Los nuevos cines

  11 Diciembre 2006

Escribe: Adolfo Bellido

El cine, en general, está nuevamente –aunque no lo parezca– en franco retroceso. Me refiero tanto al cine en cuanto se refiere a la calidad de las películas como a la desaparición de numerosas salas y, por tanto, a la disminución de asistencia. Naturalmente habrá que pensar que en todo esto tiene bastante importancia la apabullante presencia de los filmes, incluso antes de ser estrenados, en DVD. Entre el pirateo y la comercialización rápida de los estrenos, las salas de cine –el lugar donde debería preferirse la visión de las películas– están quedando reducidas a la mínima expresión. Una cosa es que aumente el número de salas, otra muy distinta es que la capacidad de las nuevas salas sea muy pequeña.

Para desgracia de los verdaderos aficionados al cine, las películas se están convirtiendo en un rápido producto de consumo donde, con la aparición de las nuevas salas, no se sabe si lo principal es el lugar de la representación o lo que se representa. Me explico, hoy el cine, acercándose y alejándose a la vez del concepto de barraca de feria, ha optado por refugiarse en los lugares que más parecen a tono con lo que se proyecta: los parques de ocio o las grandes superficies comerciales. El cine de Disney y cia. puso de moda toda una serie de productos que servían de prolongación a la película, al dinero que la productora iba acumulando a sus ganancias. No bastaba con el filme. A eso había que añadir los muñequitos, las figuras, las camisetas que servían para que la película siguiera produciendo ingresos. Fue el comienzo de todo un proceso que ha terminado por convertir al cine en una Disnelandia en pequeño, donde todo es posible. Y donde la visita al cine, con sus grandes bolsas de palomitas o las botellas de cocacola, forma parte del ritual del consumismo.

¿Dónde se sitúan y cómo son los cines en estos centros comerciales? Pues bien se trata de armazones de cemento o de lugares recónditos escondidos en un interminable cruce de escaleras y pasillos. Salas agrupadas junto a otras salas donde se da la misma película (si es muy atractiva comercialmente) junto a otras 12 o 15 diferentes pero que en realidad (argumentalmente o en estructura) son generalmente la misma película. Lugares donde, en verdad, no se siente el cine, sino el ajetreo de un comercio que conduce a riadas de personas a cualquiera de las salas de proyección (qué más da en muchos casos lo que proyecten). Sonidos a tope, butacas preparadas para recoger los vasos o los paquetes de palomitas, y de diseño apabullante para que uno pueda “expandirse”, y sentirse en la gloria, envuelto en peleas, explosiones, ruidos que no se sabe si pertenecen a la película que vemos, a la de la sala de al lado o proceden de fuera de las salas.

El cine ha dejado de ser la primitiva barraca de feria para convertirse en un comercio más de consumo inmediato, en una sucursal de cualquier establecimiento americano de comida rápida. Las películas que se ponen en un centro comercial también se ponen en otro y en otro más o menos cercano. Estarán en cártel durante poco tiempo. Inmediatamente pasarán a ofertarse en el primer vídeo oficial, aunque con anterioridad al estreno ya habrá tenido acceso a través de los vídeos piratas. Después aparecerán con el tiempo más y más vídeos con más y más extras. Las películas forman parte de todo un ritual impuesto por unos jóvenes (sobre todo) que siguen con su fiebre especial de sábado o miércoles o viernes noche. ¡Qué más da!

Es también el mundo de los papás con los hijos que acuden a comprar para toda la semana, o regalos especiales, a esos enormes centros donde se puede comprar casi todo. El cine se oferta y devora allí igual que cualquier producto. Cada semana se estrenan muchas películas, la mayoría sin importancia. Otras, normalmente las mejores, perdidas entre la oferta total, pasan desapercibidas. No se sabe muchas veces ni siquiera qué película se va a ver. Si será de luchas, dramas sin cuento, o de piratas del Caribe o de cualquier otro mar de acá o de otra galaxia. A un éxito sucede otro, y a éste otro más. Las películas parecen estar realizadas con un ordenador en el que se explicita la acción en todo momento, una acción que no difiere mucho de unos filmes a otros. Las decepciones se producen cuando se espera aventura donde hay introspección, donde hay seriedad y se espera diversión. Es curioso cómo algunas películas espectaculares, en cuanto a su estructura, han fracasado porque el espectador no está preparado para acceder con inteligencia a la lectura novedosa o inteligente que allí se propone. El público paga por lo que quiere ver sólo para eso o por eso.

