Perlas del 27-M

  31 Diciembre 2007

Escribe Ángel San Martín Alonso

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  Alberto Ruiz Gallardón

En un precioso cuento del escritor M. Al-Ramli, se le atribuye al Imán y su primera esposa, la genial idea de bautizar al televisor con el nombre de “el Desmoralizador”. Los ancianos del lugar, un pequeño pueblo irakí, se sentían molestos con aquel aparato en casa sin que su lengua nativa les proporcionara una palabra con la que referirse al artilugio. El nombre común del aparato, que tanta compañía les hacía en casa, no les gustaba por provenir de una lengua y un país considerado sacrílego y además invasor. Así que el Imán, harto de ver cada viernes cómo descendía la audiencia de sus sermones, decidió a sugerencia de su devota esposa, ponerle al televisor el nombre ya mencionado.

Por nuestros pagos, al menos de momento, no hay problema lingüístico ni religioso en llamarle al “televisor” con este nombre tan socorrido. Mas, si esta licencia no produce tribulación alguna, sí resulta cada vez más “desmoralizador” seguir sus evoluciones programáticas. Las pasadas elecciones, cada canal a su manera, han dado motivos suficientes para caer en una profunda depresión televisual. El momento de mayor tensión dramática, sin ninguna duda, fue cuando el Sr. Sebastián le enseñó la portada de una revista con una chica “malaya” al Sr. Ruiz Gallardón, ante el estupor de las cámaras de TVE. El plano con aquella fotografía puede tomarse como metáfora de lo que la TV aporta a las campañas electorales. Como en el pueblo irakí del cuento de Al-Ramli, ese plano desató los diablos individuales y colectivos de la feligresía. Cuando al fin la televisión pública ofrecía la ocasión de un debate, se malogra la ocasión ante la pacata reacción de todas las esposas del Imán. Por supuesto que semejante espanto no lo pudieron provocar canales públicos como Telemadrid o Canal 9, sencillamente porque cercenaron toda posibilidad de debate. Para sus directivos sólo existían los sermones naranja de lo imanes del PP, reiterando manu militari siempre el mismo eslogan.

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Cuando se constata el abuso que los conservadores han hecho y hacen de la televisión pública, resulta desmoralizador el revuelo montado en torno al plano antes aludido. Desde las televisiones se ha hecho una campaña de propaganda sin reparar en remilgos éticos ni políticos. Circunstancia que hace aún más difícil entender por qué tanto recato moral ante la foto de una presunta corrupta, cuyas acciones salpican a personas e instituciones. ¿No tenemos los ciudadanos derecho a conocer la integridad moral de las personas e instituciones que nos gobiernan? Todo apunta a que también ése es un derecho que se nos niega. Para los grupos económicos que sustentan a la industria mediática es más importante proteger a un hipotético líder de la derecha garante de sus intereses, que ponerse de parte de la ciudadanía y de los preceptos democráticos.

Cierto que en otras latitudes los poderes son más tajantes y cuando un canal de televisión nos les rinde pleitesía, sencillamente le retiran la licencia, como el caso de Radio Caracas Televisión (RCTV) de Venezuela. Por lo menos estas medidas tan expeditivas dejan claro que la “libertad de expresión” es un bien prescindible, el problema lo tenemos en las sociedades más “desarrolladas” en las que en virtud de aquélla lo único que se hace es intoxicar informativamente a la ciudadanía. Aun así es preferible esta estrategia a la de las tijeras, a la de las prohibiciones por orden gubernamental. Pero si a cambio de aguantar una programación contaminada con transgénicos discursivos, nos ofrecieran algo distinto y con una cierta altura, lo uno podría compensar lo otro. Sin embargo, nada de eso parece coincidir con lo que piensan  los responsables de las televisiones públicas. En La 2 de RTVE, sin ir más lejos, llevan a plena nocturnidad los programas culturales y divulgativos, probablemente para no interferir con la telebasura.

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  ¿Homosexuales Los Teletubbies?

Y con semejante ejemplo no puede sorprender que en Polonia acusen a Los Teletubbies de homosexuales o que Rouco Varela pida la excomunión para Los Lunnis porque son un alegato contra la familia convencional. Así que no queda más remedio que darle la razón, aunque por motivos bien distintos, al Imán y a su esposa admitiendo que aquí también la tele es el aparato de la “desmoralización”.