Editorial junio 2022

  30 Junio 2022

Claves de nuestro tiempo

junio-lightyear-0Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; así lo expresaba Jorge Manrique en uno de los más reconocibles versos de las Coplas a la muerte de su padre, en afortunada metáfora sobre el discurrir de la existencia y sus muy variados caudales, tanto vitales como económicos.

También sucede hoy día, lo que no es de extrañar si entendemos que le es propio a los clásicos el hablarnos bajo la especie de la eternidad: todo retoma su cauce, por azaroso que sea el decurso, y del mismo modo todo desemboca en la muerte, la gran igualadora.

Así, parece que la efusión de organizaciones políticas que venían a darle la puntilla al bipartidismo no era más que un meandro histórico que, como sucede muchas veces con el accidente geográfico, acabó por romperse y reafirmar el curso lineal de la demoscopia.

En Andalucía, Unidas Podemos se ha transformado en brazo muerto y se ha desecado Ciudadanos, mientras que el avance de VOX ha dado síntomas de estiaje, si no de agotamiento.

Lo verdaderamente noticiable en esta revolución sureña es que una mayoría electoral ha sido trocada en otra, y que el imperio bermejo ha decaído para dar paso al azul sin que por ello parezca que, sociológicamente, los andaluces hayan cambiado demasiado de un lustro a esta parte.

Clave de bobería

Aunque cabe la posibilidad de que otra riada se lleve por delante el Pacte del Botànic, caso distinto es el de la dimisión de Mónica Oltra, vicepresidenta del Consell, que se ha visto arrastrada por el ímpetu de un torrente desbocado. Es bien sabido que las lluvias torrenciales suelen venir acompañadas de aluvión, una vorágine de suciedad y fuerzas caóticas que todo lo inundan y de las que es difícil que algo salga impoluto.

La viscosidad de los lodos y ramajes que enturbian las, por otra parte, rotundas acusaciones, hacen difícil pronunciarse sobre un asunto tan pestilente sin mancharse también. La prudencia aconseja que esperemos al dictamen de la justicia, sin que por ello dejemos de constatar lo enfangado de un proceso en el que incluso la ultraderecha —en forma de acusatoria defensa— quiere pescar a río revuelto. 

Lo único claro, ética de la responsabilidad aparte, es que a Oltra le ha perdido su falta de sentido estético: las celebraciones histriónicas no son plato de buen gusto en tiempos de tribulación, y el jefe del Consell se lo ha hecho saber por vía diplomática, no sin antes evidenciarlo poco sutilmente en la esfera pública.

No está mal, por otro lado, que los responsables políticos empiecen a hacer notar que los aspavientos deben ser más propios de los programas del corazón o la telerrealidad impostada que del ágora política, y que deberían dedicarse a gestionar con discreción y pulcritud burocráticas todo lo que no sea asunto de vida o muerte. 

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Clave de bóveda

Y hablando de programas televisivos, debemos recordar que ha muerto José Luis Balbín, que durante tanto tiempo fue un referente cultural en las noches de los viernes. Su programa La clave, en al menos dos etapas bien diferenciadas, mostró bajo el formato del cinefórum, cómo se podía hacer televisión de altura en torno a la actualidad y la cinematografía. Invitados de la más diversa adscripción ideológica debatían en él sin interrumpirse o insultarse. La discusión era fructífera y parecía que mirar la televisión durante cuatro horas no era una pérdida de tiempo, sino un enriquecimiento personal para un país hambriento de pluralidad informativa.

Hoy que los tiempos se vuelven aciagos y que una nueva guerra fría se cierne sobre nosotros, con el miedo de ver desplomarse el cielo nuclear sobre nuestras cabezas, yo recuerdo como entre destellos —fruto de mi insultante juventud de entonces— aquella sesión en que Balbín programó Teléfono rojo ¿Volamos hacia Moscú?, y junto con sus invitados se tomó muy en serio la amenaza atómica gracias a una película satírica.

Balbín ya no está, pero aquel lejano temor resurge ahora, igual que los casi apagados ecos del OTAN no, bases fuera.

La organización —militar, por supuesto—, ha resurgido de sus frías cenizas tras la irrupción del oso ruso en Ucrania. Madrid ha acogido el cónclave y apenas dos mil personas han salido a manifestarse en contra de sus designios geopolíticos. España se ha vuelto «realista» —entendido el epíteto como oposición a utopista, desde un punto de vista del ejercicio político— y parece haber entendido que no ser atlantista supone arriesgarse a que las nuevas autocracias puedan ir avanzando manu militari por una Europa adormecida.

Por seguir con la metáfora fluvial, Putin se atrevió a cruzar el Rubicón y eso puso en alerta a esta nueva República, tan necesitada de épica y argamasa narrativa.

