Luna nueva (13): Teatro, cine y educación

  08 Octubre 2012 A propósito de En la casa 

en-la-casa-1En la última edición del Festival de Cine de San Sebastián el filme francés En la casa (Dans la maison, 2012) de François Ozon ha recibido de manera justa, según la crítica especializada, la Concha de Oro a la mejor película. Se trata de una historia basada en la obra de teatro del dramaturgo español Juan Mayorga.

La relación entre cine y teatro ha sido tradicionalmente intensa, de manera que en muchas industrias cinematográficas las adaptaciones teatrales al cine son bastante habituales, y encontramos ejemplos significativos, de manera continuada, en las producciones de Hollywood y en las de países europeos como Inglaterra o Francia. Históricamente puede afirmarse que la influencia del teatro en el desarrollo narrativo del cine ha sido fundamental.

En el caso de España el desarrollo de su cinematografía, desde un punto de vista industrial, a lo largo de la primera parte del siglo XX, se apoyó en buena medida en la adaptación de textos dramáticos, incluso de autores reconocidos como Ramón M. del Valle-Inclán, Federico García Lorca, Miguel Mihura, Miguel de Unamuno, Antonio Buero Vallejo o Alfonso Sastre, entre otros.

Edgar Neville constituyó un caso particular en la aproximación entre teatro y cine en España, desarrollando una amplia labor como dramaturgo y director de cine. Escribió numerosas comedias de éxito, algunas tan famosas como La vida en un hilo y El baile. Estos títulos también fueron guiones de dos de sus mejores películas. Más recientemente podemos citar como autores teatrales adaptados a la gran pantalla, nombres como José Luis Alonso de Santos, Fermín Cabal, José Sanchis Sinisterra, Josep Maria Benet i Jornet, Jordi Galcerán, etc.

En los años ochenta encontramos propuestas cinematográficas que toman como referencia la dramaturgia escénica como recurso estético, reelaborando en cierto sentido la narrativa fílmica. Es el caso de la trilogía que desarrolla Carlos Saura sobre el flamenco con Antonio Gades en Amor brujo, Carmen y Bodas de sangre. Luego seguiría con una fórmula parecida con Tango, Flamenco, Goya y Salomé. En todos estos filmes, la teatralidad aparece como una estrategia estética. Saura, además, adaptó al cine la obra ¡Ay, Carmela!, de Sanchis Sinisterra.

El fenómeno de la teatralidad también está presente en la obra de Pedro Almodóvar (influencias de la obra de Tennessee Williams en su película Todo sobre mi madre, por ejemplo, o del sainete castizo redescubierto en clave desvergonzada en sus primeros filmes como Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón).

elchicodelaultimafila01Sin embargo, los ejemplos citados son en cierto sentido casos particulares en el marco de una cinematografía como la nuestra, poco propensa a adaptar a dramaturgos españoles, desaprovechando de esta manera una posible vía argumental de interés. Esta constatación debería llevarnos a una reflexión sobre sus causas, dada la cantidad de películas españolas producidas en los últimos años basadas en historias de escaso interés o simplemente innecesarias.

En la casa, de François Ozon, adaptación como hemos dicho de la obra de teatro El chico de la última fila, se narra la relación entre un profesor inicialmente sorprendido y progresivamente obsesionado con los relatos que escribe un alumno suyo sobre la familia de un compañero al que desprecia, pero que muestra un notable interés por seducir a la madre de este. Los textos que el profesor va leyendo de su pupilo deviene en folletín por entregas, y a través de ellos vive las peripecias del atrevido estudiante, aunque sin saber realmente si se trata de realidad o ficción. Las diferentes situaciones son presentadas con originalidad y sentido del humor.

Así, la obra teatral de Juan Mayorga propicia la base para el excelente guión de la película, también premiado en el Festival de San Sebastián, que ha sido elaborado conjuntamente por el propio dramaturgo y el director del filme, configurando una acertada comedia.  “Se trata de una obra sobre maestros y discípulos; sobre padres e hijos; sobre personas que ya han visto demasiado y personas que están aprendiendo a mirar. Una obra sobre el placer de asomarse a las vidas ajenas y sobre los riesgos de confundir la vida con la literatura. Una obra sobre los que eligen la última fila: aquella desde la que se ve todas las demás”. Así presentaba Juan Mayorga su obra El chico de la última fila en el momento de su estreno teatral en octubre de 2006, a cargo de la compañía vasca UR Teatro.

Germán, el profesor protagonista de la historia, es un maduro profesor de Lengua y Literatura. Su anodina vida se reparte entre un trabajo sin alicientes —sus alumnos muestran desinterés por el fascinante mundo de las letras que él desea inculcarles— y una vida familiar poco satisfactoria.

El origen de la trama se encuentra en una redacción que Germán propone a sus alumnos. Entre todos los que han escrito banalidades sobre el temaMi pasado fin de semana”, Germán descubre un texto sorprendente. Es el de Claudio, un alumno que se sienta discretamente en la última fila de la clase. En sus textos, solicitados por Germán, describe la oportunidad para entrar en la casa de un compañero con la excusa de estudiar juntos. De manera que en sus escritos va mostrando su fascinación por la intimidad de la familia, su cotidianidad, sus miserias y también sus secretos.

Juan Mayorga decidió escribir una obra que le permitiera plantear las relaciones entre profesor y alumno, un tema poco tratado en el teatro español. La concepción tradicional de la docencia se ha sustentado durante mucho tiempo en el respeto y la admiración al maestro. Sin embargo, en los tiempos actuales la situación ha cambiado radicalmente y la docencia ha pasado a ser una profesión de riesgo.

En la adaptación cinematográfica de El chico de la última fila dirigida por François Ozon, se profundiza en las a menudo complejas relaciones entre discípulos y maestros. Por tanto, hablamos de un ejercicio con interés cinematográfico, pero también pedagógico.

Escribe Juan de Pablos Pons

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