Editorial enero 2008

  19 Enero 2008

Del clasicismo al postmodernismo
Escribe Adolfo Bellido López

gritos-3.jpgCon demasiada frecuencia se confunde cine clásico con cine viejo y rancio, pero el cine clásico no tiene edad, ni fecha de caducidad. Las aguas de las que mana ese cine nacen ya en los albores del cine. En, sobre todo, el primitivo cine americano, se pueden encontrar las normas de lo que conocemos como lenguaje cinematográfico.

Griffith fue  uno de sus creadores, pero no debe olvidarse el camino recorrido por otros pioneros, que dejaron en sus imágenes pequeños esbozos para la construcción de un nuevo lenguaje. Eran “oteadores” primigenios de los primeros pasos de uno de los grandes inventos de la humanidad, que consistía, entre otras cosas, en dotar de movimiento a la fotografía. Se hacía “realidad” una nueva forma de narrativa que se distanciaba de la propia vida y, al mismo tiempo, era el reflejo de la propia existencia.

Con el tiempo, igual que en las otras artes, hemos aprendido a valorar eso que llamamos lo clásico, un arte, un cine, en este caso, que desde una determinada forma narrativa se erige en eternidad, en un triunfo sobre el paso del tiempo. Un cine siempre vivo por su estilo, por su forma de acercarse a unas historias más o menos originales.

Se ha hablado muchas veces del cine clásico americano, aquél que se extiende desde los años treinta hasta cerca de los setenta del siglo pasado, pero con especial auge en la década de los años cuarenta y los cincuenta. Es allí, en Hollywood, donde surge una mayor concentración de obras (y de autores) que dotan de maestría a la imagen. Realizadores que suelen trabajar con grandes guionistas en un sistema dominado por unos estudios que albergan a grandes familias casi siempre bien avenidas. No todos los grandes directores que trabajaron durante aquellos años en Hollywood habían nacido en Norteamérica. Un hecho sin apenas importancia, ya que su “obra” es claramente de “allí”. Realizadores que hacen grande el cine de un país grande en extensión, pero de miras, de ideas, cada vez más estrechas y reaccionarias.

deseopeligro0.jpgHoy, el cine clásico parece ser historia. Han pasado muchas cosas desde los tiempos de Ford, Hawks, Walsh, Cukor... Tantas que el cine ha cambiado de formas y estilos, al tiempo que las apetencias de los espectadores son desbancadas por otras diversiones. Pero, tanto da, porque el cine clásico, sus buenas formas y modos nunca se perderán. Se llega a un punto en el que habrá que centrar el discurso en el sentido de la película clásica más que en el cine clásico. Clásicas en cuanto obras imperecederas, cine clásico en cuento películas entroncadas dentro de un determinado sistema narrativo.

Hoy se puede considerar a Ciudadano Kane como una película clásica siempre viva, pero nunca será “leída” desde la rigidez de un sistema narrativo tradicional. Cuando Welles realizó su filme fue considerado como el punto más alto de la renovación estilista, el más alto grado de la innovación cinematográfica. Era novedosa su forma de narrar pero, a poco que escarbemos en ella, nos daremos cuenta que lo nuevo se encuentra en la totalidad y no en su desarrollo parcial. Las innovaciones de aquella genial película se podían rastrear ya en pequeños, y revolucionarios, hallazgos que otros realizadores habían introducido en sus películas. El ciudadano Welles, cuidadoso observador de tales novedades, junto todas las innovaciones narrativas que encontró, en su maravillosa, innovadora y “rompedora” película. De la grandeza del filme nacerá otra forma de hacer o ver el cine. La otra línea, de una narrativa más clásica, más tradicional, se seguirá manteniendo hasta el mismísimo hoy desde los poderosos esquemas narrativos, bien o mal entendidos, propios del cine de nunca jamás.

Existen, a lo largo de la historia del cine, varios directores rompedores en el mismo sentido de Welles. Algunos parten de ideas y planteamientos totalmente novedosos, otros simplemente dan forma a unas novedosas ideas. Ahí está el gran y sorprendente ejemplo de Godard, tan defenestrado por unos como ensalzado por otros, adelantándose en el tiempo y buscando nuevas formas de lenguaje. El director de Al final de la escapada explota aquellos caminos que vislumbra entre las imágenes de una obra en apariencia tradicional.

Otros realizadores de forma más “modesta”, por ejemplo, un cineasta tan (maravillosamente) clásico como el genial Hitchcock, salpica sus películas con innovaciones, alteraciones con el fin de encontrar nuevas soluciones narrativas, siempre encerradas, con un afán despistante, en un envoltorio tan normal como normalizado.

En el cine de ahora mismo se puede encontrar ese aliento de cine clásico en varias películas, por ejemplo en Deseo, peligro o El libro negro, títulos ambos con más de un punto de contacto, independiente de que en ellas se hable de “infiltrados”. Personajes, estos, muy abundantes en el cine actual y que también están presentes en diversos títulos, dos de los cuales, también de ayer mismo, serían Promesas del este y El espía.

Los dos primeros filmes citados poseen una acción por momentos trepidante y se instauran como visiones desde el hoy de temas y estructuras del ayer. No hay que ver en ellos (más evidente en el título de Ang Lee) una copia de originales clásicos, como ocurre por ejemplo en el cine de Brian De Palma. Director éste acostumbrado hasta hace muy poco a copiar sobre todo del cine de Hitchcock, y desde ayer mismo imitador o devorador de cualquier tipo de cine. Se atreve, incluso, a reconvertir los documentales (Redacted).

