Editorial febrero 2008

  18 Febrero 2008

Pajaritos y pajarracos
Escribe Adolfo Bellido López

1.- Los Goya

jaime_rosales-1.jpgEl más sensato y lo más sensato de los Goya 2008, pese a quien pese, fue Jaime Rosales y las palabras que pronunció. Los académicos premiaron este año, con total justicia, la mejor película realizada en España. Y Jaime, al recoger el premio, dijo las palabras que debía decir. Sonó a gloria aquello de la unión de los padres con los hijos y de su asistencia conjunta al cine para ver películas importantes, como –así lo dijo– Ladrón de bicicletas.

Que Rosales era una de las mayores esperanzas del cine español había quedado explicitado con la más que interesante Las horas del día, su primer largometraje. La soledad, el segundo que realiza, ratifica aquel juicio. Alguien muy cercano a mí me decía al ver la película, que le parecía un filme tan real como la vida misma. Y lo es, además de ser un filme innovador en forma y modos.

Rosales, en sus palabras goyescas, no olvidó a la Escuela de Cataluña de la que se considera parte. Una escuela sucesora de aquella otra de la década de los años sesenta del siglo pasado, que nació apegada a la cultura catalana de aquellos años. Su centro era la ciudad condal. Una Escuela de cine unida a la cultura que entonces se producía en Cataluña y de la que formaban parte, entre otros, Marsé, Serrat, Boadella...

Hoy el puente tendido, no a Varsovia y sí a la cultura catalana de ahora mismo, toma forma en la personalidad de Pere Portabella, uno de los abanderados más rompedores de la Escuela de Barcelona y que aún sigue en activo. Su obra abarca desde No contéis con los dedos (1967) hasta El silencio según Bach (2007).

La Escuela de Barcelona, o de Cataluña, o como prefiera llamarse, perdió no hace mucho a uno de sus máximos representantes, Joaquín Jordá, pero sigue viva, aglutinando a realizadores de distintas generaciones, como lo demuestra la unión de personalidades tan diversas como, además del ya citado Portabella (nacido en 1929): José Luis Guerín (nacido en 1960), Marc Recha (nacido en 1970), Jaime Rosales (nacido en 1970), Isaki Lacuesta (nacido en 1975)... Ellos realizan un cine distinto. Sus películas están filmadas teniendo en cuenta a los espectadores como personas adultas y cultas. Una manera, sus obras, de mirar al mundo con ojos distintos. Un  cine, el suyo, distinto y distante de ese otro inútil, borreguil y adormecedor que nos persigue.

2.- Los otros

juno-1.jpgParte del cine actual parece asentarse en la “atemporalidad” como medio para narrar unas historias que quieren parecer del hoy, pero que transcurren vaya usted a saber en qué tiempo y lugar. Se trata de películas que, en su forma de contar, nos conducen a un cine cuyos planteamientos genéricos, parecen aposentarse en los terrenos de la ciencia-ficción.

Son filmes realizados aquí o allá, donde lo que narran, así como sus implicaciones e intentos de documentalizar historias, personajes y situaciones, se adecuan a un hoy fantasmal e irreconocible. En algunos casos, sus intentos testimoniales acaban por morir devorados por sí mismos. En otros casos, el éxito se consigue por la (bastante discutible) historia narrada, su hábil desarrollo o por una aparente ruptura con el conformismo. Pero, en realidad, la “crítica” que parece destilar el filme, es sólo aparente y detrás de sus sanas (o malignas) intenciones no hay más que una vuelta al mayor de los conformismos. Y eso, cuando la película no nos retrotrae a actitudes retrógradas, paternalistas y hasta, en cierta manera, reaccionarias.

No hace mucho, por lo que se refiere al cine americano, “resistimos” el triunfo de un filme tan endeble y menor como Pequeña Miss Sunshine. Este año el relevo lo toma Juno, un título que parece (y no sólo por la “joven” madre) emparentarse con las comedias (así, al menos, las consideran algunos) de Judd Apatow, bien en su labor como productiva o directiva, o con los filmes de los hermanos Farrelly.

Juno es, como Pequeña Miss Sunshine, la tapada de los Oscar, el pequeño filme que parece toser a los grandes. Están ambas en su derecho de existir, pero lo que se debe objetar es su pertenencia a un cine falsamente “independiente”. Salidos, rebotados o catapultados por el festival de Sundance, nos llevan a pensar que este cine indie poco o nada tiene que ver con el movimiento que en su día propició obras tan coherentes como las realizadas por John Cassavetes en sus comienzos.

Juno nada tiene que ver con la realidad que proclamaba Sombras (1959). El aparente progresismo (?) del filme de Jason Reitman se reduce a nada, tanto por la forma de presentar (en un hábil guión) las reacciones de algunos personajes ante el embarazo de la “niña” protagonista (ejemplo: el padre, militar para más señas y la madrastra de la protagonista), como por las situaciones nada objetivas que se “viven” (la clínica antiabortista y sus habitantes) o el discurso virado hacia un trasnochado paternalismo.

