Editorial diciembre 2021

  28 Diciembre 2021

¡Ay, Carmela!

diciembre-veronica-forque-0En este diciembre que anuncia el cambio de año, pocas noticias más impactantes que la muerte de una de nuestras más queridas actrices: Verónica Forqué llevaba casi cincuenta años interpretando obras de teatro, películas y telefilmes, con una versatilidad asombrosa.

Casi siempre con un aire de inocencia, fragilidad y ternura, pero no pocas veces con una profundidad elocuente.

Con permiso de Carmen Maura, fue nuestra mejor Carmela: la interpretó dos veces en teatro y una en televisión, pero probablemente es más recordada por sus papeles bajo la dirección de Almodóvar: ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) y Kika (1993), o con quien fuera su marido, Manuel Iborra, con el que protagonizó siete películas.

Forqué ha querido dejar su vida, oscurecida por la depresión, bajo la creencia de que hay algo mejor que la espera; así se trasluce en la carta que su hija le ha dedicado como despedida, como queriendo endulzar un poco su traumática desaparición.

Por eso lo que duele a quienes la estimaron no es solo la pérdida, sino sobre todo el sufrimiento que pudo padecer. También, que su decisión haya tenido que ser tomada en secreto y en solitario, ejecutada de un modo sórdido y abrupto.

Lo único bueno de esta tragedia es que Forqué parece haber rendido un último servicio a nuestra conciencia. Que una actriz tan querida haya evidenciado una realidad oculta y casi vergonzosa, que se lleva a casi cuatro mil personas por año, pudo haber ayudado a tomar en serio un problema silenciado.

Porque el suicidio sigue siendo tabú en una sociedad como la nuestra que solo hasta hace poco ha hecho avances significativos en alguno de estos aspectos.

Y digo esto porque es paradójico que una sociedad en la que hace poco se ha aprobado la Ley de muerte asistida no se atreva también a enfrentar este asunto con la seriedad que merece.  

Hablo de seriedad porque uno de los aspectos más siniestros de la muerte de Forqué ha sido, por supuesto, el hecho de que se convierta en bien de consumo. Las páginas de los diarios se llenaron con el hecho luctuoso, en un principio por su carácter noticiable, pero inmediatamente después, para buscar responsables de tan terrible decisión.

Mucho se ha hablado de cómo la trataron en Master Chef —un programa en sí mismo degradante, pero del que cabe dudar que fuera detonante del suceso—, y menos de cómo la muerte de una persona pudo agitar las cuentas de beneficios de los portales informativos con el click-bait basado en la pura carnaza.

Lo que de beneficioso pudo tener como aireamiento de la oculta y oscurecida epidemia de suicidios, ha sido transformado en espectáculo que deslumbra y desenfoca, arruinando el propósito inicial.

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Hemos vuelto al principio, perdiendo la oportunidad de hablar sobre ello a medida que los ecos de lo noticiable se desvanecen.

Pero es que este tipo de paradojas son consustanciales a nuestras sociedades: es malo el consumismo, pero ventajoso el hecho de generar mercado pseudo-autocrítico con este supuesto abuso.

Uno de los más llamativos efectos de esta paradoja se encuentra ahora en Netflix, ese portal que hace buenas todas y cada una de las críticas de Adorno y Horkheimer a la industria cultural. La empresa de streaming escruta las tendencias y preferencias del público, para entregarles un producto manufacturado acorde con las mismas. El resultado, con contadísimas y agradables excepciones, es una programación estandarizada, superficial y no pocas veces moralizante y autocomplaciente.

Y he aquí de nuevo la paradoja: una de esas tendencias del público es la de criticar el capitalismo, la sociedad de mercado y su supuesta influencia sobre el cambio climático y las catástrofes naturales, por supuesto de una forma infantil, desinformada y totalmente inocua, cuando no anestesiante.  