Se puede decir que eso mismo hacía, en nuestro cine, Basilio Martín Patino. Una afirmación que implicaría una mirada precipitada de la obra del director salmantino. Su cine es más bien rompedor, innovador como el de Godard. Se trataría de la antípoda del cine de De Palma y también del de Stone (esteta falso del documento prefabricado). El cine de Patino se mueve en el terreno de la ruptura constante, de la búsqueda de lo imposible, en un caminar siempre por sendas nuevas. Otro caso sería el del cine realizado por el camaleónico Woody Allen. Para el director neoyorquino, la búsqueda de lo personal infiere la vampirización de ciertas obras y autores (ya sea en cine o en literatura) que forman parte de su devocionario.

anericanganster0.jpgOtros títulos como American gangster, cuyo valor se acentúa ante todo por su excelente guión, se mueven entre su afinidad a lo clásico y su distanciamiento en cuanto a la utilización de tratamientos formales o temáticos propios del (notable) cine del Hollywood de nunca jamás.

Y, en fin, otros filmes esconden su inutilidad en un malentendido clasicismo. Tal es el caso de Expiación, de Joe Wright, película repleta de subrayados, ampulosa y ególatra en unas imágenes que tratan de imitar las grandes producciones del cine literario. Pero, a pesar de los premios que se le avecinan y del dinero que recaudará, se trata de cine viejo. Como, por otra parte, también lo es El orfanato, de Bayona, copia de copias de algún gran filme. Suspense de Clayton en este caso, una hermosa e intranquilizante película: un ejemplo de cómo deber ser una trascripción de una obra literaria al cine. Su base era la novela de Henry James Otra vuelta de tuerca.

Nosotros, en esta revista digital, ENCADENADOS, hemos procedido a votar las mejores del año 2007. En la sección Todo lo demás se encuentra desde mediados de enero expuesto el resultado de esa consulta llevada a cabo entre los colaboradores de la publicación.

Dos películas (un resultado no muy corriente) han quedado emparejadas en el primer puesto. Dos títulos que podrían representar la doble militancia que venimos enunciado en este escrito. Por un lado, está Eastwood, el director clásico (dicen que el último vivo) que desde un planteamiento claro, sin fisuras y con un talante abierto, rueda un filme pletórico de antibelicismo: Cartas desde Iwo Jima (reflejo de Banderas de nuestros padres: un mismo hecho contemplado desde ambos bandos contendientes). En el otro, se encuentra Zodiac, en la que David Fincher, un director considerado más “moderno”, rompe continuamente la narración clásica, tanto a un nivel ideológico como temático. Se trata de dos maneras válidas y notables de hacer cine.

El cine moderno no tiene por qué ser considerado como equivalente a cine rompedor o desestabilizador del lenguaje. Simplemente su modernidad haría referencia a diversos planteamientos novedosos. Uno de los primeros realizadores del cine moderno fue sin duda (y fiel a su estilo lo sigue siendo) Tim Burton. En España, algunos títulos de Almodóvar  podrían incluirse en esta categoría.

A lo mejor muchos de los títulos considerados hoy día como modernos podrían pasar a ser considerados como clásicos. La búsqueda de nuevos modelos se produce, hoy, de forma rápida y continua. En el momento actual incluso en algún caso podríamos llegar a hablar de un cine postmoderno, cuyo máximo representante sería Wes Anderson (1969).

wes_anderson.jpgRodeado de amigos e instaurado en esa adscripción de indie que muchas veces nadie sabe lo que quiere decir, realiza un cine que va más allá del de Tim Burton. La realización de cuatro largometrajes, insólitos en su mayor parte (Ladrón que roba a otro ladrón, 1996; Academia Rushmore, 1998; Los Tennenbaums, 2001; Vida acuática, 2004) ha llevado a un quinto, Viaje a Darjeeling, donde queda patente lo que entiende por novísimo cine. Todo es  posible en una forma distinta de tratar personajes y temas, aunque puedan existir algunos claros homenajes (la muerte del niño que nos conduce a El río de Renoir, filme que también transcurre en India).

Un planteamiento que incluso permite al realizador jugar con partes que tiene lugar fuera de la película, pero que, sorprendentemente, están dentro de la historia. Así ocurre con el cortometraje que se proyecta “pegado” al largometraje. Una pieza maestra (Hotel Chevalier) de trece minutos (igual duración que el primer corto que filmase Wes Anderson en 1994) interpretado únicamente por una pareja y que conduce a una segunda parte (el largometraje que contemplamos). Allí se “cuela” Jason Schwartzman (el actor del corto), guionista además del meditado doblete, y se encuentra también Natalie Portman (la actriz) en uno de los compartimentos de los trenes que transitan por el rocambolesco, psicodélico y surrealista mundo de Viaje a Darjeeling.

Wes Anderson, consciente o inconscientemente, está dispuesto a coger el testigo de modernidad que un día enarboló el autor de Eduardo Manostijeras. Lo demuestra con el rodaje que está concluyendo: una película de animación (el mundo del que proviene Tim Burton) sobre una historia de Roald Dahl, el autor de Charlie y la fábrica de chocolate. La apuesta está en el aire. Pero ¿cuál será en realidad el destino de este novísimo (postmoderno) cine? ¿Cómo será aceptado? ¿Será fagocitado por la industria? La respuesta no tardará en llegar. Esperemos que sea positiva para el CINE.