Editorial noviembre 2022

  30 Noviembre 2022

Mareas, piaras, bestias y avalanchas

noviembre-libre-te-quieroAlgo se gesta en la España preelectoral de un noviembre agitado por las DANA y las ciclogénesis, y no es sino una revuelta de la gente común contra las torpezas o los excesos ideológicos de los gestores políticos.

En el primer sentido, el de las torpezas, hay que recordar que una de las primeras manifestaciones de este tipo se produjo hace dos décadas, en Galicia, con ocasión del desastre del Prestige. La denominada Marea blanca fue una iniciativa de ciudadanos que, enfundados en trajes de plástico de este color, se dedicaron a limpiar las playas de las desoladas playas de la Costa da Morte. 

Isabel Coixet recogió su esfuerzo en un documental homónimo de hace exactamente veinte años. La caracterización que del litoral gallego y de sus gentes hizo la directora catalana quita razones a quienes buscan motivo para indignarse porque, supuestamente, la cinematografía siempre dibuja a los gallegos como cerriles pueblerinos. Esta afirmación, como se verá, no la hago gratuitamente.

Pero abundando en la cuestión de las mareas, no hay que confundir el nombre de la iniciativa gallega con el de otro movimiento ciudadano que ha tenido un gran éxito en Madrid en las últimas semanas. Hablamos de la Marea blanca en contra de la falta de medios materiales y humanos y la privatización de la sanidad, lo que aúna la chapuza con la ideología.

Transcurridos diez años desde los acontecimientos que la vieron nacer y luego languidecer lentamente, el movimiento ha resucitado frente a la escasez de facultativos, propiciada entre otras cosas por el cierre de unidades, el aumento de la gestión mixta o directamente privada y la falta de vocaciones médicas entre una juventud que ya no ve atractiva la antaño prestigiosa profesión, constatado lo magro de un sueldo que no acaba de compensar las horas interminables, la escasez de recursos y las cada vez más numerosas agresiones que sufren por parte de una ciudadanía hastiada y por tanto, embrutecida.

Nadie piense, sin embargo, que tal movimiento es exclusivo de la punta de lanza privatizadora de la capital: las mareas médicas se extienden a lo largo del territorio patrio, y parecen querer anticipar un nuevo 15–M corregido y aumentado.

Basilio Martín Patino retrató en su estupendo documental Libre te quiero las esperanzas de un movimiento llamado a cambiar un sistema corrupto y decadente. Once años después no queda nada de aquellas, y sí mucha ira y congoja por los anhelos traicionados y las palabras vacías de quienes hicieron bandera de los sueños de una generación para, simplemente, abrazar un poder ensimismado y sordo.

Así que lo importante es que esta vez, si ese movimiento fragua en algo consistente, no se deje rebautizar con «M» mayúscula y artículo determinado, ni seducir por cantos de sirena populistas e inoperantes que acaben por deslegitimarlo.

noviembre-las-cartas-de-alouDigo esto porque al fragor de la indignación ciudadana por el comportamiento de ciertas bestias con forma humana, gran parte del Gobierno quiso retocar el código penal a golpe de consigna, para igualar abuso y agresión sexual en contra del criterio de casi todos los juristas, que avisaron de que un cambio léxico podría serenar el ánimo y tranquilizar las conciencias, pero en ningún caso mejorar la atención a las víctimas ni las garantías procesales de los acusados: dado el margen interpretativo que la Ley propiciaba –tan amplio como puedan serlo las percepciones humanas–, hechos semejantes podrían obtener condenas dispares en los más diversos rincones de nuestra geografía. 

La derivada de la suelta de la piara protohumana que las más de las veces compone los sujetos condenados por delito sexual, es la punta del iceberg de una Ley bien que, corregida y parcheada desde su infausto primer borrador, parece guardarnos muchas y desagradables sorpresas futuras.

Es cierto que la parte visible de una mole de hielo es la única que suele llamar nuestra atención, y esta también ha provocado sentimientos –más que razonamientos– encontrados: a la casi instintiva repugnancia ante la rebaja de las penas y excarcelaciones, uno debe oponer la serena reflexión –planteada por muchos juristas de izquierdas, derechas, centro e incluso feministas– sobre si las penas del antiguo código no estaban adecuadamente mesuradas, y precisamente por ello, resultaban incluso perjudiciales para las potenciales víctimas.

Pero las exquisiteces técnicas no son hoy plato de buen gusto para el ganado político de nuestro país, que, a la manera machadiana, ha optado por embestir antes que pensar, ya fuera llamando machista a toda la judicatura, ya catalogando de amigos de los violadores a la totalidad de un Gobierno cuya innegable torpeza no parece sin embargo avalar una intencionada maldad.

Son malos tiempos para la lírica, la técnica jurídica y la reflexión política; buenos sin embargo parecen para las bajas pasiones, la indignación y las bestias: asistimos atónitos a la degeneración de las formas en la sede del Parlamento, con unas salidas de tono hacia ministras y diputados que no presagian un futuro y necesario buen entendimiento entre los que están llamados a desgobernar este país.

Y hablando de indignación y de bestias, la película As bestas ha provocado no poca en algunos señalados representantes de las letras gallegas. El caso es que, como quien mira el dedo cuando se señala la luna, los prontos a la ofensa parecen haberse visto representados en ese retrato accidental del ganadero gallego que tan bien han interpretado Luis Zahera y Diego Anido.

