llegó a oídos de Don Miguel. Nada menos que Don Miguel de Unamuno quien, sin remilgos, se enfrentó enérgicamente al milico. Evoco el citado hecho no porque piense que  aquellos tiempos fueron mejores o que ahora se puedan repetir tal cual. ¡Nada de eso! Pero déjenme que les exponga algunos detalles tomados del día a día televisivo.

El encontronazo, en aquella ocasión sólo dialéctico, entre el milico y el profesor resulta revelador por varias razones. Una de éstas es que la Historia desprende múltiples enseñanzas. Últimamente las diferentes cadenas vienen colocando en sus rejillas teleseries “históricas” con no se sabe bien qué propósitos. Tal es el caso de Cuéntame..., Amar en tiempos revueltos, La República, Clara Campoamor, Bandolera o La alquería blanca, entre otras muchas. En la mayoría la narración se coloca tan equidistante de las diferencias entre los intereses y posiciones ideológicas de los actores sociales aludidos que resulta difícil entender qué es lo que pasó. No parece razonable desgastar tanto las palabras y los hechos porque al final el significado de imágenes y palabras es un conjunto vacío.

Se desdibuja tanto el pasado y a sus actores, que deviene difícil interpretar el presente a la luz de aquellos referentes ya pretéritos. Buscando esta relación, o falta de ella pero que es la segunda razón de la evocación precedente, he querido empaparme de “actualidad”. Así que la otra noche me dediqué a visitar diferentes tertulias políticas de la tele.

Comencé con el gallinero DBT (Canal 9), seguí con Al rojo vivo (La Sexta), La vuelta al mundo (Veo 7), El gato al agua (Intereconomía TV) y ya cuando llegué a La 10 noticias (La 10), me dije: ¡suficiente! Al día siguiente, algo recuperado, aguanté un ratito 59 segundos (TVE) que, sin duda y pese al formato, es el más llevadero.

Del recorrido puedo, a duras penas, extraer una conclusión: imposible obtener argumentos para formarse una opinión sobre cualquiera de los temas que debaten. Siguiendo alguna de estas tertulias uno puede acabar no con una idea cabal sobre algo, sino lo que popularmente se conoce como empanada mental. A tal fin la mayoría de tertulianos y tertulianas parecen seguir un mismo argumentario (estrategia que no es exclusiva en campaña electoral) orientado a confundir las palabras, a vaciarlas de significado con adherencias de cloaca. Ya se sabe, la inteligencia sin palabras es materia inerte, ojo sin luz.

En mi paseo televisivo escuché cómo se le negaba el pan y la sal al Sr. Rubalcaba por calificar a cierta prensa de “extrema derecha” —aseguraban que ésta ya no existe—, minutos más tarde, en la tertulia de Canal 9 se decía, para regocijo de los presentes, que el guión de las intervenciones parlamentarias del Sr. Rubalcaba se “lo escribe Buenafuente”.

En otro cenáculo catódico, poco después, el oficiante argumentaba que desde los Gal hasta el caso Faisán, hay un continuo de “engaño, mentira, negociación” con ETA y actuaciones fuera de la ley por parte de este Gobierno. Recobro fuerzas y en la previa de otra tertulia, Pedro Jota (Veo 7) le hacía decir al ex presidente Aznar que nunca habló con los interlocutores de ETA y que el Sr. Mayor Oreja está cargado de razón en sus acusaciones a todo lo que se mueve.

Si lo que se trata es la actual crisis económica, entonces el Gobierno es “torpe y tramposo” con los intereses de España, además de “obedecer” los dictámenes de organismos extranjeros, por ejemplo Europa. Pero si hablan de la política internacional, entonces lo de Túnez y Egipto es el triunfo del “islamismo radical” y lo de Libia es directamente una “guerra” a favor de los islamistas.

