Editorial enero 2018

  30 Enero 2018

Lógicas e ilógicas

los-archivos-pentagono-2Aún colean, y no terminan, las listas de las mejores películas estrenadas en el año junto a las polémicas de siempre sobre qué títulos pueden entrar en la lista. En un momento abierto a los múltiples medios comunicativos sería necesario plantear si también entrarían en el juego las series televisivas o las películas que directamente se estrenan en las distintas plataformas, producidas por ellas mismas, y que no han pasado por salas cinematográficas.

Revistas importantes de cine como la francesa Cahiers du cinema o la inglesa Sight and sound han entrado de lleno en esa, digamos, conversación y por ello han considerado la tercera parte de Twin Peaks como el mejor título visto en 2018 para los críticos franceses y el segundo para los ingleses.

La propuesta pues para jugar sobre lo mejor del año se multiplicaría, y dificultaría a la vez, en gran forma. Si es imposible ver todos los filmes estrenados en salas comerciales, la dificultad será ya total si los títulos se amplían a la gran cantidad de series, y de películas, que se estrenan a través de los diferentes canales de televisión, bien porque son producción suya o bien porque, por extrañas circunstancias, esos filmes han pasado directamente a ser recogidos por una determinada plataforma televisiva.

Dentro de las series, ciñéndonos a las últimas realizadas en España, habría que pensar si La zona o Vergüenza (La peste no se ha ofertado hasta este año) son dignas de competir con las películas estrenadas en el año. O si también deben ser consideradas películas importantes, capaces de descabalgar de sus primeros lugares a los filmes promovidos como mejores, Wind River el primer largo de Taylor Sheridan, guionista de Sicario o Comanchería, que incompresiblemente no se ha estrenado comercialmente y ha pasado a Filmin y Movistar.

Lo que nos lleva todo ello a reflexionar sobre lo que es y entendemos por cine en un mundo audiovisual con cambios notables en poco tiempo: en explotación, formato, visión…

Las series, para bien o para mal, están ahí. Y en España también se comienzan a realizar series de gran categoría, de fácil exportación, eso sí, cuentan con un cierto y grave problema debido a rodarse con sonido directo y se debe a la casi crónica falta de modulación de voz, de forma que a veces es un galimatías saber lo que dicen. Clases de dicción no les vendrían, a veces, mal a algunos intérpretes. No pedimos la vozde una claridad imposible de los dobladores —muchas veces sin vida—, pero sí un pequeño esfuerzo para no arrastrar las palabras convirtiéndolas en ininteligibles.

Y  mientras las listas críticas de las mejores de 2017 se alteran con los premios que aquí y allá se van otorgando a lo mejor del año, nos siguen llegando nuevos estrenos en los que la polémica, y eso está bien, sustituye a la indiferencia, aunque la verdad en algún caso, incluso una cosa y otra es imposible, ya que el título previsto parece objeto de un diabólico truco de prestidigitación, si no cómo entender que Un mundo a lo grande de Payne, buena o mala pero de un director de interés, haya tenido un paso tan fugaz por las salas que haya imposibilitado su visión.

Menos mal que ahí sigue Wonder Wheel, la estupenda película de Woody Allen, mal entendida por algunos críticos, despistados ante lo que creen ser una traición a su cine. Nada de eso, aunque no haya humor, porque su filme se erige —desde planteamientos cercanos al melodrama y la tragedia clásica— en una crónica despiadada, triste y descorazonada sobre una etapa dolorosa vivida en su país. Hace falta mucho talento para utilizar las metáforas, sin que lo parezca, como lo hace Allen (la noria, la época, el niño pirómano…).

Un filme cercano, por otra parte, a Delitos y faltas o Blue Jasmine donde además, desde una impronta bergmaniana en el tratamiento de los primeros planos de la grandiosa Kate Winslet) se ayuda de una fotografía de Storaro que va punteando, con los cambios de color, los estados de ánimo de los personajes (dudas, vacilaciones, esperanzas, hundimiento).

