Imágenes y palabras

  20 Febrero 2011

Berlusconi, Egipto y los premios Goya

berlusconi-1Es impresionante lo fugaz de nuestra memoria. ¡Qué rápido se nos borran hechos y acontecimientos que quizá los percibimos como “históricos” en su momento! Por esta razón valoro en los informativos de algunas cadenas de radio el que fundamenten sus argumentos con cortes de voz de hace semanas, meses o años del personaje en cuestión. Recurso narrativo que sólo excepcionalmente utilizan los informativos de televisión. En éstos se ofrece la última declaración como si el interfecto fuera ajeno al paso del tiempo. ¿Pretenderán así ser equidistantes de todas las fuerzas políticas? ¡De ninguna manera!

Estos días veo y escucho con estupor al ciudadano Sr. Trillo decir lo que dice de sus “amiguetes” Sr. Camps o del Sr. Fabra y lo que de inmediato imputa al Sr. Luna, al Sr. Rubalcaba o a la Fiscalía. Como si en la hoja de servicios del Sr. Trillo no constara la muerte de más de medio centenar de militares, hecho sobre el que nunca asumió ninguna responsabilidad.

Y, sin embargo, ahí está, impartiendo moralina opusdeista desde el púlpito de los informativos de la tele. Ajeno ya a aquellas imágenes patéticas de su pasado insultando a una periodista en una rueda de prensa o dando la condolencia a las viudas de los militares que debería haber protegido. ¿Cómo interpretar, sin los antecedentes, la foto de familia de Ruiz Mateos ofrecida por todas las televisiones con motivo de la “nueva” estafa?

Debe ser muy fácil y además rápido confeccionar una noticia a base de comentarios obvios acompañando imágenes y palabras sacadas de todo contexto y sin referentes desde los que atribuirles significado. Es inadmisible, informativamente hablando, que una cadena pública de TV ofrezca en 15 segundos un primer plano del Sr. Cotino preguntándose de dónde salió el dinero del “caso Faisán”. Esto no es informar, esto es privar a la audiencia del contexto mediante el cual entender el verdadero alcance y consecuencias de las declaraciones de ese señor, así como del caso aludido.

Es, en definitiva, una manera de conducir a la ciudadanía hacia derroteros alejados de la convivencia democrática. Claro, tampoco se ajusta a estos principios el cortarles a los valencianos la señal de TV3 en virtud del principio jurídico de la “reciprocidad”. ¿Acaso hay alguna relación comparativa de fondo y forma entre TV3 y RTVV?

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Las imágenes y las palabras deben interpelarse mutuamente, de lo contrario son sólo confusión para el entendimiento. Estos días hemos tenido algunos ejemplos preclaros de lo dicho. La semana pasada me quedé clavado ante el informativo de TVE de medio día cuando Rosa Molló, con la voz entrecortada empezó a agitarse en la pantalla y a preguntarle a su cámara cómo estaba, si le habían hecho daño. No hacía falta que nos diera más detalles de lo que estaba pasando en El Cairo, el gesto de su cara desencajada y mirando a su compañero, ajena ya a lo que debería estar haciendo, era suficiente para hacerse una idea cabal sobre lo que sucedía a su alrededor. Las imágenes y las palabras nos estaban dando el verdadero referente de la noticia. ¡No hacía falta más!

El enroque dialéctico entre imágenes y palabras se volvió a constatar el domingo 13 de febrero en la retransmisión de los Goya. Aparte del mérito y valía de los premiados y premiadas, sobre lo que opinarán con mejor juicio que el mío los colegas de esta redacción, pienso que televisivamente esta retransmisión se repite demasiado. Quizá por ello este año ha vuelto a perder audiencia, pese a ser lo más visto a esa hora. Lo cual, dicho sea de paso, tampoco tiene demasiado mérito. A todo esto, ¿por qué la derecha periodística despotrica sin recato contra esta ceremonia?

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El oficiante Buenafuente es de verbo ágil e inteligente, pero no le acompañaron con imágenes igualmente ágiles e inteligentes. Apareció en el escenario descendiendo del techo y se presentó como una “descarga legal”. De inmediato le siguió el contraplano de la ministra Sinde y del presidente de la Academia, además de director de una película con numerosas nominaciones. El público que reaccionó al juego de palabras de Andreu se quedó fuera de plano, como se quedaron quienes, como en El Cairo, protestaban “a su manera” contra la regulación penalizadora de las descargas de Internet. Por cierto, tampoco en San Remo las imágenes acompañaron a las afiladas palabras de Roberto Benigni sobre il cavalieri, que sí molestaron al Presidente de la República.

Ya digo que no soy ningún experto en cine y menos aún en su historia, pero considero pobre y cicatero el homenaje que la Academia le brindó a los desaparecidos a lo largo del año pasado. Como si no se quisiera saber nada de ellos y ellas. Otra vez la televisión ninguneando el pasado, ninguneando los contextos que dan sentido y profundidad al presente. Lo digo no sólo porque ese “recuerdo” visual fuera rápido, sino porque la tele nos negó a quienes no estábamos en el Palacio identificar a los profesionales desaparecidos, ni nos permitieron comprobar y hasta compartir las reacciones de quienes sí estaban allí. Los realizadores prefirieron abundar en el estúpido glamour de algunos actores y actrices, que convertirnos a todos en cómplices del momento tan importante que está viviendo el cine.

Sí, cada vez estoy más convencido que la tele nos hace a todos un poco más conservadores, quizá más modernos, pero sobre todo menos capaces de pensar con el material que aparece en sus pantallas. Afirmación que hago siendo consciente de las horas pasadas ante la tele y que eso va dejando en mí un deterioro, de modo que si observan dislates en esta columna, les ruego le soliciten al redactor jefe me prejubile.

Mientras tanto, si la primavera no soluciona lo mío, les anuncio una nueva entrega. 

Escribe Ángel San Martín

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