Luna nueva (5): Buscando respuestas

  22 Septiembre 2011
A propósito de El árbol de la vida  

el-arbol-de-la-vida-10La última película del atípico cineasta norteamericano Terrence Malick, recientemente premiada en el Festival de Cannes con la Palma de Oro, ha sido estrenada estos días en España.

El árbol de la vida invita a los espectadores a reflexionar sobre cuestiones trascendentes: el origen de la vida; el sentido de la religión para la conciencia humana; cuál es nuestro destino, determinado por la inevitabilidad de la muerte; o la institución familiar como reto para aprender a vivir. Cuestiones que el director propone en clave poética, apoyándose en unas imágenes de gran capacidad de sugerencia y en una estructura poco convencional.

Después de un prólogo de treinta minutos en el que se proponen al espectador  las grandes cuestiones citadas, el filme desarrolla una historia familiar, preferentemente desde el punto de vista del hijo mayor que convive con sus padres y sus dos hermanos. La visión infantil es de una gran capacidad evocadora pues nos remite a una experiencia vital altamente compartible.

Las lógicas inseguridades, la influencia de un padre autoritario, la relación con los hermanos, la referencia de una madre protectora que aglutina los sentimientos de todos. Lo cotidiano, las obligaciones, el miedo, los lugares propios, los juegos, lo desconocido, la violencia, lo percibido por un niño, la dimensión emocional en suma, se hace presente en esta magna obra en la que los personajes son más que nunca piezas de un mecanismo narrativo que trasciende las convenciones a las que los espectadores están acostumbrados, por lo que la sorpresa abre la vía de las emociones.

Esa visión transmitida a través de los ojos de un preadolescente evoluciona a partir de su propia experiencia, de manera que la imagen del padre autoritario se va quebrando por los errores y fracasos profesionales de éste. La generosidad de la madre es percibida como un esfuerzo a veces imposible de concretar.

Terrence Malick ha elaborado una propuesta básicamente emocional, dirigiéndose a los sentimientos de los espectadores, haciendo un uso maravilloso del lenguaje cinematográfico; se trata de sentir más que comprender, de abrir más que de cerrar, de implicarse más que distanciarse.

Se trata de un reto exigente para el espectador que a mí me ha remitido, tanto formal como temáticamente, a la obra de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio (1968) por su renuncia a los diálogos, por la presencia impactante de la música, por su lirismo, por su mensaje exigente para con los espectadores. Igualmente, el gusto por el uso continuo de la steadycam como recurso narrativo a mi parecer une a estos dos directores tan poco convencionales como fascinantes.

La película de Malick, autor únicamente de cuatro películas anteriores en cuarenta años de profesión, resulta muy coherente con su filmografía: Malas tierras (1973), Días del cielo (1978), La delgada línea roja (1998) y El nuevo mundo (2005). Pocos diálogos, presencia de la voz en off, y un potente apoyo musical basado en este caso en clásicos como Mahler, Bach, Smetana, Brahms, Mozart, Berlioz o Preisner.

El epílogo de 10 minutos cierra esta obra magna que propone un resumen de todo su mensaje: el universo infinito, la aventura de la vida, la condición humana, la inevitabilidad de la muerte, el papel de las creencias, la existencia de Dios como necesidad o como deseo.

En suma, una obra que nos remite al misterio de la vida, de manera que sus grandes interrogantes vuelven hacia el espectador a través de sus impactantes y bellísimas imágenes que proponen una interpretación del destino de los personajes retratados, metáfora de todos nosotros.

Sin duda una película didáctica en el sentido más amplio y generoso de esta palabra.

Escribe Juan de Pablos Pons

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