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Como quien se atrinchera en una cuadra, los guardianes de las esencias patrias parecen haberse querido envolver románticamente en las montañosas brumas y el estiércol humeante que campan por los fotogramas de la película de Sorogoyen, y abrumados como estaban, han querido creer que el madrileño pretendió identificar Galicia entera con la estulta sordidez de la familia Anta.

As bestas no es una película perfecta –y algunos de sus defectos ya fueron señalados en su crítica por nuestro colega Juan Ramón Gabriel–, pero no puede decirse que tome la parte por el todo o quiera hacer un retrato inmisericorde del agro gallego. Es más, una de las virtudes del filme fue acaso la de plantear, en una de sus mejores escenas, que los dos hermanos tenían poderosas razones para oponerse al adanismo salvífico del «turista» francés. Quien contemple con serenidad –de nuevo esa virtud tan esquiva en estos tiempos– la propuesta del director madrileño, apreciará esos sutiles momentos que generan la duda en una película que la mayor parte de las veces discurre por sendas marcadamente emocionales.

Porque la mayor objeción frente a quienes, presos de arrebatos nacionalistas, pretenden criticar la supuesta distorsión de la realidad gallega, es la autenticidad que destilan las interpretaciones de gente como Zahera o Anido: si son tan creíbles es porque su papel no es una mera caricatura, sino un retrato fiel de caracteres embrutecidos: tanto hubiese dado que se situasen en el Burgos de la historia original, en el Badajoz de Los santos inocentes , en el Toledo de La caza, en la Valencia de Cañas y barro, en la Sevilla de La isla mínima, en la Guipúzcoa de Vacas o en la Barcelona de Pà negre.

Reconocer caracteres no es extrapolar o generalizar: Sorogoyen ha realizado una obra coral limitada, pero se ha preocupado de no dejar fuera del coro personajes amables o neutros, que de todo hay en las viñas del señor. También en las de albariño.

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Corales resultan también los cánticos las aficiones del Mundial de fútbol de Qatar, y no parece que la sarta de prohibiciones que el minúsculo país arábigo ha impuesto a las aficiones –el beber alcohol cerca de los estadios– o a jugadores, directivos y espectadores –portar símbolos «políticos» del estilo de banderas reivindicativas de derechos LGTBI–, vaya a poder controlarse en la grada. La multitud no parece tener acento cuando entona sus himnos, ni tampoco remilgos a la hora de poner en la picota a quien le interese.

Sería estimulante que se conjurase para cantarle las cuarenta a los prohibicionistas, llamando la atención, por ejemplo, sobre las condiciones de trabajo de los inmigrantes contratados para sacar adelante las obras de sus estadios, aunque me temo que tal cosa no vaya a pasar en un mundo que fía cualquier valor a la entrega a colores unívocos.

Este es un tema tangencialmente vinculado con la actualidad española, en la medida en que se ha vuelto a poner en evidencia el papel de nuestro país en la tragedia de Melilla. La masacre de inmigrantes en cualquiera de los dos lados de la valla no puede dejarse pasar impunemente, y tampoco ocultarse bajo toneladas de demagogia ministerial o desinterés ciudadano. Si estos son los frutos de la renovada colaboración con Marruecos, mejor sería decir que no la necesitamos.

Pero no estábamos aquí para señalar al país vecino, sino para llamar la atención sobre las responsabilidades del nuestro. Es larga la tradición de filmes sobre la inmigración africana en nuestro país. Montxo Armendáriz ganó la Concha de Oro en Donosti en 1990 con Las cartas de Alou, que narraba las vicisitudes de un inmigrante subsahariano en las más diversas ocupaciones destinadas a la gente de su condición en España. Haciendo un catálogo muy completo, la película nos muestra a Alou en los invernaderos de Almería, la venta ilegal en Madrid, la recogida de fruta en Lleida, su expulsión de la península y su retorno a través del estrecho.

Doce años después, Retorno a Hansala, de Chus Gutiérrez, tomaría la tragedia como inicio de un recorrido moral de dos personas que se ven implicados laboral y emocionalmente en el retorno de un fallecido a su aldea de origen.

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Si Alou era el principio y Hansala era el fin, puede decirse que Mediterráneo, de Marcel Barrena, es el centro. Las peligrosas travesías que por el Mare Nostrum realizan los migrantes, y su recogida por los activistas del Open Arms, son el leitmotiv de una película muy reciente, que ha obtenido críticas dispares, de nuevo, más por motivaciones políticas que por méritos –o deméritos– cinematográficos. 

Mucho más recientemente –tanto como para haberse estrenado esta semana– parece haberse postulado otro de los enfoques sobre el tema en Suro, de Mikel Gurrea. Allí una pareja de ciudad se enfrentará a la realidad de la explotación de los migrantes en el campo catalán, y por extensión, al español.  

Sea como sea, en cualquiera de estas películas hay algo que queda claro: no parece haber, en el conjunto de nuestra cinematografía, una categorización de la gente según su terruño; más bien se sugiere que cada cual puede ser víctima o victimario, explotador o explotado, agasajado o despreciado según las circunstancias del lugar y el momento. El cine retrata una sola humanidad, con todas sus fallas y taras. Esas que muchos quieren explotar en su propio beneficio... algo también muy humano, al fin y al cabo.

Una sola humanidad y alguna que otra bestia, eso sí; no despreciemos la capacidad del ser humano para degradarse a sí mismo hasta límites indecibles: así lo muestran los cerdos que dicen ser lobos.

Escribe Ángel Vallejo

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