La guerra en las televisiones

  11 Enero 2008

Escribe Ángel San Martín Alonso

bin_laden.jpgHasta ahora sabíamos de una guerra si sus miserias, con frecuencia disfrazadas de éxito, aparecían en la tele. De manera que la TV ha venido jugando el papel de testigo neutral de lo que sucedía en los campos de batalla. En las guerras de los 90, conscientes del poder mediacional, las televisiones pasaron a ser agentes activos en los conflictos bélicos. Tras el 11S y la invasión de Irak, se reinventa una televisión que cuenta historias de guerra, como si éstas nos fueran totalmente ajenas a los telespectadores. A la “toma de conciencia” de décadas precedentes, le sucede el “estar bien informados”.

Y para que esto sea así, ya no basta con controlar los costosos medios tecnológicos y a las empresas propietarias de tales medios, el control se hace extensivo también a los contenidos propiamente dichos, a la sustancia de lo que han de contar las televisiones. Es, como se habrá advertido, la guerra por el control de lo que se conoce como los “derechos de explotación”. En definitiva y dicho con expresión menos romántica, se lucha por la propiedad privada de lo intangible, de lo inmaterial dotado en las telepantallas de un sustancioso valor de cambio.

En la batalla por acaparar el mayor lote de audiencia, ya no se conforman con copiarse los programas o practicar la contraprogramación (ambas tácticas están aplicándolas las distintas televisiones para desdibujar la trascendencia de la Ley de la Memoria Histórica que se debate estos días en el Parlamento). Lo que ahora están haciendo es apropiarse de los acontecimientos mismos para convertirlos en materia televisiva sujeta a transacción comercial.

juan_pablo-2.jpgEstas prácticas se pusieron en marcha con las políticas de seguridad a cambio de libertades, tras los recientes atentados terroristas. Pero quien mejor ha encarnado esta idea, tal como en su momento comentamos aquí, es la iglesia católica. Tanto en el funeral de Juan Pablo II como en los viajes del Papa actual, los contenidos audiovisuales destilados por tales eventos, son propiedad de Vaticano TV. Entidad que luego vende o cede los derechos de emisión al mejor postor. El ejemplo ha cundido hasta tal extremo que, si bien con diferencias no menores, se repite la estrategia por doquier. Ahí están las alocuciones de Hugo Chávez, los vídeos “programáticos” Bin Laden, las televisiones privadas de México queriendo apropiarse del contenido de las campañas electores en contra de los partidos políticos o la apropiación que la TV ha hecho del cotilleo como fórmula informativa (vergonzoso el tratamiento que Mª Teresa Campos le dedicó a Felipe González en Tele 5 y Antena 3 a las víctimas del franquismo, todo en la misma noche y a la misma hora).

En este contexto hemos de interpretar la “guerra” desatada entre Mediapro (La Sexta) y Prisa (Canal + y la plataforma Digital +), por los derechos televisivos del fútbol. El asunto debe ser muy importante porque, aunque a título personal, han terciado en la polémica hasta los expresidentes de gobierno. Aun con tan cualificadas aportaciones, sigo sin entender la razón del conflicto. Bueno, la verdad es que sí hay algo claro. Ante la disputa de dos empresas por el acontecimiento futbolístico español –la liga de las estrellas, según se dice– y sus derechos televisivos, los poderes públicos callan y miran para otro lado. Esperando, cabe suponer, a que la “mano invisible” del mercado resuelva el conflicto a favor del más fuerte, como suele suceder casi siempre.

liga_futbol.jpgEs como si el espacio radioeléctrico que utilizan esas empresas no fuera un bien público o los telespectadores no fuéramos también ciudadanos de este lugar del mundo. Más diligentes se muestran las autoridades cuando esa ostentación de poder “toca” la susceptibilidad de la feligresía local. En Israel se ocupa la frecuencia de la TV “no amiga” y aquí, la Administración valenciana decide cortar en su territorio la señal de TV3 montando una guerra de tintes tribales. Como si a estas alturas de las tecnologías fuera posible poner puertas al campo. Da la impresión que unos y otros menosprecian nuestra condición de ciudadanía, reducidos a consumidores incapaces de pensar y actuar. ¡Para que luego digan que no es necesaria la Educación para la Ciudadanía!