Así que, con carácter inmediato, Netflix ha producido una película que hace de esta crítica su leitmotiv: No mires arriba se ha convertido en un éxito instantáneo, apabullante. Justo lo que el público estaba esperando. La gracia es que ha sido el mismo sistema que critica, con sus medios característicos, el que ha alumbrado tal obra. Por ella Jennifer Lawrence y Leo Di Caprio se han embolsado más de 25 millones de euros cada uno.

Paralelamente, la continuación de la saga Matrix parece querer hacer una crítica sobre la explotación y muerte de la gallina de los huevos de oro, reventando las taquillas del mundo entero y bailando sobre la tumba del ave doméstica.

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Lana Wachowsky, ya sin el auxilio cómplice de su hermana, ha pretendido reírse de las sagas de superhéroes con la cuarta entrega de su antaño estropeada trilogía. Matrix Resurrections es el perfecto ejemplo de crítica autorreferencial y quién sabe si hipócrita; lo único cierto es que, como ha dejado dicho hace poco el filósofo Jesús Zamora Bonilla, una de las más rentables fuentes económicas del capitalismo es la crítica al capitalismo.

Y es que esa invectiva, de carácter inmunizante, mantiene a salvo el propio sujeto de crítica; es una simple vía de escape, un mero sistema excretor, que alivia al individuo y lo reafirma en su homeostasis.

La consecuencia de esto es la pérdida de la capacidad transformadora del arte, la colonización de lo creativo por lo económico, la insensibilización del individuo doliente. Uno no sabe si en realidad esto no será uno de los motivos de desafecto por una vida carente de sentido, sobre todo si es una vida que, como la de Forqué, se ha dedicado al arte.

Decía Albert Camus, en El mito de Sísifo, que el suicidio era el único problema filosófico verdaderamente serio. De su obra se deduce que la búsqueda de sentido era la aspiración humana más condenada al fracaso si se era consecuente con ella. Ante la tesitura del autoengaño o el sinsentido, todo suicida parece haber encontrado la respuesta en la renuncia a solucionar el dilema y abocarse al vacío.

Sin embargo, la respuesta de nuestras sociedades parece ser la de diluir la dicotomía, impedir su planteamiento, evacuar del ser humano la aspiración a la complejidad intelectual que puede llevarle a preguntarse tales cosas. Así se ve en la industria cultural, pero también en el vaciado educativo y en la difusión del pánico moral y pandémico.

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Las últimas decisiones políticas absolutamente anticientíficas y sin cargo al presupuesto —como la de ponerse la mascarilla en exteriores, en lugar del refuerzo de la atención primaria o la elaboración de una Ley de pandemias—, evidencian la más absoluta nada que nos desgobierna, que no solo trabaja en contra de la evidencia, sino a favor de la estupidez y el consentimiento desinformado.

Estas medidas son un test de stress para nuestra capacidad de rebelión que el Gobierno ha pasado con nota. Alguien debería, de nuevo, recordar que Hannah Arendt ya nos advirtió sobre ello: el totalitarismo no busca la dominación despótica sobre los seres humanos, sino volverlos superfluos y así manejables y aun autosatisfechos con sus cadenas.

Que el Gobierno ni siquiera sea consciente de este carácter totalitario —no atribuyamos a la maldad o al afán de dominio lo que no quizá no sea otra cosa que pura estupidez— no es más que otra vuelta de tuerca sobre las opulentas sociedades de la ignorancia.

Pero hay gente que no se soporta a sí misma en esta inanidad. Esa es también una fuente de desencanto y padecimiento. La diferencia con lo que propone Camus es que la decisión de abandonarse definitivamente a la nada ni es del todo consciente ni acaba de ser nuestra.

Pero sin ponernos tan metafísicos, cabe plantear que quizá la tragedia de Forqué haya sido simplemente fruto de un desequilibrio biopsíquico, un accidente natural más común de lo que parece, y que cada vez recibe menos atención de la que merece. No sería digno ni justo especular entonces con los motivos de quien se ha llevado el secreto de su padecimiento consigo.

Simplemente, descanse en paz.

Escribe Ángel Vallejo 

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