La estructura narrativa es siempre la misma: repetir constantemente una serie de términos hasta convertirlos en “marcas” de referencia narrativa. Se hable de lo que se hable, siempre han de aparecer esas palabras. Desde luego que su función no es contribuir al esclarecimiento del tema a discusión sino evocar emociones del pasado y colocar a la audiencia ante la disyuntiva futura de, o más engaño, negociación, radicalismo islamista o cortar con esa trayectoria (el 22 M es la primera oportunidad).

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Para que este mensaje unánime y multicanal llegue con mayor nitidez, se empobrece el acompañamiento visual. Salvo el set de 59 segundos, los de las demás tertulias son sencillamente horrorosos. La iluminación, los personajes, el mobiliario, la sucesión de planos, el griterío de los tertulianos, hace del conjunto una obra estéticamente insufrible. Lo cual pone de manifiesto, al menos, dos cosas: son programas de a céntimo el minuto de producción y, en segundo lugar, el énfasis se pone en las palabras reduciendo el valor narrativo de las imágenes. A todo esto, los personajes que intervienen son los mismos, cada noche en la tertulia de una cadena distinta. ¿Qué código ético guiará sus vidas?

Tradicionalmente la derecha ideológica ha sido iconoclasta, salvo cuando las imágenes ilustran ciertos credos religiosos. Ahora bien, cuando el periodista tiene mayor margen creativo, entonces nos obsequian con imágenes tan iluminadas y polisémicas como la del Sr. Botín poniéndose la chaqueta en los jardines de la Moncloa. A tenor de lo que se ha dicho en las tertulias a propósito de esta imagen, discúlpenme, he llegado a imaginar que el susodicho, en el plano anterior, estaba haciendo sus necesidades bajo un pino del mentado jardín. Resuelto el apretón, se le ve en las imágenes publicadas, ponerse la chaqueta dejando el tirante derecho todavía un poco caído. Las solapas de aquélla están abiertas a la espera de comprobar que la cartera sigue en su sitio. Seguro que en la imagen siguiente, por la cara de satisfecho que pone, aparecerá el banquero firmando sobre la mesa de Zapatero un talón con el importe íntegro por ese solar que es la Moncloa.

Desde luego que desconozco si los hechos reales fueron éstos, es como me lo imagino. Al igual que imagino a los responsables gráficos de los informativos imponiendo como imagen del día ese picado sobre el vestíbulo del aeropuerto de Castellón en la que el Gran Patrón dirigía una arenga hacia los de abajo. Allí, abajo, aparecían cientos de personas, vestidas de domingo y con globos revoloteando, celebraban así la inauguración de un aeropuerto que, de momento, sólo servirá para pasear los domingos y fiestas de guardar. Bueno, según fuentes bien informadas, el obispo que aparecía en segundo plano de la comitiva, estaría dispuesto a alquilar la instalación, una vez bendecida, para celebrar los santos oficios de la inminente semana santa.

Sin embargo, con ser reveladoras estas imágenes de por dónde andamos en estos pagos, el Gran Señor de Castellón pronunció la frase más proverbial de los últimos tiempos y que todos los medios han repetido: ¡Éstos, no se enteran...! ¡Vivan nuestras televisiones! (la trascripción no es literal pero la primera exclamación sí lleva coma). De nuevo una frase clausura semánticamente el relato conservador. Tan aguda proclama no pudo tener la réplica que se merece, pues en esta ocasión se pronuncia en y para la tele no en un paraninfo.

Una vez más hemos de reconocer que el politólogo Giovanni Sartori tenía razón al afirmar que la televisión nos impone la “videopolítica”, degradando un poco más las instancias y procedimientos democráticos. Cierto que también podríamos aludir a la “sociedad postsecular” en la que, según Habermas, la ética y las instituciones democráticas se relajan hasta el punto de que cualquier cosa sea posible. Por ejemplo, las infamias proferidas en muchas de las tertulias televisivas al amparo de la libertad de expresión o que los banqueros y los presidentes de las eléctricas vayan a la Moncloa y no los detenga la benemérita al salir.

¡Ya se sabe, hay gente con gracia!

Escribe Ángel San Martín

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