Luna nueva (18): Searching for Sugar Man

  01 Septiembre 2013

Un enigma musical 

searching-sugar-man-2Con ocasión de un reciente viaje a Madrid, he tenido la oportunidad de ver, en los míticos cines Renoir —ahora amenazados de cierre por la crisis— el documental Searching for Sugar Man (2012), obra prima del cineasta sueco de origen argelino Malik Bendjelloul. Ganador del Oscar al mejor documental en la última edición celebrada en Hollywood, es una interesante y emocionante reflexión sobre el valor del arte como vehículo de comunicación y como revulsivo social.

Se trata de un filme muy bien resuelto cinematográficamente que propone al espectador la búsqueda de un personaje aparentemente desaparecido y protagonista de una historia sorprendente.

Se trata de Sixto Rodríguez, un trabajador de la construcción de origen mexicano que hace cuarenta años actuaba esporádicamente en algunos bares y tugurios de los barrios marginales de Detroit.

En 1970 fue descubierto por dos cazatalentos, que quedaron fascinados por la calidad de su música y especialmente por las letras de sus canciones. Estos productores editaron dos discos de Rodríguez, Cold fact en 1970 y Coming from reality en 1971; ninguno de ellos tuvo repercusión alguna en Estados Unidos y las referencias de este artista simplemente desaparecieron del panorama musical.

Sin embargo, su primer disco llegó por casualidad hasta Sudáfrica (según se cuenta en el propio documental una joven norteamericana viajó al país africano para visitar a su novio y llevó una copia del disco). Las canciones de Rodríguez, por su carácter reivindicativo y crítico se convirtieron de manera espontánea en referencia para los contrarios del apartheid que dominaba en aquellos años en Sudáfrica. Así, se vendieron miles de copias, muchas de ellas clandestinas, sin que el artista se enterara de su éxito. De hecho, él siguió trabajando como obrero de la construcción durante muchos años en Detroit, sin tener noticias de su éxito internacional.

Malik Bendjelloul ha declarado que conoció la historia por casualidad en un viaje a Sudáfrica en el año 2006. En Ciudad del Cabo entró en una tienda de discos y entabló conversación con el dueño, Stephen Segerman, un melómano apodado Sugar (la primera canción de Cold fact se titula Sugar man). Este le contó la historia de Rodríguez, y a partir de este encuentro el director sueco comenzó a trabajar con la idea de desarrollar un documental.

La historia está contada de forma cronológica, de manera que el espectador se enfrenta al enigma de un artista descubierto por unos productores vinculados con la Motown. Cuarenta años después recuerdan en el filme cómo les impresionó su voz cálida, el limpio sonido de su guitarra acústica y sus letras de carácter social que contaban la vida difícil en los barrios periféricos de una urbe industrial. Pensaron que habían descubierto a un gran artista, un nuevo Bob Dylan, pero no fue así.

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El personaje que nos guía a través de esta historia de búsqueda sobre qué ocurrió con Rodríguez, es Stephen Sugar Segerman, el propietario de la tienda de discos que conoció Malik Bendjelloul. Nos cuenta que fue tal el éxito de estas canciones que, según él, si a mediados de los setenta entrabas en un hogar de clase media y raza blanca encontrabas los discos Abbey Road de los Beatles, algo de Simon & Garfunkel, y Cold fact de Rodriguez. “En Sudáfrica pensábamos que era uno de los discos más importantes de la historia”.

La situación de Sudáfrica en aquellos años, dada su situación política, era de un claro aislamiento internacional, lo que propició el fenómeno de Rodríguez. “Todo estaba censurado”, explica Sugar. “No había televisión porque era comunista. The Beatles estuvieron prohibidos en la radio, porque dijeron que eran más grandes que Jesucristo. A eso súmele el boicot: ningún grupo tocaba aquí, ni siquiera venían equipos de rugby. Todo llegaba de forma clandestina. Se establecieron redes de distribución entre amigos y cada cosa que descubríamos era oro”.

Según los cálculos presentados en la película, hasta mediados de los noventa las ediciones sudafricanas de los dos discos de Rodriguez vendieron alrededor de medio millón de copias. Según Sugar, sus letras ayudaron a crear el caldo de cultivo propicio para generar el movimiento antiapartheid. Era un mito. Más grande que Elvis.

Les había llegado la falsa noticia de que se había suicidado actuando en un escenario. Cuando empezaron a buscarle lo que querían saber era cómo había fallecido”. Eso ocurrió en 1997, Segerman y el periodista Brian Currin iniciaron una investigación paralela por medio de Internet que les llevó al mismo resultado. “Sigue vivo, llevaba toda la vida trabajando de obrero en la construcción, tenía tres hijas”.

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El documental narra estos acontecimientos con una gran economía de medios, compensada con creatividad y originalidad, ya que la falta de material gráfico de la época es evidente. La historia puede ser interpretada en clave de cuento de hadas: un artista que nunca recibió el dinero generado por sus discos, y que desconocía que era famoso internacionalmente, mientras trabajaba como peón en una ciudad norteamericana. Llegaremos a descubrir al actual Rodríguez, ya con más de setenta años, que sigue viviendo en la misma vivienda de Detroit de cuando grabó su primer disco.

Resulta sorprendente el carácter reservado, austero y generoso de este personaje, que podría calificarse como el anti-mito, al que sus hijas, amigos, compañeros de trabajo o sus productores musicales de la época van describiendo en el documental. El propio Rodríguez se nos presenta como un ser sensible, modesto, siempre vestido de negro, que no valora la fama o el dinero. A raíz del éxito de este documental, hemos conocido esta sorprendente historia, que ha supuesto el redescubrimiento de un artista que está disfrutando ahora del triunfo que entonces no tuvo. Ha realizado cuatro giras en Sudáfrica y actúa regularmente en Europa. El pasado día 8 de julio actuó en Barcelona.

Sin ninguna duda Searching for Sugar Man merece ser reconocida como una de las grandes películas del año. Supone una aportación valiosa al género documental, ya que incorpora componentes expresivos con una gran capacidad de sugerencia. La música de Sixto Rodríguez aporta valores y alma al filme, a la vez que dota de autenticidad a la propia narración.

Algunos críticos han visto en este documental influencias literarias cercanas a Herman Melville, planteando paralelismos con su personaje Bartleby, que renuncia a todo sin ningún tipo de dramatismo; o un supuesto viaje al corazón de las tinieblas, según el canon de Joseph Conrad. Documental imprescindible, al igual que muy recomendable la música de Rodríguez. 

Escribe Juan de Pablos Pons

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