La cueva de Platón (14): Homenaje a Christopher Doyle

  19 Febrero 2011

christopher_doyle.jpgUno de los cineastas más importantes de la actualidad es sin ninguna duda Christopher Doyle. Su nombre puede que no resulte conocido para muchos, pero si aclaramos que se trata del director de fotografía de la mayoría de los filmes del aclamado cineasta Wong Kar-wai, es posible que encontremos pistas más sólidas. Hablamos de películas como Deseando Amar, 2046, Fallen Angels o Chungkin Express, entre otras.

Además, su excelente trabajo como fotógrafo está presente en las creaciones de directores muy diferenciados, a lo largo de una dilatada carrera, que se inicia en 1983 y que llega hasta hoy, con trabajos como La joven del agua, de M. Night Shyamalan; Liberty Heights, de Barry Levinson; El americano impasible, de Phillip Noyce; Paranoia Park, de Gus Van Sant; La condesa rusa, de James Ivory,  o The limits of control, de Jim Jarmusch, que se ha rodado durante parte de 2008 en Madrid. Por lo tanto, hablamos de un artista que ha trabajado con directores muy relevantes en cualquier parte del mundo.  

Este maestro de la fotografía, nacido en Sidney (Australia), se caracteriza por su nomadismo y su visión bohemia de la vida. Ha desarrollado la mayor parte de su trabajo creativo en Asia, donde es conocido por el sobrenombre de Du Kefeng (Como el viento); sin embargo, como ya hemos señalado, ha consolidado una carrera que no tiene límites geográficos. Le mueve una concepción del cine basada en el descubrimiento de las emociones, le interesa la emoción descubierta, no fabricada. Quizá por eso se siente tan a gusto en Asia. “En Occidente construyen las películas –le gusta repetir–. En Oriente las descubrimos”.

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La Filmoteca Española, en colaboración con la revista Cahiers du Cinema España, dedicó un ciclo-homenaje a Christopher Doyle durante los meses de abril y mayo de 2008, aprovechando su presencia en Madrid. De carácter abierto y cordial, ha contado en este encuentro que dejó Australia con 18 años, por lo tanto “llevo siendo extranjero 36 años”. Y continua “creo que esto es muy importante para la forma en que trabajo, porque al ser extranjero las cosas se ven de otra manera. Pero empecé rodando películas en chino, así que me considero un cineasta chino. (…) No empecé a hacer cine hasta que cumplí 34 años. Pero esa juventud desperdiciada fue probablemente mi mejor baza para lo que hago ahora. Ves el mundo, acabas en la cárcel tres o cuatro veces, acumulas experiencia. Y tienes algo que decir. Si no se tiene nada que decir, no se debería hacer cine. No tiene nada que ver con el tipo de lente que se utiliza”.

lady_in_the_water.jpgSe trata de un creador cuyas aportaciones deben ser valoradas al mismo nivel de influencia e impacto que las que en su momento supusieron los hallazgos de Néstor Almendros o Raoul Coutard para la Nouvelle vague francesa, hacia finales de los años 50 del siglo XX. Su manera de retratar la luz y de mover la cámara revolucionaron la estética del cine.

De la misma manera que los directores franceses de la Nueva ola se apoyaron en estos directores de fotografía rompedores, en base a los cuales plantearon nuevas alternativas de ver y hacer cine, Christopher Doyle ha creado un nuevo modelo visual del cine contemporáneo, especialmente frente a los postulados marcados por el canon de Hollywood o algunas cinematografías europeas.

Para analizar sus aportaciones hay que empezar reconociendo su papel fundamental en la creación de un nuevo imaginario visual en el que encontramos muchos elementos tomados de la cultura oriental. Su manera de rodar utilizando colores saturados, encuadres inestables, movimientos ralentizados, fondos distorsionados, luces degradadas, posiciones de cámara inhabituales, focales muy largas (teleobjetivos) o muy cortas (gran angular), imágenes difuminadas, planos divididos, texturas resaltadas... constituyen su manera de hacer.

