El bocazas

  19 Abril 2019

El debate y las elecciones generales

debate-elecciones-0Hace unos días, escuchando las noticias mientras desayunaba, me quedé estupefacto al oírle a un comentarista calificar de «bocazas» al líder de uno de los partidos conservadores. No podía salir de mi asombro ante los escuchado, incluso antes de echarme a la calle aquella mañana de primavera. Ya sé que la boca es por donde fluyen las palabras. Entonces, ¿qué querría decir con aquella palabrota el comentarista de voz templada?

Pasadas unas pocas horas pude poner orden en las emociones y salir de la perplejidad. Todos los programas matutinos de las diferentes cadenas de televisión, dedicaban un tiempo a desentrañar semejante latigazo dialéctico. Así que después de escuchar y darle muchas vueltas al asunto, puedo avanzar una primera conclusión: se le atribuye la condición de bocazas a quien abre la boca para liberar palabras sin que hayan pasado antes por el procesador situado un poco más arriba del órgano fonador.

Es posible que este amago de definición no sea homologable con la del diccionario. Me da igual, se ajusta con bastante precisión a lo que vi y escuché aquella mañana. El problema, sin embargo, es que hay muchos bocazas y poco oído humano capaz de enfriar tanta proclama iracunda como se va soltando desde las alturas. Puede que por el hecho de estar en campaña electoral se considere normal todo esto, pero las palabras y las imágenes las carga el diablo.

Hasta la puesta en circulación del vocablo aludido, lo más frecuente era encontrarse con el de bocas. Dícese de Bertín Osborne cuando remeda a Master Chef en su programa Mi casa es la tuya (Telecinco). Especialmente cuando reunió en su casona a los líderes conservadores, simulando a los tres tenores, para hablar de las goteras del suelo patrio.

Otro ejemplo es el del Papa ante las preguntas de Jordi Évole (Salvados, La Sexta), contestadas sin romper la contención que impone la diplomacia vaticana. Las respuestas de Francisco llevaban tanto reflujo semántico, que puso muy difícil tomárselas como verdad revelada. En definitiva, decimos de alguien que es un bocas porque habla y habla sólo por la melodía.  

No se me oculta que por ahí circulan también los vocablos bocachancla o bocatrapo, que aluden a otro ser desposeído de credibilidad pero que va de tertulia en tertulia soltando parecidos exabruptos. Es el apelativo y no me pregunten la razón, con el que siempre imagino a Francisco Marhuenda, dada su condición de ubicuo tertuliano. Aunque pensándolo bien, podría aplicarse también a esos líderes que van por ahí sacando verbo grueso ante las inclemencias del respetable. Recordemos a esa candidata que en un campus universitario la reciben a empujones y gritos. Ante la adversidad, se despachó con una retahíla de descalificaciones que por su contundencia restallaban en los telediarios cual latigazos.

Lo dicho hasta aquí me sirve de preámbulo para establecer un doble plano discursivo en el comienzo de la campaña electoral. Líderes y lideresas de todos los partidos han ido desfilando individualmente por las diferentes cadenas de televisión, públicas y privadas. Circunstancia en la cual se comportan como auténticos bocas o excepcionalmente como bocachanclas. Nadie se sale del argumentario oficial, ni siquiera frente a la repregunta cuando ésta se formula. Mantienen ante el primer plano de la pantalla un gesto tenso, desapasionado e incluso amigable.

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Pero no es menos cierto que hay otra situación en la que el discurso, no de todos los partidos, en la que sus representantes hablan como auténticos bocazas (el género no tiene demasiada relevancia en este caso). Se comportan como tales cuando hablan ante auditorios pequeños y saben que hay cámaras de televisión registrando el evento. Impostan el gesto especialmente cuando estos representantes políticos comparten plató para debatir sus respectivos programas electorales. Actúan como tertulianos y tertulianas en el sentido más patético del término. Parece como si solo les interesara llamar la atención del respetable a cualquier precio, aunque ello les desacredite.

A propósito de esta circunstancia decía un periodista que en los debates televisivos se copiaba lo peor del medio: el griterío de las tertulias sobre casquería de sociedad. En efecto, tras el loable esfuerzo de TVE, pudimos ver un debate entre los seis representantes de los partidos con representación parlamentaria (Debate Elecciones Generales, La 1). El debate fue largo y tan controlado por el presentador/moderador Xavier Fortes que por momentos perdía la viveza de la réplica y la contrarréplica, para quedar en el aire las palabras gruesas que soltaron algunos de los representantes.

De todos modos lo más llamativo de las iniciativas de este tipo es lo difícil que resulta su organización. Para la mayoría del gremio periodístico, ante todo, debe primar el «interés informativo». Expresión en la que por lo visto cabe tanto la interpretación de la Junta Electoral Central al permitirle a TVE organizar un debate como el citado, compatible a su vez con la prohibición a Antena 3 de celebrar el que venía anunciando con la participación del partido de extrema derecha o el impedir el cara a cara televisivo.

¡Qué farragoso y hasta desfasado resulta tanta reglamentación! Y en medio de la ceremonia de la confusión, como estamos en campaña, todos los partidos tratan de sacar ventaja: Pedro Sánchez se enfrenta al consejo de redacción de RTVE, las empresas privadas se enfrentan a las públicas y el debate televisivo se convierte en el centro del debate. Sin embargo, a pesar de los y las bocazas, al personal le gustan estos debates, como pone de manifiesto que el programa de TVE alcanzara cuotas considerables de audiencia. Con casi un 12% de share resultó ser el programa más visto de esa noche, incluso más que El hormiguero (Antena 3).

Es posible que no haya más debates, pero si lo hubiera ahí va una idea: en vez del cuestionario previo se les podrían poner en el plató videoclips temáticos para argumentar sus respectivas propuestas de acción política. Videoclips como: un fragmento de balcones con banderas, el vídeo de aquella cuidadora pegándole a una abuelita, el del marido prestando su mano a su mujer consumida por la enfermedad, cualquiera de los que guarda Villarejo, la fotografía del agujero negro o el vídeo de Notre Dame en llamas. Ante imágenes tan impactantes, ¿creen que habría diferencias entre el bocazas, el bocas y el bocachancla?

Escribe Ángel San Martín

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