Editorial septiembre 2008

  27 Septiembre 2008

¿Qué será, será...?
Escribe Adolfo Bellido López

1-american_beauty.jpgEs maravilloso el cine que llega semanalmente a los cines... al menos si hacemos caso a ciertos críticos o escritores de cine, o de lo que sea. Película nueva que ven (y les gusta) la califican de obra maestra. Como si se necesitase echar mano de una obra inmortal cada día.

La realidad, tristemente, no es esa. Ni hay tal cantidad de filmes que se pueden calificar como maestros, ni es el momento ideal (el de su estreno, el de su pase por un festival) para calificarlos como tal. El tiempo será quien asiente el juicio sobre el filme llevando a juzgarlo con tranquilidad, compararlo, analizarlo profundamente, dejando a un lado el impacto (positivo o negativo) de una primera visión.

1.- Ponga una obra maestra en su vida

Si no fuera así, no habría ocurrido que títulos elevados a los altares en su estreno sean ignorados, minimizados actualmente, o viceversa. Sólo el tiempo pondrá a cada obra en su verdadero lugar.

2-la_noche_del_cazador.jpgEn un lado de la balanza (las que han pasado de más al menos) podríamos citar títulos como La mujer de paja. Un hombre y una mujer, La vida es bella, American Beauty, Barrio, El sexto sentido (la de Shyamalan no la de Sobrevila)...

En el otro (de menos a más): Centauros del desierto, Con la muerte en los talones, El extraño viaje, El mundo sigue, El pisito, El sexto sentido (la de Sobrevila no la Shyamalan) y... hasta la mismísima Vértigo.

Si el estreno (o incluso su ocultamiento) hubiera determinado la negación de vivir más allá del tiempo de su realización, La noche del cazador habría sido para siempre ignorada. Recuerdo que aún al comienzo de los años sesenta algún crítico español, muy conocido, decía del maravilloso filme de Charles Laughton, que era el mejor ejemplo para demostrar que un gran actor nunca puede ser un buen realizador.

3-cautivos_del_mal.jpgPor supuesto todos podemos equivocarnos. Por eso, este oficio de escribir de y sobre cine debe tener un mucho de humildad. Parecida a la humildad que debe acompañar al hacer de los grandes directores. Esa que pregona uno de los personajes de ese crítico, demoledor y hermoso filme sobre el mundo del cine que es Cautivos del mal de Minnelli.

Nunca he entendido, ese ansia de algunos por descubrir constantemente obras maestras cada día (que luego sorprendentemente acaban minimizando). Esto siempre ha pasado, pero ahora abunda más que nunca.

Hoy resulta que hay geniales realizadores como Nolan, Gray, Paul Anderson, Shyamalan, Medem, Aranoa, Amenábar... y que películas como La mejor juventud, El incidente, Memento o Babel son el no más allá del cine.

4-hermanos_farrelly.jpgY no digamos del descubrimiento del reino: la brillantez y “genialidad” de los nuevos comediantes americanos donde los hermanos Farrelly han pasado de ser considerados insoportables a maestros de la comedia, junto a la (más que discutible) factoría Apattow o las últimas gracias de Ben Stiller (en cuanto actor y director). A su lado, para quienes tales cosas afirman, Blake Edwards o Richard Quine deben considerarse como muy mediocres realizadores.

Pienso que en vez de buscar las obras maestras de cada día, lo mejor sería encontrar, junto a buenas películas de reconocidos (o menos) grandes autores, títulos pequeñitos que pasan de puntillas, como si les diera miedo molestar, por los cines, cuando no  han sido condenados por los exhibidores o distribuidores al triste destino de la casi total ignorancia. Pequeñas películas que casi piden permiso para abrirse paso en los cines donde no habitan más que pocos días.

En los últimos tiempos tal ha sido el destino de obras (con encanto) tan apreciables como Red Road, La última nevada, Adiós, pequeña, adiós, The dead girl, Hace mucho que te quiero... Son pequeños soplos que te permiten seguir pensado en nuevos realizadores que tienen cosas que contar... Y eso es enormemente positivo.

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2.- El desprecio o las cartas envenenadas

Nunca he entendido eso del desprecio de unos críticos hacia otros. O el desinterés (cuando no rencor) de ciertos medios hacia el cine. Últimamente unos y otros parecen haberse aliado en causas comunes.

