La cueva de Platón (11): La maldad en el cine de ficción (americano)

  30 Enero 2011

La naranja mecánica, de Stanley KubrickEs evidente que a lo largo de la vida la mayoría de las personas evolucionan y cambian como consecuencia de las experiencias adquiridas y la madurez. Hablo de cambios en valores, modelos de conducta, prioridades vitales y grandes objetivos a conseguir como elemento de motivación.

Esta idea de cambio, resulta más acentuada en el mundo actual. Como afirma el muy recomendable escritor polaco Ryszard Kapuscinski, es imposible vivir en el mundo contemporáneo sin cambiar y sin adaptarse a los cambios. ¿Tenemos hoy el mismo concepto del bien y del mal que cuando éramos niños? Si el mal se identifica con el pecado, ¿qué valor tiene el mal para el agnóstico? El mal toma forma de muchas maneras, pero su interpretación no es unívoca. ¿Hacían el bien los héroes americanos cuando en el cine bélico de los años 40 y 50 masacraban a los japoneses? ¿Los cruzados medievales cuando abatían al moro infiel? O ¿lo hacían los cowboys en el far west cuando aniquilaban a los indios?

De hecho, prácticamente nadie asume que hace el mal a nadie, porque entiende que está haciendo otra cosa, como ganar algo o proteger a alguien o a sí mismo. En consecuencia, el concepto del mal es un valor otorgado a algo o a alguien a partir de un principio moral, y que en muchas ocasiones funciona como una dualidad opuesta al bien.

El cine como el gran medio de comunicación de masas que ha sido durante todo el siglo XX, ha tratado de simplificar la relación entre el bien y el mal, acudiendo en muchas ocasiones a esquemas maniqueos; hablamos del cine de manera genérica, ya que no ha ocurrido así con algunos grandes cineastas que han sabido profundizar y matizar esta cuestión moral. Los artistas son a veces capaces de plasmar con sencillez y gran capacidad de comunicación conceptos e ideas que el resto de los mortales. Revisemos algunos ejemplos.

Ethan Edwards (John Wayne) en 'Centauros del desierto' (The searchers)

En el clásico de John Ford Centauros del desierto (The searchers, 1956) se nos cuenta cómo Ethan Edwards, un veterano oficial del ejército confederado, interpretado con un gran poder de convicción por John Wayne, regresa a casa de su hermano tres años después de haber finalizado la Guerra de Secesión. Este personaje encarna el pesimismo de un soldado derrotado y también el desgaste anímico que supone el paso de la vida.

El tratamiento dado al relato por el gran John Ford dota de un sentido épico al reto que asume Ethan Edwards en su persecución incansable para tratar de rescatar a su sobrina Debby, secuestrada por los indios comanches después de un ataque a la casa familiar, en la que todos sus miembros son asesinados de forma cruel. El resentimiento y el odio encarnados por el personaje interpretado por John Wayne son tratados como aspectos propios de la naturaleza humana. De hecho, Ethan aparece ante nuestros ojos como un personaje individualista y con actitudes racistas; sin embargo, su comportamiento es coherente con sus propios principios y valores, basados en la necesidad de vengar a su familia y en la dureza de su experiencia vital, apoyada en la supervivencia lograda en un mundo extraordinariamente hostil.

Centauros del desierto (The searchers)En definitiva, Ethan se rige por una moral propia. Ponerse del lado de este personaje o no queda al arbitrio de los espectadores, ya que quedan expuestas las causas y motivaciones de su conducta.

Sin embargo, en el cine actual estamos asistiendo cada vez con mayor asiduidad a la presencia de personajes con unas conductas dañinas que tienen lugar sin ninguna justificación. Personajes cuya motivación es sembrar el mal, de manera despiadada y brutal.

Podemos encontrar un antecedente claro de esta actitud malévola sin causa aparente en el grupo de jóvenes asesinos que protagonizan la historia de La naranja mecánica, llevada al cine por Stanley Kubrick en 1971. Me estoy refiriendo a personajes que encarnan directamente el mal como un objetivo en sí mismo.