Para remate, todo el desarrollo del filme parece incluirse, como decía más arriba, en el género de la ciencia-ficción. ¿Cómo es posible hablar en el hoy de cierta juventud y no aparecer ni un solo teléfono móvil a lo largo de todo el filme? No sólo eso, indicar también que en ninguna casa de las que aparecen en Juno existe un televisor. ¿De qué país y de qué año se nos está hablando? Un error en el que también cae ese documento, que no se sabe tan siquiera si desde su “trufado” testimonio quiere vendernos una comedia, titulado Déjate caer. Otro desafortunado título sobre cierta juventud, pero éste hecho en España.

Al menos Juno tendrá éxito, cosa que Déjate caer no lo conseguirá, aunque hayan ayudado a la producción no sé cuántos medios. Lastima de películas testimoniales. Mucho más que cualquiera de ellas son coherentes títulos que desde la metáfora explícita o implícita  nos hablan desde el hoy sobre el mundo que hemos heredado o en el que vivimos. Es el caso de, por ejemplo, No es país para viejos y En el valle de Elah.

3.- El cine político

4meses3semanas2dias.jpg4 meses, 3 semanas, 2 días es uno de los más impresionantes filmes que se han estrenado últimamente. Ejemplo de buen hacer, de saber lo que se quiere decir y cómo decirlo. Su director, Christian Mungiu, rumano, tiene cuarenta años y ha realizado dos largometrajes. También, junto a tres cortometrajes, ha participado en un filme colectivo.

¿Qué tiene de especial este filme para que pueda codearse en calidad con otros que en este momento se encuentran en los cines de estreno (La escafandra y la mariposa, No es un país para viejos, Pozos de ambición, Asuntos privados en lugares públicos, El diabólico barbero de la calle Fleet...)? Entre otras cosas, un lenguaje innovador, aunque en apariencia parezca sumir o asumir los modelos establecidos por los jóvenes cines de la década de los años sesenta del siglo pasado (y que no está tampoco muy lejos de la aplicada propuesta del último filme de Jaime Rosales). Por otro lado, su valor vendría dado por cómo utiliza un señuelo para realizar una película política sin grandilocuencia ni tonos panfletarios. Pienso, dentro de este tipo de cine, en Costa Gavras y compruebo cómo se pueden plantear filmes políticos de formas muy diferentes.

Mungiu nos habla de un aborto, pero utiliza esa historia para hablarnos del miedo que supone vivir en una dictadura. Filme sin música (¿la hay en un estado de terror?), que lleva al espectador a sentirse encogido ante la exposición de la angustia y el salvajismo que acorrala a unos seres aplastados por el terror.

La película duele a todo el mundo, pero mucho más nos llega a aquéllos que vivimos una dictadura que duró casi cuarenta años y desde la que se nos lanzaron vergonzantes proclamas exaltando no se qué “25 años de paz”. Igual que sufren las dos protagonistas de este tan doloroso como hermoso filme, muchos jóvenes de la España de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado vivíamos asustados, tratando de sobrevivir en la oscuridad de un régimen que nos negaba la libertad y el acceso a la cultura (que casi es lo mismo).

Entre los grandes hallazgos de la película rumana hay uno que me lleva a recordar una secuencia de un notable filme español. Me refiero a Los paraísos perdidos de Basilio Martín Patino. Ahí, un matrimonio sentado en la mesa de un restaurante se dice un adiós para siempre más con gestos que con palabras. Mientras, en un salón contiguo se celebra un banquete de bodas. Se contrapone la alegría con la pena. Aquí, en la película rumana, en su logrado cierre, dos chicas temerosas, apaleadas por el momento que les toca vivir, se encuentran sentadas en la mesa de la cafetería de un hotel, al mismo tiempo que en los salones contiguos se escucha la alegría de los participantes en una boda. Gran película la de Mungiu, necesaria como recuerdo y como testimonio de una memoria que a veces tratamos de olvidar.

4.- La política y el cine

alberto_san_juan.jpgTermino como comencé: volviendo a la ceremonia de concesión de los Goya 2008. El premio para el mejor actor fue para Alberto San Juan por Bajo las estrellas. Lo suyo, algo habitual tanto en él como en los excelentes componentes de la compañía Animalario, es no callarse ante nada, decir siempre lo que piensa. Lo hizo ahora como lo hizo hace unos años cuando se le encargó la preparación de la Gala de los Goya. El grito dominante entonces fue el “No a la guerra”. No a aquella barbaridad que se iba a cometer en Irak a mayor gloria (y caída) del presidente Bush y de cuya tropelía dio fe aquel presidente de Gobierno que teníamos entonces y de cuyo nombre, una gran mayoría, preferimos no acordarnos.