6-carlos_boyero.jpgNo hace mucho, en una revista digital un crítico de aquella casa clamaba contra otro de una revista en papel porque el primero decía sentirse herido por el escrito del segundo. Era una especie de carta de uno contra otro. O de explicación de posturas. Un caso realmente raro en cuanto el segundo no hacía ninguna alusión al primero, ni había dato, en su escrito, que pudiera hacer pensar que éste estaba atacando (y copiando al mismo tiempo: un hecho realmente sorprendente) al primero. Sobre todo un caso tan curioso como fuera de lugar.

Pero hay otro hecho que se ha producido estos días y que ha “conmocionado” al mundo de la crítica de cine. Se refiere a la polémica suscitada por ciertos escritos de Carlos Boyero.

Como se sabe, tal persona (crítico de cine para algunos, para otros un escritor con muchos recursos) es dada a la crítica fácil del insulto contra los que no piensan como él, En sus escritos defiende exclusivamente lo que le gusta, y que da por el hecho debe gustar a los demás. Si le gusta un filme es, claro, porque es bueno.

Tal escritor de crónicas fílmicas no tiene reparo alguno en dictar sus personales leyes de defensa y enemistad respecto a filmes, autores y personas. Sin tener en cuenta que, como todos, es capaz de equivocarse, incluso en algo tan simple como es en el conocimiento de una película que además se supone que debe haber visto.

Lo anterior se ha producido alguna vez en el foro que lleva a cabo con los internautas en el diario para el que ahora escribe (El país). Señalaré un dato muy concreto.

7-carlos_boyero.jpgEn el último foro que llevó a cabo antes del verano fue preguntado sobre el cine de Francis Ford Coppola y sobre alguno de los filmes que había dirigido. Uno de los títulos sobre el que fue preguntado fue Juventud sin juventud. Pues bien, Boyero afirmó que tal título no existía en la filmografía del realizador. Algo sorprendente en cuanto tal película (sin estrenar aún en España, aunque Coppola ya está dirigiendo de nuevo tras Youth without youth) se pasó por uno de los festivales a los que suele acudir.

Carlos Boyero escribía en El mundo pero no hace mucho fue captado (se supone que ante una tentadora propuesta económica) por El país como escritor estrella de cine. Lo cuál es mucho decir para un periódico que había contado durante muchos años (y hasta su fallecimiento) con Ángel Fernández Santos como crítico titular de la sección, y que ahora también alberga la pluma, aunque sea en una columna semanal, de Diego Galán.

No sé si a El país le interesa realmente enseñar a ver cine. Al menos esa parecía su idea con Fernández Santos y con alguno de los críticos que tiene en la actualidad, aunque en otros apartados, como el referente a las personas encargadas de hacer pequeñas reseñas sobre los filmes proyectados en televisión, no siempre ha acertado con los encargados de tal sección. Recuerdo, por ejemplo, en tal lugar, el ataque furibundo con el que el responsable de ese bloque despachó La carrera del siglo de Blake Edwards a la que consideraba estúpida, torpe y aburrida. Tampoco tienen desperdicio sus escritos sobre el pase de No hay salida de Roger Donaldson de la que se dijo (nada menos) que era un remake de La mujer del cuadro de Lang. Realmente el filme sí era una nueva versión, pero no de la película de Lang sino de un filme de John Farrow titulado El reloj asesino.

Pero dejemos a un lado el apartado de referencia a filmes proyectados en televisión y centrémonos en la labor de Boyero, que es quien actualmente cubre festivales y escribe (al menos hasta este verano) sobre lo que al parecer se considera el filme de la semana en referencia a los títulos estrenados (los viernes, como día de estreno, es cuando el periódico incluye las críticas de cine). El escribiente es fiel a su estilo. Un estilo provocador, chulesco y engreído. De eso, sin importar en qué género periodístico, hay muchos representantes en nuestro país: Carlos Pumares, José María García, Jiménez Losantos...

8-el_resplandor.jpgLas crónicas del último festival de Venecia redactadas por Boyero han sido las cornetas que han tocado a arrebato para que muchos profesionales (desde directores a críticos) se levantaran en pie de guerra contra Carlos Boyero.

Sin ton ni son, Boyero había escrito que le aburrían ciertos títulos proyectados, que algunos (considerados) maestros del cine era malos, y que (además) se había salido de la película de turno (ignorando quizás que por esa profesión –tan trabajosa y aburrida– cobra una suculenta cantidad). Nada nuevo, salvo que ahora además pedía a los distribuidores y exhibidores que tomaran nota de ciertos títulos para que no los comprasen o exhibiesen. Su actitud (en este caso sobre todo contra el director iraní Kiarostami) era la misma que hace años había tenido respecto a algún título de Kubrick (su crítica de El resplandor en la revista Casablanca hizo que algún redactor de esta publicación dejara de comprar dicha revista) o, por citar un claro ejemplo, ante el pase en un festival de la excelente El sol del membrillo, película a la que trató con increíble dureza.