Y el crítico muchas veces, incapaz de escribir y escribir, de decir lindezas o cosas diferentes, se dedica a salir del paso con la máxima diligencia posible empleando palabras huecas, repetitivas. La crítica, en ese sentido, no ayuda a descifrar un filme, se pone muchas veces en el mismo nivel devorador que el espectador. Y mueve ficha de acuerdo a la forma en que se pueden ver las cosas de la manera más fácil posible. Se trata simplemente de decir lo que se “ve” en las imágenes. Se las coge como las palomitas, las hamburguesas del McDonalds, o la Coca Cola. No hay reflexión frente a lo que se propone. Sirva de ejemplo el caso del último King Kong, fracaso de público y (en general) de crítica, empeñados en querer seguir la misma historia de ayer o de anteayer, sin darse cuenta que Jackson propone una lectura enormemente sugerente. No es que sea una maravilla pero tampoco es un filme vulgar.

El cine ha salido de la ciudad y se ha instalado en lugares en los que el consumismo sea grande. Lugares de expansión, divertimento y ventas en los que, a ser posible, pasar un día entero. Son los nuevos lugares de excursión, de picnic. Es el consumo por el consumo.

Con demasiada frecuencia van desapareciendo los pocos cines que quedan en el centro de la ciudad. En los barrios hace tiempo que ya han sido barridos. Vivimos en una sociedad capitalista y las películas, como un negocio más, han pactado con el resto del capital. Por eso los cines se arremolinan en las nuevas babeles de los negocios, junto a comercios y más comercios, junto a lugares de diversión. Casi son como parques temáticos donde se debe dejar no sólo el dinero de la entrada sino también la ganancia de toda una semana. Consumir por consumir. El dios del momento actual: el culto al ocio consumista y a los intereses de los grandes empresas comerciales. Las motos de muchos jóvenes y los coches familiares abarrotan los aparcamientos de estos lugares en las proximidades de las grandes fiestas o en los días festivos. El dominio del euro o del dólar, el cine como una prenda más que pagar y tirar. El negocio, incluso, de ciertas producciones avaladas, o relacionadas con otras obras literarias populares convirtiéndose los estrenos en espectáculos dignos de cualquier carnaval o fiesta de Halloween. Todo es posible en estos lugares, menos poder escuchar y ver decentemente un filme, casi siempre como buenamente se le ocurre al ordenador de turno y escuchado a decibelios de discoteca, sin tener en cuenta que cada título tiene unas determinadas condiciones (en luz y sonido) de proyección. Eso sin contar las veces en que no se utiliza el formato adecuado. Los filmes pequeñitos tienen cabida sólo en unas salas ridículas que más bien parecen garajes raquíticos.

Salas peladas, o idénticas, cine de barbarie para el barbarismo de hoy, devorador rápido de todo cuanto se pone a su alcance. El cine huyendo de las ciudades. Aquellos cines distintos que desde sus alturas o desde el suelo dibujaban los rasgos de los filmes proyectados, escaparates de gusto variado con sus carteles y adornos han dado paso a algo impersonal que tiene el regusto de lo prefabricado. Igual que el cine que en su mayor parte se proyecta. Tristes guetos donde se van a enterrar o a esconder los –esperemos que no sea así– últimos reductos de eso que llamamos cine y que ya ni siquiera sabemos lo que es. Porque ni siquiera muchas veces sabemos dónde vamos cuando entramos en alguna de esas frías e indecorosas salas impuestas por las nuevas modas del vender y el comprar.

¿Hacia dónde se encamina el cine? ¿Qué futuro le espera? Quizá hacia el sueño de George Lucas de proyectar desde un lugar vía satélite unas imágenes al mundo entero. El espectáculo mundial por excelencia. El cine, sin querer comprender que ello ya está inventado, se convertiría así en la retransmisión de un sobresaliente o excepcional acontecimiento mundial por televisión. Pero ni los medios, ni las formas serían ya los mismos. La aldea global se cerraría así con el propio espectáculo cinematográfico. Quizá no se llegue a eso, pero hay que considerar que el cine, sus formas y sus modos están cambiando, convirtiéndose en otras cosas.

¿Hasta dónde llegaremos? Uno seguirá añorando el cine de antes, las largas colas el día del estreno en una única (y gran) sala, la expectación, el nerviosismo por si se agotaban las entradas porque lo que realmente interesaba era ver exclusivamente ese título. Y no cualquier otro. El cine de las sabanas blancas, como decíamos entonces, el cine de nunca jamás.

Adolfo Bellido López, director de Encadenados