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Uno no sabe si arribarán los idus de marzo, pero no debería olvidar que tras la caída del dictador romano surgió el Imperio. Tampoco que un planteamiento militar no puede acabar con las migraciones humanas, cada vez más numerosas y apremiantes, como hemos visto en el último y dramático asalto de la valla en Melilla que gran parte de nuestro Gobierno se ha apresurado a ignorar, no se sabe bien por qué oscuros motivos.

Si vis pacem, para bellum, de acuerdo con Vegecio, pero también debemos considerar que la miseria y el hambre mueven más montañas y vadean más ríos que la fe o el miedo a la muerte.

Un mundo menos violento precisa como condición necesaria del fomento de la dignidad vital y la suficiencia alimentaria, y ahí occidente debería empezar a recorrer un camino que China y Rusia han emprendido hace tiempo en África, invirtiendo, aunque sea en la búsqueda de su propio interés, en ese granero humano que fue nuestra cuna y del que hay que evitar que se convierta en una tumba.

Ríos humanos

Las manifestaciones son también una vía de reivindicación de derechos. El día 20 se celebró en Valencia la manifestación del Orgullo Gay. En Madrid esta se ha convertido en una fecha señalada en el calendario como fiesta de guardar, y parece que el 1 será el gran día en que se celebre por todo lo alto.

Viene esto al caso por una cuestión puramente cinematográfica: al parecer anda el río de los ofendiditos revuelto porque en una película infantil, como Lightyear, aparece un beso lésbico.

Vista la escena, creo que calificar de lésbico un beso más familiar que erótico, entre eso sí, una pareja homosexual, es algo exagerado. No obstante, puedo entender que algunos se ofendan, sin compartir la raíz de muchas de esas ofensas.

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Según parece a algunos les parece indigno que dos mujeres se besen cariñosa, que no eróticamente, delante de un niño que parece ser su hijo. Así pues, por la misma regla de tres un padre tampoco podría besar a su esposa de esa manera delante de sus vástagos. El hecho de que yo comprenda esta ofensa es porque entiendo que hay gente estúpida, por un lado, y que hay gente que en realidad disfraza su homófobo sentimiento de rechazo de falsa protección a la infancia, por el otro.

A otros les ofende que Disney haga profesión de fe inclusiva en sus películas, adscribiéndose al evangelio woke que últimamente florece como cardo borriquero en gran parte de la cinematografía occidental.

Pero de nuevo aquí hay que señalar que Disney es coherente con su tradición: es totalmente mainstream en sus manifestaciones políticas e ideológicas, y lo mismo le da ser patriarcal y moderadamente racista a mediados del siglo XX como «despierta» en el primer cuarto del XXI.

Yo entiendo el cabreo de algunos porque la cosa ya empacha y empalaga —algo también típico de Disney— y a veces la reivindicación está introducida con calzador, pero debo reconocer que la marca del ratón ha sido más valiente que de costumbre: no piensa retirar ese beso entre una pareja del mismo sexo de la pantalla, como sí ha hecho en otras ocasiones con otras películas.

Como ya sucediera con Onward, el personaje implicado es parte indisoluble de la trama, y si a China o a los países árabes les molesta, basta con que no exhiban el filme. En el hecho de que Disney renuncie a hacer caja por una cuestión de principios no veo más que motivos para el aplauso.

Con respecto a la inclusión de personajes gays en otros filmes, la extrema vigilancia de estos ofendiditos profesionales hace que resulte en extremo difícil conseguirlo de un modo natural sin caer en alardes de superioridad moral o pinkwashing. Pero la aparición de este tipo de personajes en la cinematografía debería ser cada vez más común y menos forzada, del mismo modo que lo sea su aceptación en el mundo real, del cual el cine es muchas veces reflejo.

Me parece que, méritos cinematográficos escasos aparte, la constatación de que Dumbledore sea homosexual en la última entrega de la saga de Animales fantásticos es una buena forma de hacerlo: natural, justificada y nada llamativa; bien integrada en la trama y mencionada como de pasada. No pretende justificar la altura moral del mago, porque su amado/enemigo también goza de la misma condición y es un ser abyecto, lo cual viene a decir que las preferencias sexuales no tienen nada que ver con la bondad o maldad de los personajes.

Tiempo habrá para que la gente comprenda esto y los guionistas asuman que lo moral no está en la condición del personaje, sino en la mirada del espectador, y que no siempre tienen por qué esforzarse en educarla ni reprobarla por medios burdos o artificiosos.

Basta con que nos cuenten buenas historias para bien navegar por nuestro periplo fluvial; si de un modo u otro esto nos hace mejores personas, bienvenido sea.

Escribe Ángel Vallejo

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