Tales afirmaciones de Boyero llevaron a alguien a escribir una carta al director de El país contra tal actitud. El diario, al igual que el resto de las publicaciones, como suele hacer cuando llega una de estas cartas críticas y no le interesa que salgan a la luz, decidió no publicarla. Pero a esa carta sucedió otra a la que no tuvo más remedio que darse por enterado debido a quiénes la firmaban. Más de cien personas ligadas al cine, encabezadas por el crítico Miguel Marías y los directores Víctor Erice y José Luis Guerín. Entre otras cosas el escrito decía:

“Una vez más, EL PAÍS da cuenta del desarrollo de uno de los principales festivales cinematográficos desdeñando casi todo lo que en ellos se ofrece de innovador o arriesgado, y propagando la idea de que la mayor parte del llamado "cine de autor" que hoy se hace en el mundo carece de interés. En el caso de la reciente Mostra de Venecia, el cronista de turno, Carlos Boyero, imitándose a sí mismo -tratando de tarados, cursis, snobs, plastas y otras lindezas a cuantos cineastas y críticos puedan discrepar de sus opiniones-, además de reiterarnos día tras día su inmenso hastío, no ha tenido reparo alguno en pregonar su abandono de la proyección de la última película de Abbas Kiarostami. Una anécdota que pone en evidencia que su protagonista no sólo ha renunciado a la crítica, sino que ha faltado a su deber como informador, demostrando su falta de respeto hacia los lectores.

Pero hay más: ya puesto, el cronista advierte a los distribuidores españoles del mal que les acecha si se deciden a importar esta clase de películas, conminando a los exhibidores a no programarlas. Grave actitud, que se parece mucho a una censura previa, y que, de prosperar, privaría a los espectadores de ver y juzgar por sí mismos...(...)

En la difícil situación que en tantos aspectos atraviesa hoy el cine español -particularmente en el de la producción y difusión de las películas más interesantes que se vienen haciendo entre nosotros-, sería justo y necesario, para que sus lectores sepan a qué atenerse, conocer cuál es la verdadera actitud de EL PAÍS a este respecto. Aclarar si su postura coincide básicamente con la que se desprende de los textos de su cronista...”

La cosa no terminó ahí. Unos días después intervino en la polémica nada menos que un productor, distribuidor y exhibidor, Enrique González Macho, quien entre otras cosas, bajo el título “Libertad de crítica” dijo, también en el diario El país lo siguiente: 

“(...) discrepo profundamente sobre el contenido de dicha carta. (...). Quiero dejar claro, para evitar malas interpretaciones y susceptibilidades, que soy amigo de Carlos Boyero. Ser amigo de Carlos no es algo fácil. Carlos Boyero es una persona honesta consigo misma y eso le hace ser absolutamente sincero con los demás, por mucho que ello se traduzca a veces en situaciones dolorosas. (...) En contra de lo que sostienen los firmantes de la carta, Carlos ha defendido y apoyado como nadie en este país muchas de esas películas mal llamadas "pequeñas", "independientes", "experimentales", logrando con sus crónicas que vieran la luz de forma positiva, pero siempre porque le habían motivado para ello. Acusarle de dar consignas a los distribuidores y exhibidores es, aparte de malintencionado, una estupidez soberana.

Para terminar, esta carta me recuerda al boicot que algunas majors americanas hicieron al diario EL PAÍS hace varios años, retirándole la publicidad como presión hacia las críticas que de determinado cine americano hacía Ángel Fernández-Santos, desgraciadamente desaparecido y que fue, al igual que Carlos Boyero, crítico de verdad, de pura raza (...).

Por último, confesar que yo, que veo mucho cine, quizá demasiado, también me levanto de muchas proyecciones sin ver completas algunas películas, igual que no termino de leer algunos libros o de escuchar algunos discos. Eso no es desprecio hacia la obra ajena, sino un acto lícito de autodefensa. Ojalá que surjan en el futuro muchos Ángel Fernández-Santos y Carlos Boyero, aunque lo veo difícil.”


Enrique G. Macho sabrá por qué en la defensa de su amigo incluye también la del diario.

