Luna nueva (6): Cine negro español

  01 Noviembre 2011
A propósito de No habrá paz para los malvados 

no-habra-paz-3Los géneros cinematográficos clásicos siempre han tenido una relación difícil en su tratamiento por parte de los cineastas españoles. En el caso del género policiaco, la influencia de la novela es especialmente relevante.

Más allá de describir un asesinato y su resolución, el género ha evolucionado hacia historias cargadas de crítica social y política, narraciones de corte realista, situadas en contextos y ambientes preferentemente urbanos muy reconocibles.

En esta evolución resultan impagables las aportaciones de autores como Dashiel Hammett, Raymond Chandler, James M. Cain, Patricia Highsmith, Jean-Patrick Manchette, Maj Söwall, Per Wahlöö o Henning Mankell, por citar solamente algunos de los más importantes. Ellos han proyectado el mensaje de que el mal domina históricamente a la sociedad. “La dominación del mal es social y política”.

En esta línea y hablando de España, escritores como Manuel Vázquez Montalbán asumieron esta visión, contextualizándola en nuestro territorio y actualizando su mensaje contra la corrupción y la degradación social. En España, las dificultades de adaptación de la literatura policiaca al cine, parten de limitaciones relevantes, tal como ha estudiado Elena Medina en su obra Cine negro y policiaco español de los años cincuenta (Laertes, 2000), donde señala que tradicionalmente “ni la policía es corrupta ni deja casos sin resolver”.

En todo caso, encontramos en el cine español antecedentes interesantes, en películas como El cerco (Miguel Iglesias, 1955); Distrito quinto (Julio Coll, 1957); la esencial A tiro limpio (Francisco Perez-Dolz, 1963), y El salario del crimen (Julio Buchs, 1964).

José Luis Garci con su película El crack (1981) intentó importar el modelo norteamericano de cine negro, pero su particular visión respecto a la sensualidad femenina o a la necesidad de que la bondad resplandezca, desnaturalizaron el empeño. Por el contrario, El arreglo de José Antonio Zorrilla (1983) sí que es un film noir que parte de la realidad española del momento. Un excelente ejemplo de buen cine negro español es Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995). La ópera prima de Agustín Díaz Yanes recibió ocho premios Goya en 1996, incluidos los galardones al mejor director, mejor protagonista (Victoria Abril) y a la mejor película.

No habrá paz para los malvados (2011) es la última película dirigida por Enrique Urbizu. Un excelente narrador cinematográfico, que se mueve con gran soltura en las historias crudas y marginales. De la mano de Michel Gaztambide y José Coronado, sus dos cómplices en La caja 507 (2002) y La vida mancha (2003), Urbizu desarrolla un filme de género policiaco, incorporando sus claves canónicas modernas y en el que se reconocen elementos que nos sitúan claramente en el entorno español.

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En No habrá paz para los malvados, Urbizu y su habitual coguionista Michel Gaztambide hacen girar la historia alrededor de un personaje sórdido y descontrolado, un policía corrupto, un profesional de la violencia, que actúa al lado de la ley pero fuera de las normas, desarrollando una particular forma de cacería humana contra un grupo de delincuentes fanáticos. Un antihéroe que utiliza los mismos recursos espúreos que los antagonistas a los que pretende aniquilar (traficantes y terroristas).

Santos Trinidad es el nombre de este policía macarra, solitario, adusto, alcohólico y nihilista, otrora valorado y reconocido por sus compañeros y hoy aislado y vinculado a prácticas profesionales poco ortodoxas. Urbizu propone una historia de enfrentamiento entre alimañas que buscan la eliminación del contrario por espíritu de supervivencia, no por la defensa de principios o valores.

El dibujo del desalmado policía es brillante, su fisonomía, su voz, su desaliño corporal, el paisaje urbano por el que se mueve, todo resulta real, creíble. El director no propone juicios morales sobre el personaje o la acción. La intriga se sigue con interés, los diálogos son cortantes, secos, la gestualidad contenida, la ciudad —Madrid— resulta desasosegante. Todo gira en torno a la actividad de este policía, de manera que los personajes secundarios parecen responden a la fuerza centrífuga generada por el protagonista al que José Coronado dota de fuerza y credibilidad.

La historia resulta terroríficamente real, ya que lo que ocurre y donde ocurre suele tener presencia habitual en la prensa que leemos. De hecho podríamos hablar de esta película en términos de una crónica negra de la realidad española actual.

Todo resulta creíble en esta ficción donde los traficantes, los proxenetas, los islamistas, los policías, los confidentes o la jueza son como los que nos cruzamos cada día por las calles de nuestras ciudades.

No habrá paz, dijo mi Dios, para los malvados”.
Isaías 57, 21.

Escribe Juan de Pablos Pons

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