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Por el contrario la pretenciosa Tres anuncios en las afueras de Martin McDonagh sigue reflejando ese cine de la peor qualité y denuncia o con falso importante tema. El pretendido reflejo crítico de la peor América profunda se invalida por un guión tan incoherente como forzado. Parece mentira que McDonagh sea un reconocido escritor. Es incomprensible, por ello, su trazo esquemático de personajes, sus derivas de guión para llegar donde pretende llegar.

A pesar de que tan engreído y gran escritor aseguré que Shakespeare no le interesa, debería leerlo con más cuidado y aprender lo que supone una lógica de representación que no es una lógica real. Algo que el autor de la tan cacareada, pero insulsa, Escondidos en brujas debería, al menos, reconsiderar desde su endiosada postura.

Para comprobar la mala (y mentirosa) construcción narrativa de estos tres anuncios (con la excelente Fargo como referencia), su ilógica narrativa, bastaría entre otras cosas referirnos al personaje de violador introducido en la película con calzador: ni se sabe quién es, ni de dónde viene, por qué aparece en escena cuando al guionista-director se le antoja. Su presencia en la tienda donde trabaja la protagonista no tiene sentido alguno a no ser, claro, que por imperativos del guión deba aparecer en la escena del bar para que el reformado ex policía escuche la conversación…

Y, por si faltase poco, para qué contarles lo de la policía, la recogida de sangre y el ADN. Por obra y gracia de lo que recibe el tal personaje machista, racista y estúpido se convierte en todo lo contrario. Basta con una gran quemadura, a punto de morir a tiempo. Y el descubrimiento, ¡vaya manera de contarlo!, qué el problema de tal personaje es, entre otras cosas, no admitir su homosexualidad.

Está muy bien el querer discursear sobre la horrible América profunda, pero no forzando personajes y acciones (la quema de la comisaria) desde una ilógica que nada tiene que ver con el azar o destino propio del gran Lang o de algunas películas, como la citada de Woody Allen. Lo peor de esos anuncios, con un gran inicio, es el acabar convirtiéndose en un sermón propio de charlatanes ambulantes emuladores de los muchos Elmer Gantry americanos sobre el amor a los demás.

Por cierto, para plano digno de figurar en el museo del disparate recomienzo el momento en que la airada protagonista (bien como siempre aunque aquí su personaje carece de matices) toma la mano de quien ha estado a punto de matar. Incongruente reflejo que, sin duda, será validado con varios Oscar.

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Para terminar, citar como filme necesario, en estos tiempos en que vivimos donde las libertades parecen estar bajo mínimo, mientras las prebendas y acatos dominar, Los archivos el Pentágono. Sencilla y clara, donde además reclama su puesto desde un punto de vista feminista, la película de Spielberg muestra toda la maquinaria, oculta, del poder para hundir eso que se llama democracia. Acallando a quién sea, comprando amistades y conciencias. Lo hace de forma directa, sin tapujos, mostrando la necesidad de un periodismo independiente en todo y de todos, dado a los ciudadanos y no a expensas de gobiernos, ni de capitales, ni de publicistas.

¿Utópico? Por supuesto, pero sabemos del poder de la prensa, de lo que puede hacer: en esta historia y la que se abre en el final (el asunto del Watergate) muestran ese cuarto poder libre de poderes amordazadores. De la necesidad de que exista y no asista.

En el momento actual una película como ésta, aquí y ahora, resulta necesaria, de ahí su importancia, sin ser una obra maestra. Es, en definitiva, un filme muy correcto que, aparte de su idea, posee buenos momentos y algunos hermosos y excelentes planos. En el primer caso estaría el instante en el la protagonista, al teléfono, decide ir hacia adelante con la publicación de los archivos secretos; en el segundo el plano, casi final, de ambos protagonistas atravesando la redacción del Washington Post, con los periódicos —en las máquinas y a punto de ser difundidos— formando sobre ellos una especie de arco triunfal: el del triunfo de un periodismo libre, no sujeto a ataduras de ningún tipo.

Mientras tanto, mientras unas y otras películas comienzan su pretendida carrera hacia los premios, la cartelera sigue ofreciendo títulos que reclamarán, de una u otra manera, nuestra atención en busca de eso que es, y será, el cine.

Escribe Adolfo Bellido López

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