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¿Y el insigne crítico, que dice frente a todo eso? ¿Callará e ignorará a los pobres mortales que tienden la desdicha de no pensar como él? Investiguemos.

El jueves 18 de septiembre, Boyero tiene el correspondiente foro con los internautas. Y naturalmente entre las preguntas, una al menos hace referencia al tema. Se le pregunta sobre la citada carta, instante en el que el “crítico” saca su caja de truenos para proclamar su pensamiento sobre tan injustificado y maldiciente ataque. La respuesta no tiene desperdicio:

“Se refiere usted a la conjura de los necios? Le he dedicado escasos minutos a la famosa carta. Entre otras cosas porque la personalidad del 95% de los firmantes, según ellos pertenecientes al ámbito cinematográfico, me resulta absolutamente desconocida. Y los que me suenan sólo me inspiran esa sensación tan poco cristiana del desprecio. Durante toda mi vida profesional he tenido multitud de enemigos, pero al menos, sabía quiénes eran y a qué se dedicaban. Cuánto esfuerzo el de Víctor Erice, ese juglar de los membrillos, y de José Luis Guerín, uno que fotografía durante dos horas la ciudad de Estrasburgo y se empeña, inútilmente, en que eso es una película artística, para convocar a sus ortodoxos mariachis. Me siento como Gulliver en el país de los enanos”.

Una contestación que define claramente a quien la escribe. Pero en ella comete un pequeño desliz: ¿si tan poco le importa la carta por qué se ha leído (con lupa) la lista de todos los firmantes, a los que luego dice desconocer? Termina, tal suerte de improperios, autoproclamándose un gigante entre seres diminutos. O sea, la humildad personificada. Evidentemente no tiene abuelita.

Pero ahí no terminan sus ataques. Con motivo de la inauguración del festival de San Sebastián, escribe en El país. Y en la primera entrega de las dedicadas a dicho certamen podemos leer lo siguiente:

“Leo unas declaraciones de Mikel Olaciregui, director de este festival, asegurando algo tan obvio como que se pueden hacer festivales sin glamour (qué grima me da el uso abusivo de concepto tan etéreo), pero que es imposible hacerlo sin películas. No aclara si buenas o malas, pero está convencido de que en esta edición van a compaginar el cine de autor (si lo del dichoso glamour me parece cursi, lo de la autoría me provoca escalofríos, ya que ese confuso término sirve para que se apropien de él los creadores y los necios, los que tienen algo interesante que contar y los profesionales del vacío, los artistas y los impostores) con las películas destinadas al éxito comercial.

Qué manía les ha dado a los espíritus sensibles y a la policía de la cultura con que la autoría como mandan las ortodoxas reglas de los comisarios progresistas está ancestralmente enfrentada al algo tan mezquino e impuro como el éxito. He tenido que hacerme viejo para comprender que los directores que más amo eran unos fenicios preocupados por eso tan bastardo de que las despreciables masas fueran a ver sus banales y deshonestas películas. O sea, mercaderes cínicos como Hitchcock, Ford, Hawks, Wilder, Lubitsch, Chaplin y Keaton. No me los imagino mirándose angustiadamente en el espejito mágico y preguntándole con coquetería: ¿Existe alguien que sea más autor que yo? Ojalá que nos inunde la comercialidad, que el personal salga del cine con expresión colectiva de felicidad, con la vergonzante sensación de sentirse abducidos y en éxtasis. Y luego que se pregunten algo tan metafísico e inaplazable como si esas maravillosas sensaciones se las ha regalado un autor o un artesano, un artista o un mercenario (...).

Lo más curioso es que a partir de la segunda entrega el tono diario de su crónica sobre el certamen cambia radicalmente. Se serena, no aparecen ataques y es más comedido en lo que dice. Como si su firma no fuera su firma o se hubiera producido una extraña  transformación.

¿Acaso el periódico le ha llamado a “capítulo”? ¿Acaso ha recapacitado? Esperemos que sí sea. Que haya entendido que, como dice James Stewart en esa gran película (seguro que también él la “ama”) de Anthony Mann titulada Horizontes lejanos: “los hombres no son como las manzanas, pueden cambiar”. Se supone que para bien.  

La respuesta no tardó en llegar. Días después se presentaba en San Sebastián la última película de Jaime Rosales y, como era lógico, con Tiro en la cabeza volvió a armarla. En ese momento saltaron todas "sus" alarmas.

Carlos Boyero es un clásico... y no en el mejor sentido de la palabra .

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