Editorial septiembre 2021

  01 Octubre 2021

Bajo el volcán

sept-dune-«El desierto crece», decía Nietzsche con su reconocida maestría para los aforismos, «¡Ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!».

Hemos visto de nuevo crecer el desierto en pantalla. El estreno de Dune, de Denis Villeneuve, que tantas expectativas había despertado, no acaba de entusiasmar, pero tampoco decepciona. Sin duda sus imágenes atesoran una gran belleza y un oscuro misterio. Sus colosales edificaciones brutalistas, sus ecos orientales, el minimalismo tenebrista de los palacios y la sordidez espiritual de los malvados... todo ello constituye una experiencia que nos devuelve el amor por el cine en pantalla grande.

Es pronto para saber si Villeneuve ha estado a la altura de la obra magna de Herbert, habiendo conocido solo el primer episodio de su space opera —que se quiere a la vez égloga y epopeya, aunque avanza morosamente sin grandes destellos de genio—, pero lo cierto es que cuando uno sale del cine ansía retornar a los espacios abiertos de Arrakis.  

Pero Nietzsche hablaba siempre con muchos sentidos. El crecimiento del desierto interior ha sido generalmente interpretado como el advenimiento del nihilismo en el ánimo humano, y a poco que uno sea caritativo con las profecías del filósofo de Rocken, aceptará que no iba desencaminado con respecto a la efusión de lo banal y del vacío espiritual de las sociedades de masas. También se interpreta que hablaba del crecimiento de lo salvaje, y las dos guerras mundiales vinieron a darle la razón. Pero muchos piensan que Nietzsche estaba mirando a más largo plazo: el dominio de la nada habría de producirse en sociedades sin dioses, desprovistas de todo centro de gravedad, al cabo de las generaciones y no con la inmediatez de las décadas.

Si eso es así, quizá seamos nosotros los que atisbemos ese insoportable vacío, y no sus contemporáneos. La abyección absoluta de las guerras mundiales fue solo un aviso de cuán bajo podíamos caer. La idea de que el mal fuera banal solo mostraba, como él mismo dijo, que los criminales rara vez estaban a la altura de sus crímenes.

El desierto crece también como naturaleza desatada, y como aviso de que el anonadamiento es también el preludio del renacimiento. La erupción de La Palma, cuya lengua de fuego arrasa todo a su paso, es el precio que debemos pagar para milenios de tierra fértil.

El ser humano, real y metafóricamente, siempre ha vivido Bajo el volcán, al filo del riesgo. Pero el desastre de las islas afortunadas —uno no sabe hoy cómo valorar este epíteto, si positiva o negativamente— nos recuerda más al Volcano, de Mick Jackson, o al Dante’s Peak, de Roger Donaldson, que a la obra señera de Malcolm Lowry, llevada al cine por John Huston e interpretada por Albert Finney y Jacqueline Bisset. Todas, excepto la adaptación del divino irlandés, son películas mediocres. Pero como para cerrar el círculo, cabría señalar que la misma Bisset interpretó una película catastrófica junto a Paul Newman, también con el trasfondo de una erupción volcánica: El día del fin del mundo, de James Goldstone... una especie de remedo del Tiburón, de Spielberg, pero en secano.

Al parecer, todo lo que los volcanes tocan queda cinematográficamente hecho cenizas.

sep-volcan

Algo así deben estar pensando en el Reino Unido con respecto al Brexit, cuyas imágenes de gasolineras atestadas y con brotes violentos recuerdan a la serie francesa El colapso, que tuvo éxito hace unos meses en Filmin. Bien es cierto que no todo el caos puede atribuirse a la descabellada salida del Reino Unido de la Unión Europea, pero sí que las vías de solución no pueden emprenderse gracias a ella: la falta de mano de obra foránea imposibilita llevar el combustible de un sitio a otro, y esto es también un aviso para navegantes: el populismo nacionalista e identitario con tintes xenófobos aboca al colapso; la solución a la falta de empleo o al repunte de la violencia no pasa por echar a los extranjeros e impedir su entrada. Habrá que mirar en otro lado para buscar chivos expiatorios que probablemente también sean falsos.

No son solo los británicos los que tienen problemas de suministro energético. Aquí en España y en otros países de Europa, cuya dependencia del gas ruso o argelino es notoria, el precio de la electricidad se dispara. La falta de compromiso con energías de cero emisiones no solo trae la consecuencia de una dependencia energética que nos aboca de nuevo al colapso, sino también el aumento de CO2 en la atmósfera.

La inanidad de nuestros políticos, la obsolescencia de nuestro mix energético —producida por aquella— y la codicia de los distribuidores, que regulan el flujo de los pantanos para especular con los precios, nos han traído hasta aquí. Se mire como se mire, esto favorecerá que el desierto siga creciendo.

¿Hemos dicho que Nietzsche hablaba también de desierto espiritual? Sí, pero no parece que lo hayamos concretado.

Hace unos años, el que suscribe se hizo eco de una película estrenada online, financiada por crowdfunding, que hablaba de educación. Se trataba del publirreportaje La educación prohibida, y era un cúmulo malintencionado de falacias que pretendían destruir la educación pública, acusándola de carcelaria y decimonónica.

Hoy día, casi todos los vaticinios de aquella crítica se están cumpliendo —con lo que yo mismo no dejo de colocarme sagazmente a la sombra del autor de Así habló Zaratustra—, y el Gobierno de España contribuye con sus leyes educativas a tal despropósito, haciendo suyos los pseudoargumentos de aquel publirreportaje.

La consecuencia no será solo la migración de alumnado de la pública a la privada, huyendo del creciente desierto de lo público, sino el aumento de las desigualdades y la fuga de cerebros, lo que de nuevo nos conducirá hacia el colapso como sociedad más pronto que tarde. 

sep-la-educacion-prohibida

Seguro que Antonio Gasset guardaría un dardo envenenado para calificar tal situación, pero el ya jubilado presentador de Días de cine nos acaba de dejar recientemente.

Para muchos, Gasset era el gran agitador de la cinefilia televisiva. Los que nos enganchamos a esto de la sala oscura en el cineclub de Cheste, calmábamos la adicción el fin de semana acudiendo a los programas dobles de las salas de barrio, o en su defecto, con este programa de los domingos por la tarde que desmenuzaba la actualidad cinematográfica. Allí conocimos al locuaz Daniel Monzón, que junto a José Luis Guarner, nos regalaba unas críticas dignas de figurar en los anales de la RAE.

Pero, sobre todo, nos sorprendimos con el más irreverente de los presentadores, que conducía el programa con una carga de socarronería digna del mismísimo Quevedo. Gasset estaría frente al espacio durante trece años, y se hizo famoso por unas vitriólicas entradillas que aún hoy día son carne de meme.  

Lo único que cabe decir en su memoria es que, al menos, ha dejado de padecer el mal cine que, según él, abundaba en nuestro tiempo.  

No le faltaba razón. El desierto crece y los oasis —aunque aún existan— escasean. Si acaso, debiéramos encontrar la especia si todavía queremos salvarnos: esa sustancia que enriquece la imaginación y alarga la vida, además de permitirnos atisbar los futuros posibles.

Eso es lo contrario de cobijar desiertos. Se trata de cultivar la inteligencia y despreciar lo banal o estúpido ¿Acaso debemos descender al abismo una vez más para constatar que no hay otra salida?  

Escribe Ángel Vallejo

Más información:
https://www.encadenados.org/rdc/sin-perdon/2968-la-educacion-prohibida-1 

sep-antonio-gasset


Más artículos...