Otro caso más cercano en el tiempo es el de Anton Chigurh, el asesino en serie de No es país para viejos, dirigida por los hermanos Coen en 2007; o los personajes de los guantes blancos de Funny games USA (Michael Haneke, 2007) o el Joker de la última versión cinematográfica de Batman (El caballero oscuro, 2008) dirigida por Christopher Nolan y basada en el cómic El largo Halloween de Jeff Loeb y Tim Sale.

En todos los filmes citados nos encontramos a unos villanos para los que el comportamiento ético es una actitud absurda. Se trata de seres perversos cuya finalidad última es hacer daño o generar dolor sin sentido. ¿Tiene esto un correlato con la vida real? Sus motivaciones morales son inexistentes o, en todo caso, triviales.

Anton Chigurh, el asesino de 'No es país para viejos'

Sin embargo, esta trivialidad parece consustancial con algunos personajes que ahora encontramos entre nosotros cada día, y también entre los grandes líderes mundiales. Así, parece increíble pero es real que alguien como George W. Bush haya dirigido durante ocho años al país más poderoso del mundo, destruyendo las libertades públicas, imponiendo la estrategia del caos como política exterior, y haciendo posible que durante su mandato se haya generado en Estados Unidos la mayor crisis mundial en el campo de la economía.

Igual podríamos decir de muchas grandes corporaciones financieras y empresariales, cuyos dirigentes y su desmedida codicia han sumido a la economía globalizada en una situación incierta.

Luna nueva

También encontramos referentes del mal en relación al llamado cuarto poder. Aludiendo de nuevo a Kapuscinski, en uno de sus ensayos dedicados al periodismo (Los cínicos no sirven para este oficio. Anagrama, 2009 -5ª edición-) podemos leer sus reflexiones sobre el mundo de la información. Así, afirma que desde el desarrollo de los medios de comunicación en la segunda mitad del siglo XX, estamos viviendo dos historias distintas: la auténtica y la creada por los medios.

La paradoja, según Kapuscinski, es que conocemos cada vez más la historia creada por los medios de comunicación y no la de verdad. La televisión, la radio o la prensa no están interesadas en reproducir lo que sucede, sino en ganar a la competencia, en conseguir audiencia. Los medios de comunicación crean su propio mundo, que se convierte en más importante que el real.

Esta falta de escrúpulos de los medios de comunicación supone un acto maligno que por cierto ha sido llevado al cine por grandes creadores que han sabido señalar esa falta de ética y su tendencia al sensacionalismo irracional.

Ciudadano Kane (Citizen KaneEn clave de comedia, Howard Hawks dirigió hace setenta años Luna nueva (1940), poniendo en evidencia a los periodistas encargados de cubrir la noticia de la ejecución de un pobre hombre; Billy Wilder, en Primera plana (1974), presentaba a un director de periódico, interpretado de manera brillante por Walter Matthau, capaz de las mayores mezquindades con tal de conseguir una exclusiva. En clave de drama, el citado Billy Wilder nos mostraba en El gran carnaval (1951) a un odioso periodista, encarnado por Kirk Douglas, creando un morboso espectáculo a partir del accidente de un hombre atrapado en una mina.

El gran Orson Welles nos hizo reflexionar en Ciudadano Kane (1941) sobre la capacidad de un magnate de la prensa para manipular la realidad y manejar así la opinión pública en beneficio propio. Más recientemente, Buenas noches y buena suerte (2005) dirigida por George Clooney, nos presenta la historia real, ocurrida en los años 50, del periodista Edgard R. Murrow (David Strathairn) presentador de la cadena de televisión CBS, que se enfrentó a la censura del senador MacCarthy, abanderado de la cruzada contra el comunismo y que desarrolló una caza de brujas en nombre del bien común (según su propio criterio).

En definitiva, el bien y el mal, como conceptos abstractos, son consustanciales a la naturaleza humana. Somos a la vez buenos y malos, de no ser así hablamos de monstruos, por tanto de personajes amados por el cine. El cine puede ser una gran fuente de manipulación, como también ocurre con la televisión, la radio o la prensa. Pero el cine también nos ha hecho reflexionar en algunos casos de forma brillante sobre la naturaleza del mal (y por tanto también sobre la naturaleza del bien). Esta capacidad le hace un medio necesario para la humanidad.

Escribe Juan de Pablos Pons

'Buenas noches y buena suerte' (2005) dirigida por George Clooney