Editorial enero 2020

  23 Enero 2020

Mientras haya películas…

1917-11Fieles a las tradiciones de fin de año también nosotros hemos jugado a votar las mejores del año. En otra sección de la revista descansan plácidamente, tanto el resultado definitivo como las preferidas de cada uno de nosotros.

Lo he dicho repetidamente, e insisto en ello, esto, como las puntuaciones de las películas (eso de dar un número, letra o asterisco) es un juego que, en realidad dice muy poco. ¿Qué tiene que ver, por ejemplo, el 3 de Una gran mujer con el 3 de El oficial o el espía o la misma nota para la última versión de Mujercitas? Y, no digamos, el 1 de Los miserables con el 1 a 1917?

Lo mismo ocurre con las relaciones de las mejores del año, dependiendo siempre de diversos factores aparte de verse todo lo estrenado en el año por diversos motivos: imposibilidad, no haberse estrenado en la ciudad donde vivimos o haberlo hecho con mucho retraso. Es el caso, por ejemplo, del excelente filme ruso de Una gran mujer del ruso Kantemir Balagov —que ya había mostrado su valía con su anterior Demasiado cerca—, estrenada a finales de 2019 y de forma muy minoritaria.

Calificaciones, lista, aparte las películas siguen vivas, dadas a un visionado, con la facilidad de las ediciones en vídeo, en cualquier momento. Y quizá así, aunque no sea el mejor sistema para verlas, no nos dejaremos llevar por la impresión del momento, por el estado emocional incluso por las interferencias creadoras de tal ruido (mediático, del entorno, publicitario) impulsoras de una curiosa admisión de lo que vemos.

Con las críticas a veces ocurre lo mismo. Una crítica es una forma de expresar desde nosotros y hacia otros lo que nos ha gustado del filme. Prefiero hablar de análisis que de crítica. Un análisis de una obra, de un filme, en este caso es profundo, nada generalista, meticuloso, objetivo. Y, por supuesto, amplio.

Se pueden llegar a contradicciones sobre lo visto, pero a través de un diálogo entrando a conciencia en la película. Creo que es la única forma de detectar los fallos, la ineptitud, más o menos grande, que acompaña a títulos premiados y ensalzados desde una multitudinaria adhesión.

Recuerdo hace años cómo la mediocre y engañosa La vida es bella, del más bien poco interesante Benigni, era ensalzada convirtiendo al director en una especie de dios del cine. Un dios tan pobre de contenido, tan mal narrado, que terminaría pasando al olvido.

No es el caso de otros realizadores a los que parte de la crítica y, no digamos del público, ensalza como grandiosos y aquí, en esta categoría, entraría, sacando pecho de gran autor, Sam Mendes.

Su primer filme, American Beauty, inflado, pedante y grandilocuente, era la carta de presentación de un autor teatral capaz de realizar películas tan planas como engañosas en una sucesión de escenas con diálogos de altura en unas historias aparentemente profundas y de fuerte contenido dentro de un envoltorio sugestivo, atrayente (depende de para quien) y el convencimiento —por parte del director— de ser, más o menos, un genio.

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Algo existente también en su último título, 1917, que recibirá honores y premios por aquí y por allá (como como sucedió con Revolutionary Road). No sólo eso, también buenas críticas y excelentes calificaciones. Pero si el filme —teatral en decorados y estructura— se analiza en profundidad se puede ver lo poco que hay de cine verdadero, de construcción sostenible.

Su falso, vacuo, humanismo, su parcelación entre los muy buenos (los americanos) y los malísimos (alemanes), unos mandos militares (americanos, claro) tan buenas personas, entregados a sus soldados que parecen de opereta, un guión de una elementalidad absoluta con muchos errores graves: la secuencia de la granja donde el buen soldado encuentra un cubo ¡lleno de leche! y el subsiguiente encuentro con un batallón, salidos de no se sabe dónde, es uno de los momentos más absurdos del último cine, sólo comparable a la ridícula secuencia de la implantación de la bandera nacional —una de las más bochornosas del último cine español— en la no menos vacua Mientras dure la guerra de Alejandro Amenábar.

Sam Mendes, para demostrar lo grande que es, utiliza una falsa continuidad en el relato (algo sobre cuya inutilidad ya habló Hitchcock después de haber empleado ese sistema en La soga). Mendes debería haber hecho caso a Hitch, dejar de jugar a ser Kubrick y haber visto cómo utiliza, por ejemplo, el plano secuencia un genial director, que, por cierto, también comenzó en el teatro:Max Ophüls. Quizá Mendes haga algún día una película perfecta, pero para eso debe dejar de jugar a creerse un genio, como le ocurre a Amenábar y a más… Olvidan algo fundamental que ya enunció Vincente Minelli en Cautivos del mal: para ser un gran director hace falta humildad.

Sea como sean las películas que veremos y hemos visto, las coincidencias y discrepancias entre, incluso, todos los que hacemos Encadenados, ahí, como digo al principio, en Todo lo demás descansan nuestras preferencias del año.

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El resultado final es bastante afín al de otras revistas con tres títulos destacados como son Parásitos (¡lástima de epilogo!), Érase una vez en… Hollywood y El irlandés. Listado de las diez mejores del año,  en la que también aparecen títulos tan importantes como minoritarios como son Largo viaje hacia la noche; El traidor (perfecto contrapunto del maestro emérito Bellocchio a El irlandés del maestro casi jubilado que es Scorsese); o El hotel a orillas del río… acompañadas de títulos tan significativos como Retrato de una mujer en llamas, Historia de un matrimonio o Joker.

Junto a estos títulos se cuela, por derecho propio, un filme español, Dolor y gloria, final de la trilogía personal de su director, Almodóvar, que aspira al Oscar a la mejor película extranjera y a los premios Goya. Quizá no gane uno, ni otro, quizá Parásitos, porque es mejor, le arrebate el premio en Hollywood, y quizá aquí un título tan menor como Mientras dure la guerra se lo lleve. Cuestión de intereses generales, comerciales y de diverso tipo.

Si algo duele, un film no presente en nuestra lista, es la ausencia del más revolucionario, moderno, dinamitador e innovador, como es El libro de las imágenes, pero claro, Godard juega en otra liga.

Y, por cierto, antes de terminar quería también señalar, en el caso del cine español, una película no maravillosa pero sí lo suficientemente curiosa e inteligente, sobre todo ante su ninguneo, como es Ventajas de viajar en tren, primer largo de Aritz Moreno y, por supuesto, Lo que arde de Oliver Laxe, que, al menos, aunque nos figuramos como convidada de piedra, están entre las nominadas al Goya a la mejor película.

De cualquier forma no hagan mucho caso a los premios, vengan de donde vengan. Son, como todo, subjetivos, pero además, como ya he indicado, sujetos a ordenamientos diversos, lo que, sin duda, es peor

Escribe Adolfo Bellido López

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