Sin duda, el resultado es una fotografía exuberante, neobarroca, que parece transmitir un estado de ánimo, un interés por captar movimientos concretos, momentos únicos e irrepetibles, en definitiva, emociones. El efecto obtenido es consecuencia de un trabajo basado en la experimentación, y muy especialmente de la estrecha colaboración con directores orientales, formados en el cine de China, Hong Kong y también Taiwan o Indonesia. Hablamos de creadores como el taiwanés Edward Yang, con el que Doyle debutó en 1983 filmando That day on the beach; Stanley Kwan (Red Rose, White Rose); Chen Kaige (Temptress Moon); Zhang Yimou (Hero), y obviamente Wong Kar-wai, fotografiando gran parte de su filmografía.

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Tal como ha señalado Antonio Weinrichter, muchas de las imágenes que en Occidente asociamos al nuevo cine asiático urbano, han sido elaboradas por Christopher Doyle. Y este resultado nuevo es consecuencia de una metodología de trabajo distinta. El mismo fotógrafo hace referencia a su manera de trabajar en los siguientes términos: “El aspecto visual del cine se está expandiendo, estamos desarrollando una nueva relación con el proceso de realización de un filme. Pienso sinceramente que hemos superado toda esa teoría de autor. La gente va a tener que inventar una nueva teoría para lo que estamos haciendo aquí” (The Guardian, enero de 2005).

Esta metodología se apoya en un sistema de trabajo experimental, intuitivo, alejado por tanto de la manera de rodar por ejemplo en Estados Unidos, donde todo el proyecto visual es definido antes del rodaje mediante un story-board y por tanto dejando poco juego a la improvisación. La experimentación y la búsqueda de soluciones visuales sobre el terreno es una característica del nuevo cine asiático, en el que Doyle ha podido desarrollar toda su creatividad y que, como consecuencia, ese tipo de colaboración con el director del filme, le otorga sin duda el rol de co-autor. Por tanto, hablamos de una fotografía experimental, apoyada en hallazgos concretos, consecuencia de afrontar y resolver problemas concretos que surgen del trabajo en cada película, que conlleva descartar gran parte del material filmado, que han ido propiciando un estilo reconocible,  y que, como ocurre con el jazz, las improvisaciones no se repiten –algo en realidad imposible– pero dotan de una personalidad específica a su autor. Si quisiéramos sintetizar este estilo podríamos hablar de “fotografiar la subjetividad”.

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En el cine filmado por Christopher Doyle hay otros elementos igualmente característicos. Además de la forma de captar los ambientes y los espacios de manera exuberante, Doyle establece una interacción muy directa entre los actores y la cámara. De hecho podemos hablar de una relación casi física, filmando a los personajes en planos muy cercanos, recorriendo su cuerpo y haciendo así que los espectadores tengan una sensación casi física respecto a aquéllos.

En este sentido, las aportaciones de actores como los presentes en la mayor parte de su filmografía conjunta con Wong Kar-wai  como Tony Leung, Maggie Cheung, Gong Li o Zhang Ziyi, resultan también claves en la configuración de ese nuevo estilo que, por tanto, en último término, tendría un carácter colectivo; algo coherente con la forma oriental de entender los proyectos, y que en occidente no siempre se ve de la misma manera.

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También Doyle ha desarrollado la faceta de creador absoluto dirigiendo los filmes Away with words, realizada en 1999, Porte de Choisy (episodio de París, Je t’aime) en 2006, y Warsaw dark, rodada en 2008 en Polonia.

Además, Christopher Doyle ha desarrollado un interesante y sugerente trabajo como fotógrafo, que conocemos a través de sus libros. Algunos de ellos constituyen diarios visuales de los rodajes en los que ha participado. En este sentido podemos citar Don’t try for me, Argentina. Christopher Doyle’s Photographic Journal of Happy Together (Ed. City Entertainment Book, Hong Kong, 1997 y 2003) o There is a Crack in Everything (Ed. Scout Gallery, Londres, 2003).

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Sin duda se trata de un artista que ha contribuido sobremanera en establecer la configuración de un imaginario urbano audiovisual y cinematográfico que caracteriza nuestra contemporaneidad, y que aporta referentes muy identificables para lo que los filósofos han dado en llamar postmodernismo; perspectiva que curiosamente en sus orígenes fue un movimiento estético, pero que según Ernesto Laclau ha evolucionado "hasta convertirse en el nuevo horizonte de nuestra experiencia cultural, filosófica y política”.

Escribe Juan de Pablos Pons

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