Por aquel “NO”, y por los ataques que se realizaron en el acto a la Ministra de Cultura (lo que ha hecho que la Presidenta de la Comunidad de Madrid huya año tras año de dicha ceremonia), varias personas arremetieron contra “los cómicos”. Como si los artistas no pudieran hablar. Como si no fueran personas como cualquiera de nosotros. Claro, amordazar a quien no piensa como uno es una práctica propia de los antidemocráticos de siempre. De los que creen que sólo valen sus palabras al proclamar que lo que dicen “va a misa”.

Alberto San Juan (El Gran Wyoming, en su programa El intermedio de La Sexta, decía con sorna días después, que a Alberto le iban a quitar el San de su apellido) tampoco calló este año. ¿Pueden reprochársele sus palabras a favor de “la disolución de esa cosa llamada la Conferencia Episcopal”? Tuvieron su “aquel”, su morbo. Se podrá pensar si eran o no apropiadas para el momento, pero de ahí a crucificar al actor...

Opino que estaba en su derecho de hablar en contra de quienes con anterioridad habían hablado de forma más bien incorrecta. El comunicado de la Conferencia Episcopal, y sus reacciones en curiosas movilizaciones contra el Gobierno de la Nación, tampoco habían sido muy apropiadas. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Habían dicho, entre otras “perlas” que la ser un estado laico supone la disolución de la democracia. Algo insostenible, no sólo en cuanto se haga referencia a la militancia en una determinada iglesia, sino por lo que en sí mismo conlleva. Hace poco murió un buen director de cine polaco, Kawalerowicz. En el año 1966 realizó Faraón, una gran película histórica en la que se habla de la forma en que la religión (en ese caso la egipcia) utilizaba al pueblo. Muy didáctica para rebatir aquellas palabras. ¿La Iglesia democrática? Muchos de sus miembros lo son y lo fueron, pero otros muchos callaron en el pasado frente al dolor, el terror y la injusticia, o se han vendido con demasiada frecuencia al poder o a aquéllos que creen llegarían a ostentarlo. 

zapatero_rajoy-1.jpgLos artistas (como Alberto San Juan) son personas que viven en el mundo, que trabajan más de lo que algunos (es decir los que no han dado golpe en su vida) creen: un rodaje de una película puede comenzar, por ejemplo, diariamente a las seis de la mañana y ser las ocho o nueve de la noche cuando se termina “de recoger”. Y con el nuevo día vuelta a empezar. Ellos, como cualquier ciudadano, tiene derecho a decir lo que piensan en el lugar donde se encuentran. Ha costado mucha sangre, sudor y lágrimas conseguirlo: el camino ha sido largo hasta poder respirar en un país libre. Por eso, todos tenemos el derecho a opinar: los artistas y los que no lo son, los que hacemos crítica de cine, los que ejercen cualquier oficio o, simplemente, aquellos que se sientan en un banco para ver pasar el mundo.

Nadie puede asegurar que de su boca emane la verdad suprema. Cada uno tiene su verdad y su voz, como en aquel momento la tenía San Juan. Máxime cuando quería contrarrestar otras voces en un momento como el que actualmente vive el país, pendiente de unas elecciones. Es preferible hablar que callar, expresar que silenciar, dialogar que batallar, votar que negarse a hacerlo, creyendo que tanto da que salga blanco o negro, derechas o menos derechas (sí, porque eso de las izquierdas es una quimera)...

Ahora, desde hace unos años aunque no tantos como quisiéramos, tenemos la posibilidad de escoger entre lo malo y lo menos malo, entre los que nos insultan o los que nos respetan, entre los que nos consideran tontos y los que piensan que somos personas, entre la cultura o la incultura. Personalmente, tengo claro que hay que votar y a quién hay que hacerlo. Para mí, no es lo mismo dar el voto a un candidato presidencial que se interesa por la cultura, que ve cine, oye música, lee libros (y no sólo informes), opina que todos los seres humanos somos iguales, que a otro candidato que asegura que sólo ve partidos de fútbol o de tenis, que asiste a “conciertos fantasmas” porque nunca se celebraron, que habla de “currantes” pensado sólo en términos “bolsatines” o que piensa que hay seres de primera o de tercera.

alberto_san_juan2.jpgNo es lo mismo el rencor que la confrontación. Como ciudadano me veo en la necesidad de escoger. Aquí porque estoy aquí, en Estados Unidos si viviera allí.  No es lo mismo, tampoco, que gane allí Oblama o Hillary (tampoco lo es que gane uno u otro) a McCain, aunque este candidato republicano no sea ni mucho menos igual al innombrable Bush. Allí nadie criticará el hecho de que los artistas den su voto a un determinado candidato. En la Constitución –la de ellos o la nuestra– no existen ciudadanos de tercera. 

Como español libre, votaré aquí en mi país el día de las elecciones y lo haré desde mi conciencia, sin que nadie decida por mí, independientemente de que mi voto vaya a la persona ganadora. Salga o no quien haya votado, mi voto habrá servido al menos para que cumpla mi deber de ciudadano, en el deseo de seguir siendo una persona libre en un país en el que todos los que en él habitamos podamos seguir viviendo en concordia.