Provocación visual

  12 Diciembre 2006

Escribe: Ángel San Martín Alonso 

Dice en su última publicación Dominique Wolton que, realmente, la sociedad de nuestros días no es la de la información sino la de la imagen. Y el medio por excelencia en el que ésta se exhibe, sigue siendo la TV. No es que una imagen valga más que mil palabras, según el aforismo popular, sino que vale por lo contrario. Lo que pueda mostrarse con imágenes evítense las palabras. Éstas apelan a la razón, aquéllas, convenientemente horneadas, invocan lo más primario que hay en cada uno de nosotros. Con la palabra se agrede o interpela al otro, siempre presente. Con la imagen se exalta lo uno, lo indentitario, lo que diferencia y distancia del otro, como magníficamente pusieron en pantalla todas las televisiones durante el Mundial de fútbol de Alemania, incluido el cabezazo de Zidane. En tan intenso discurso no cabe la palabra, no hay lugar para el otro. En definitiva, vivimos una especie de “pentecostés” sin Verbo pero con Iconos.

Hasta tal punto esto es así, que los mismos promotores de esa parábola se aplican el cuento al pie de la letra. Hace unas semanas, durante la visita del máximo mandatario de la iglesia católica a Valencia, el Vaticano activó con ejemplar desparpajo su “catecismo audiovisual”. Para el vulgo, ágrafo y deseoso de emociones fuertes, le produjeron imágenes de actos y recorridos por una ciudad atestada de multitudes globalizadas que acudían a escuchar la palabra del divino redentor. Sin embargo, las imágenes sólo eran la recreación fantástica de una ciudad con las calles semidesiertas. ¡Qué gran paradoja! Se vio lo que no había y no se entendió lo que dijo. Según todos los exegetas massmediáticos, la elaborada sutileza de los discursos papales estaba dirigida a las elites. A los pequeños círculos depositarios de claves sobre cómo este Papa quiere que sea la relación entre el poder por él representado y el resto de poderes que aglutinan a la sociedad civil. Las imágenes (de TVE, Canal 9 y Tele Madrid) iban dirigidas a las audiencias globales para entusiasmarlas con el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, aunque en Valencia la multiplicación fuera de peregrinos.

Ejemplos parecidos hemos podido contemplar durante las semanas pasadas. El ejército de los EEUU exhibió, cual botín de guerra, el cadáver descuartizado de Al Zarqaui, según el verbo oficial, nada menos que un sanguinario terrorista a las órdenes de Bin Laden. Los informativos de todas las televisiones ofrecieron la misma imagen, la confeccionada por los servicios de prensa del ejército captor, pero sin relacionarla con aquella otra imagen conocida como la de los tres de las Azores. Por las mismas fechas otra imagen dio la vuelta al mundo televisual, la de aquella adolescente palestina llorando incrédula ante el cadáver de su padre. Un civil, otro más, impunemente abatido por el ejército israelí en la cuneta de una carretera. Desde entonces, sólo podemos ver a la maquinaria de guerra disparando a las estrellas que merodean Líbano, de las consecuencias humanas de tales acciones sólo podemos enterarnos por lo que nos cuentan. Las imágenes, en este caso, se producen para exhibir el poderío militar de un ejército tan fuera de la ley internacional como empeñado en amedrentar por la fuerza a todos sus vecinos.

Con las imágenes como bandera y ya dentro de nuestras fronteras, tenemos casos recientes bien llamativos. La frustrante persecución en pos de una imagen, nunca conseguida, de la muerte y funeral de Rocío Jurado. ¡Hasta dónde pretenden llegar! Y, con otro registro, está la imagen del voluntario corriendo con una niña en brazos, herida grave en el accidente del metro de Valencia. La secuencia apareció en cientos de informativos, incluso en uno el off dijo eso de “ante estas imágenes sobra cualquier comentario”. Así ha debido entenderlo el PP de aquí que ha “borrado” de la agenda informativa las imágenes y las palabras alusivas a esa tragedia. Sea, pues, este recuerdo nuestro homenaje a las víctimas y sus familias, de aquel siniestro –¿evitable?- día 3 de julio de 2006.

Circula estos días por ahí el vídeo, en formato documental según los responsables, que el PP vasco ha producido con el propósito de entorpecer el incipiente proceso de paz emprendido por el Gobierno. Ni cortos ni perezosos, toman una imagen del diario Gara en la que se funde la rosa del PSOE con la serpiente de ETA. Ciertamente, la simbiosis icónica adquiere una carga simbólica que el verbo difícilmente puede interpretar y mucho menos desactivar. Lo incomprensible y grave es que, tan puritanos los ideólogos del PP, no tengan otros argumentos que los esgrimidos por quienes se mueven en el anatema. De ahí que, una vez más, haya que ser muy finos para desentrañar qué es lo que realmente pretende el PP con estos vídeos promocionales de su intransigencia, y a costa de qué lo quiere conseguir.

No menos preocupante es la imagen que la “prensa rosa” ha pretendido captar y transmitir de un presunto estafador del Ayuntamiento de Marbella. Todos los cenáculos rosa de las distintas televisiones se han disputado la imagen de un Julián Muñoz esposado y escoltado por la policía entrando en la cárcel. El discurso de los y las tertulianas giraban en torno a si esta imagen favorecía más o menos a la promoción del personaje y, lo que es más grave, una tertuliana vino a decir: “Otra vez el Poder Judicial nos da la razón ante lo que venimos denunciando aquí desde hace años” (Asalto a Marbella, especial de Tele 5). En este caso la imagen proclama y transfiere a un personaje, creado por los propios medios, los males estructurales de un sistema que permite bajo los focos del espectáculo enriquecerse de forma abusiva a unos tipos sin escrúpulos. La corte de constructores, promotores, arribistas y funcionarios corruptos quedan en un segundo plano, pasando a primero quienes con su actitud hosca y bronquera han sabido convertirse en espectáculo para una audiencia morbosa. Es, una vez más, el éxito de la imagen que crea y retroalimenta a sus propios diablos. ¿A quién no le gustaría pasar de camarero a multimillonario sin dar un palo al agua?