Luna nueva (20): La decadencia de Europa…

  19 Enero 2014

A propósito del último cine italiano 

la-gran-belleza-1La presencia del cine italiano en las pantallas europeas es una buena noticia. Creadores como Paolo Sorrentino o Gianfranco Rosi, recientemente premiados en los festivales de Cannes y Venecia, por La gran belleza y Sacro Gra, certifican el interés actual de una cinematografía esplendorosa en tiempos pasados, donde encontramos autores como Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Vittorio de Sica, Roberto Rossellini, Luchino Visconti, Luigi Comencini, Mario Monicelli, Dino Risi, Ettore Scola o Bernardo Bertolucci; actores como Marcelo Mastroianni, Vittorio Gassman o Alberto Sordi; actrices como Anna Magnani, Sofía Loren o Claudia Cardinale; y, en fin, películas como Ladrón de bicicletas, Rocco y sus hermanos, La gran guerra, La aventura, El Gatopardo o El último tango en París. Sólo por citar nombres y títulos que me vienen a la memoria.

Sacro Gra es el primer documental en la historia en obtener el León de Oro del Festival de Venecia, lo que supone el regreso del cine italiano a lo más alto después de 15 años. La película de Gianfranco Rosi es un trabajo original que subraya la evolución del documental como un género que se ha ido liberando de concepciones rígidas.

En este caso, se nos propone un “mosaico humano” de voces, rostros y gestos recogidos a lo largo de la carretera que circunda Roma. La cámara de Gianfranco Rosi muestra no tanto personajes como personas, como las dos prostitutas, un conde extraño, un padre y una hija, un pescador de anguilas o un enfermero, que viven atrapados por un entorno muy concreto: la periferia de una gran ciudad.

El Grande Raccordo Anulare es como un anillo de Saturno: así lo definió Federico Fellini en Roma, oda de amor a su ciudad”, ha explicado Rosi. “Roma es un planeta y los 70 kilómetros de autovía que la rodean en un círculo perfecto acaban siendo una frontera, llegar hasta tocarla significa subirse a otra dimensión”. Así, Sacro Gra, más que un paisaje, o un testimonio nos ofrece un estado de ánimo sobre la Roma real, la que no ven los turistas.

Por su parte, la última película del napolitano Paolo Sorrentino, La gran belleza, nos propone un sugerente espectáculo visual y sonoro tomando la ciudad de Roma como escenario.

Se trata de la Roma que ya hemos visto en otras grandes películas italianas como 8 ½ o Roma de Federico Fellini; también es la Roma de La dolce vita, la ciudad como el escenario cinematográfico por antonomasia, que se presenta majestuosa, pero que en su interior oculta a una pléyade de personajes que por las noches muestran sus pasiones danzando al ritmo del remix de Raffaella Carrá y en la que los nobles y las élites económicas hacen cola para inyectarse bótox.

La película comienza con una cita de Céline que hace alusión al concepto de la vida como un viaje hacia la muerte. Esa cita, que es la primera frase de Viaje al fin de la noche, es una declaración de intenciones del filme: “Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario”.

Todo es apariencia e imaginación y esa mentira es el alma del espectáculo. Lo que tiene que ser auténtico de verdad es la emoción al mirar o al expresarse.

El protagonista, interpretado de manera magistral por Toni Servillo, un actor en la estela de los grandes intérpretes italianos, es el hilo conductor de la trama: un escritor frustrado, un vividor, un observador del mundo exterior que se somete a un viaje personal. Ante sus ojos, desfilan mediante una serie de giros incidentales un entramado de hechos, personajes y anécdotas que giran en torno a Roma.

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El personaje que interpreta Servillo reflexiona de manera lúcida acerca del glorioso pasado y el patético presente de una ciudad que ya no es la que fue. La gran belleza toma referentes claros de películas como La dolce vita de Fellini o La terraza de Ettore Scola, con sus veladas en la terraza del escritor, hablando con sus amigos de lo divino y de lo humano y mostrando el desencanto y el cinismo de la burguesía romana que se encuentra a la deriva, camino a la superficialidad más absoluta.

Para Jep Gambardella, el protagonista, los años pasan y el origen de su decepción se encuentra en las consecuencias de envejecer. Siente que la felicidad desaparece y lo único que le queda es la nostalgia de la inocencia que quizás él asocia con algo muy diferente a su propia experiencia: la virtud.

La gran belleza acaba de ser multipremiada por la Academia Europea del Cine (mejor película, mejor director, mejor guión, mejor actor protagonista Toni Servillo). El humor es uno de los grandes puntos fuertes de la película. El guión, obra del propio Sorrentino y Umberto Contarello, contiene diálogos brillantes, que apuntalan el sentido de la historia.

Es este un viaje melancólico por la mente de un escritor que clama contra la vacuidad del mundo snob en el que se desenvuelve; Sorrentino demuestra un virtuosismo elegante tras la cámara con un ritmo poco habitual en el cine contemporáneo para ofrecernos un espectáculo exquisito. Un retrato paródico y satírico de la Roma de la superficialidad. También propone el vértigo generado ante la insoportable belleza (el síndrome de Stendhal) que puede dejar fulminado a un turista japonés, y el efecto alucinación que causa a los que viven expuestos a él, como Jep Gambardella en su ático con vistas al Coliseo.

Artistas, escritores, obispos, prostitutas, santos, corruptos, es la Roma de Berlusconi. La ciudad de inigualable belleza donde lo burdo y lo vulgar conviven con el lujo y las drogas. Una realidad que provoca en el protagonista una reflexión sobre el verdadero significado de la vida en un momento en el que su plenitud intelectual contrasta con su decadencia física.

Se trata, en definitiva, de un personaje que busca la justificación de una vida, quizás desperdiciada. Una brillante representación de la decadencia de Roma, y por tanto, de alguna forma también, la decadencia de una manera de concebir Europa, la de los banqueros, los mercaderes y los políticos sin escrúpulos.

Escribe Juan de Pablos Pons

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