Cine y ballet

  02 Enero 2019

Una confluencia enriquecedora

yuliEn fechas navideñas se ha estrenado en España Yuli, película que narra la vida del gran bailarín cubano Carlos Acosta. El filme dirigido por Iciar Bollaín fue seleccionado para la Sección Oficial de la última edición del Festival de Cine de San Sebastián, donde obtuvo el premio al mejor guion. La cinta explica la trayectoria vital de este artista cubano que ha triunfado en los más importantes recintos del ballet clásico.

El filme incide de manera especial en la compleja relación que Carlos Acosta mantuvo con su padre; un trabajador humilde que intuyó el talento natural de su hijo para la danza, y al que obligó a entrar en la Escuela Nacional de Ballet en La Habana. De hecho, se trata de una historia ficcionada de superación personal, en la que Carlos Acosta se interpreta a sí mismo en su etapa de adulto (ha sido nominado a mejor actor revelación en la próxima edición de los Premios Goya 2019).

La historia comienza en La Habana, durante el llamado periodo especial, el niño Carlos, interpretado por Edison Manuel Olbera, vive muy modestamente con su familia. Apegado a sus raíces, rechaza la propuesta de su padre, que implica alejarse de su entorno, para formarse como bailarín clásico. Este enfrentamiento tendrá como consecuencia una relación difícil con su padre, interpretado convincentemente por el veterano actor Santiago Alfonso. La persistencia del padre, las dotes naturales del chico y su evidente capacidad de sacrificio, terminan convirtiéndole en primer bailarín de la compañía del Royal Albert Hall de Londres, una proeza difícil de imaginar, partiendo de su humilde realidad.

Por tanto, la película es un biopic, basado en las memorias de Carlos Acosta, tituladas No Way Home. Iciar Bollaín, en su noveno filme como directora, asume el reto de contar en formato de ficción, aunque basada en la vida real del bailarín, a partir de un guion elaborado por Paul Laverty. Las secuencias de ballet están muy bien fotografiadas por Alex Catalán y resaltan en una película bien rodada, en la que la música de Alberto Iglesias subraya bien los diferentes momentos de la historia.

La confluencia entre cine y ballet ha dado históricamente resultados notables. Si nos ceñimos a las aproximaciones más exitosas o recordadas, realizadas desde la ficción, cabe mencionar aquí a varias de ellas.

En primer lugar, cronológicamente habría que citar Las zapatillas rojas (1948). Escrita y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger, la historia se basa en una versión libre del cuento de Hans Christian Andersen. El rol protagonista fue encarnado por la bailarina y actriz británica Moira Shearer. El ballet fue coreografiado por Robert Helpmann, que en la película interpretó el personaje del novio, con Léonide Massine en el papel del zapatero diabólico, siendo ambos grandes figuras del mundo del ballet. La música original fue compuesta por Brian Easdale. La fotografía de la película, obra de Jack Cardiff es uno de los aspectos más llamativos y recordados, ya que explotó muy bien las posibilidades del entonces novedoso Technicolor.  

Billy Elliot (2000) es otro de los hitos en las películas que abordan el mundo del ballet. Cabe señalar que parte de un planteamiento opuesto al de Yuli, ya que el niño protagonista, interpretado por el joven Jamie Bell, quiere convertirse en bailarín de ballet, pese a la oposición de su familia. La historia se enmarca en la mitad de los años ochenta, durante la huelga de los mineros del carbón en el Reino Unido.

Su padre Jackie (Gary Lewis),  inscribe al niño en el centro deportivo del pueblo para que aprenda boxeo, como lo hizo su abuelo, pero Billy detesta ese deporte. Un día, se fija en una clase de ballet que comparte temporalmente el gimnasio y, a espaldas de su padre, se une a ella. Cuando el padre lo descubre, le prohíbe terminantemente esa práctica, pero en secreto continúa con la ayuda de la profesora de baile Georgia Wilkinson (Julie Walters). Finalmente, el protagonista logrará su sueño de convertirse en bailarín profesional, convenciendo a su familia. Dirigida por Stephen Daldry, este filme británico obtuvo numerosos premios, entre ellos tres Oscar y tres Globos de Oro.

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El cisne negro (2010) se suma a los títulos exitosos dedicados al mundo del ballet clásico. Propone una historia en este caso con formato de thriller que muestra cómo la competencia llevada al límite puede truncar el sueño de una bailarina. Esta película de producción norteamericana dirigida por Darren Aronofsky, está protagonizada por un conocido elenco: Natalie Portman, Vincent Cassel, Mila Kunis, Barbara Hershey y Winona Ryder.

El filme obtuvo diferentes premios entre ellos los que consiguió Natalie Portman (el Oscar, el Globo de Oro y el Premio de la Asociación de Críticos y Guionistas estadounidenses). La actriz encarna a la protagonista Nina, una bailarina de una compañía de ballet de la ciudad de Nueva York. Cuando el director artístico Thomas Leroy (Vincent Cassel) decide sustituir a la primera bailarina Beth Macintyre (Winona Ryder) en los ensayos de El lago de los cisnes, Nina es su primera elección, aunque compite con ella una nueva bailarina, Lily (Mila Kunis).

Este ballet requiere una bailarina que pueda interpretar tanto al Cisne Blanco, con inocencia y elegancia, como al Cisne Negro, que representa la astucia y la sensualidad. Nina se adecua perfectamente al papel del Cisne Blanco, pero Lily es la personificación del Cisne Negro. A lo largo de la historia, la rivalidad entre las dos jóvenes intérpretes va transformándose en algo más que una competencia profesional y Nina en un proceso de transformación radical llega a descubrir su lado más oscuro

En síntesis, la convergencia entre cine y ballet ha producido excelentes películas que han sabido encontrar elementos que aportan brillo a estas dos manifestaciones artísticas. Yuli es un buen ejemplo de que esa colaboración puede dar lugar a resultados estimables. Mi admiración personal por el arte de Carlos Acosta surgió con la oportunidad de ver en febrero pasado una representación de su compañía cubana de danza en La Habana, fue una maravillosa experiencia.

Escribe, Juan de Pablos Pons

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