Luna nueva (33): El año del thriller español

  17 Enero 2017

tarde-para-la-iraLa expresión cine negro fue inventada en Francia (film noir) en referencia al cine criminal, que según el historiador Noël Simsolo no es un género específico, puesto que ha ido incorporando con el paso del tiempo elementos como el suspense, el enigma, la aventura policíaca, el documental, el melodrama, la road movie y hasta el gore.

Su estética también ha ido variando con multitud de variantes aplicadas por los directores de fotografía, desde el blanco y negro que en la época clásica incorporaba los contrastes de luces y sombras o perspectivas en picado, para posteriormente incorporar el color como elemento expresivo, tal como ocurre en películas como El padrino (1972) o Cotton Club (1984).

En cuanto a su estructura, se trata de un tipo de películas que incorporan historias cuyos protagonistas son antihéroes y habitualmente proyectan una visión crítica sobre los aspectos más oscuros de la sociedad.

En el caso de España, la particular idiosincrasia de su industria cinematográfica, marcada más por sus carencias y limitaciones económicas que por sus reales posibilidades artísticas, ha coartado el desarrollo lógico de determinados tipos de películas, siendo uno de ellos el cine negro.

Cabe señalar el precedente del largo periodo de la dictadura franquista que cubre con un oscuro velo la opción de las películas policiacas, al tratarse de un cine crítico y de denuncia social. Siendo esto así, sin embargo, hay que destacar algunas películas estimables de ese periodo, vinculadas a la crónica criminal, pudiendo citarse ejemplos relevantes como El clavo (1944) de Rafael Gil, El crimen de la calle Bordadores (1946) dirigida por Edgar Neville, Brigada criminal (1950) de Ignacio F. Iquino o Los peces rojos (1955), de José Antonio Nieves Conde.

Otro componente característico del cine negro es el registro de la mujer fatal. Hay un aspecto curioso que señala José Antonio Luque en su libro El cine negro español respecto a esta cuestión, afirmando que “en la España franquista se permitió la mujer fatal, pero con actrices extranjeras. Era como decir que las mujeres de fuera son malas; en cambio, el modelo de mujer española, ama de hogar y pilar de la familia católica, no se podía resquebrajar”.

Así, actrices como la mexicana María Félix encarna a una adúltera asesina en La corona negra (1951) de Luis Saslavsky, y la actriz alemana Katia Loritz reclama a su marido libertad sexual a cambio de no delatarle a la policía en Las manos sucias (1956), de José Antonio de la Loma.

Avanzada la década de los 60 comienzan a producirse películas que aportan nuevos planteamientos respecto al thriller español, copiando formatos del cine europeo y estadounidense. Es el caso de coproducciones internacionales como Estambul 65 (1965) y Las Vegas, 500 millones (1968), ambas dirigidas por Antonio Isasi-Isasmendi.

Con la llegada de la democracia se incorporan nuevos cineastas, aportando otras visiones sobre el cine negro. A ese periodo corresponden El crack (1981), de José Luis Garci, El arreglo (1983), de José Antonio Zorrilla o Fanny Pelopaja (1984) de Vicente Aranda; todas ellas abordan la corrupción policial.

Pero el cambio más significativo se produce en la década de los 90, cuando empieza a perfilarse un cine criminal en el que aparecen temáticas muy presentes en la sociedad española, con producciones como Días contados (1994), de Imanol Uribe, o Adosados (1996) de Mario Camus.

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En los últimos años el interés por este tipo de cine se ha ido consolidando, tal y como demuestra la nómina de los últimos premios Goya, con las aportaciones de directores como Enrique Urbizu (La caja 507, 2002; y No habrá paz para los malvados, 2011); Daniel Monzón (Celda 211, 2009; El niño, 2014) o Alberto Rodríguez (Grupo 7, 2012; La isla mínima, 2014).

En el año que acaba de terminar, el cine negro español ha tenido una especial relevancia, con estrenos como Que Dios nos perdone de Rodrigo Sorogoyen, Toro de Kike Maíllo, El hombre de las mil caras de Alberto Rodríguez, Cien años de perdón de Daniel Calparsoro y Tarde para la ira, la ópera prima del actor Raúl Arévalo. De ellas, a nuestro criterio cabe destacar principalmente los trabajos de Alberto Rodríguez y Raúl Arévalo, cuyos films han recibido numerosas nominaciones para los próximos premios Goya.

El hombre de las mil caras se apoya en hechos reales. Cuenta la historia del agente secreto del Ministerio del Interior español Fernando Paesa, personaje clave en varios asuntos relacionados con ETA y los GAL, también vinculado a la trama de ocultamiento de la fortuna sustraída por el exdirector general de la Guardia Civil Luis Roldán, a quien ayudó a huir de la justicia.

El filme, basado en el libro de Manuel Cerdán, reconstruye la vida de este oscuro personaje, calificado de espía y estafador, a lo largo de las décadas de los 70 y 80. Cabe señalar la excelente interpretación de Eduard Fernández, dando vida a este espía, y por cuyo trabajo ha recibido el premio al mejor actor en el Festival de Cine de San Sebastián.

Tarde para la ira, es el primer largometraje dirigido por Raúl Arévalo, después de dos cortometrajes (Un amor y Foigrás). Película bien apoyada en las interpretaciones de Antonio de la Torre, Luis Callejo Manolo Solo y Ruth Díaz, que por su trabajo en esta película ha obtenido el premio a la mejor actriz en el Festival de Venecia.

Se trata de una historia de venganza vinculada a unos hechos ocurridos hace ocho años en un atraco a un banco, en la que se cruzan los caminos de un ex presidiario y José, un hombre introvertido que está decidido a ajustar cuentas por la muerte de un ser querido. Cabe señalar la ambientación en la que se sitúa la historia con personajes y escenarios muy reales y reconocibles.

Larga vida al cine negro español.

Escribe Juan de Pablos Pons

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