Editorial julio 2019

  27 Julio 2019

Érase una vez...

el-rey-leon-1Muchos cuentos (y no sólo) comienzan con las palabras «érase una vez». Y hala, desde esas simples palabras, nos introducimos en un mundo de fantasía o de realidad transformada en fantasía. Si hay cuentos o relatos no antecedidos por estas palabras no es, en realidad, importante porque el inconsciente colectivo las introduce delante de lo que vamos a leer, ver o escuchar.

Sí, érase una vez un reino gobernado por un califa dominado por el malvado primer ministro o un niño criado por lobos o, pongan lo que le venga en gana respecto a lo narrado, y lo mismo nos vamos al reino de nunca jamás, al palacio del padre de Blancanieves, a la casa de Cenicienta junto a la malvada maestra y sus no menos malvadas hijas que a la verde Irlanda a la que llega un boxeador con problemas de conciencia o un pequeño extraterrestre aparece perdido en la Tierra.

Casi todo, en resumidas cuentas, es un cuento, una historia inventada, más o menos fantástica, aunque sobre todo dominan los relatos infantiles.

Y he aquí que en eso Walt Disney fue una especie de dios que convirtió los cuentos en dinero y el dinero propició una gran industria donde objetos y películas formaban una simbiosis económica. Se puede decir que Disney ha sido el precursor de los negocios nacidos desde las películas, de todas las sagas y no sagas que en el mundo de la fantasía existen. En ese sentido DC Comics o Marvel y otras empresas anexas —junto a su corte de buenos y malos, humanos o no— han aprendido del negocio primario de Disney, dueño actualmente de muchas sagas sin fin.

Disney, fundador del imperio financiero, no existe, pero sí su legado convertido en unos estudios y unas empresas de mil brazos.

Hoy día, la productora no quiere olvidar sus comienzos, el gran impacto de muchos de sus largos de animación. Como además al público en general los que le gusta es ver siempre lo conocido o lo mismo, han tenido la gran idea de repetir sus películas convirtiendo sus personajes animados —siempre que sea posible— en reales.  Si no es posible se procede a utilizar una infografía que se une a los lugares (o entes) reales.

Todo es igual, o casi, y el éxito se asegura. Si películas de directores afamados (de culto, minoritarios) como Michael Haneke (en Funny Games) o Sebastian Lelio (Gloria) son capaces de rodar nuevas versiones, y casi calcadas hasta en planificación, al pasar de su país de origen a Hollywood, no hay razón alguna para impedir que alguien tan grande como la Disney haga lo mismo. Y, encima, siga mandando en taquilla.

erase-una-vez-en-americaNo muy lejanas aparecen El libro de la selva o Alicia en el país de las maravillas. Cerca Dumbo. Mucho más cercana está Aladdin y encima tenemos El rey león. Poco aportan estas películas a sus modelos. Sin embargo, por esos misterios, arrasan en taquilla. Los niños siguen pidiendo ver las películas y los mayores acceden gustosos a sus demandas, o quizá van por propia decisión, igual que miles de jóvenes de cualquier país.

Poco o nada nuevo aportan estas repetitivas películas, hechas mirando el original como un producto realizado en serie en una máquina robotizada. Si al menos aportaran algo nuevo, fueran innovadoras o, difícilmente, transgresoras. Si en un momento los estudios Disney decidieron renovarse, hacer un cine diferente, incluso convirtiéndose en los curiosos depositarios del (prácticamente desaparecido) cine musical con títulos como La sirenita, La bella y la bestia o El jorobado de Notre Dame, hoy aparecen adocenados, engullidos por el éxito. Un éxito repensado en repeticiones que van sobre seguro y que han llevado, incluso, a domesticar en gran parte a Pixar, hoy integrada en la Disney.

Lo dicho, hoy día la factoría —empresa o como se prefiera llamarse— es un gran imperio que amenaza, como cualquier otro imperio, con apoderarse de todo, educar y ordenar el universo entero bajo una única ideología (¿bandera?, ¿país?). ¿Fue esa la idea del creador? Disney comenzó desde cero con sus sinfonías tontas y sus cortos sobre el ratón Mickey a lo que siguió una larga parentela animal para llegar a su primer largometraje, Blancanieves y los siete enanitos. Ahí comenzó, se puede decir, la gran travesía que conduce al gran legado administrado por la Disney en la que todo, lo que sea dinero, se toca y se multiplica.

En cine, como queda dicho, se ha descubierto lo rentable que es una repetición, tal que en varios casos no sólo calca la anterior, sino que lo hace peor. Es el caso de este último engendro que es El rey león y que, aunque sólo sea por su nombre, se convertirá en el rey de la taquilla. No creo que, a Disney, el fundador, le gustase —incluso sin que él conociera la primera versión— esta burda calcomanía.

El cuento infantil parte de clichés, iniciado por el consabido, y ya enunciados, érase una vez, pero el cuento también, cualquiera, puede dar pie para adentrase en otros territorios alejados de los tradicionales, pero sin traicionar el original. Es el caso de, por ejemplo, las revisiones sobre Cenicienta o Blancanieves que coescribiera Billy Wilder. En el primer caso Medianoche dirigida por Leisen o (la) Sabrina primeriza que también realizó (una segunda, y lamentable, revisión sería de Pollack); o en el segundo caso, Bola de fuego dirigida por Hawks, quien, sobre el mismo guión, haría después un musical, Nace una canción.

erase-una-vez-en-Hollywood-El caso de Wilder no es, ni mucho menos, único. Ahí está el interesante experimento de Pablo Berger, Blancanieves, algunos curiosos títulos de Neil Jordan (En compañía de lobos, La viuda), algunas fantasmagorías del Tim Burton de sus tiempos gloriosos, desaparecidos por el momento, o de títulos con aroma de cuento, sea o no sea infantil, como prueba la maravillosa El hombre tranquilo, de Ford.

Sea como sea, «érase una vez» también tiene otras connotaciones que nos llevarían a otro tipo de cine que, ya en su llamada titular, incluye el socorrido érase como ocurre en el caso de la fallida trilogía del gran Segio Leone, uno de los casos de realizadores más sorprendentes en cuanto pasó de ser despreciado a ser aceptado, tomado como ejemplo, copiado, reverenciado y ensalzado.

Una trilogía que, bajo el inicio «Érase…», quería dedicar a los grandes géneros de Hollywood: el western (Érase una vez en el oeste, reconvertida en España en Hasta que llegó su hora), el cine negro (Érase una vez en América) y el musical.

Este último filme no pudo realizarlo debido a que le aconteció la muerte en forma de ataque fulminante mientras veía por televisión ¡Quiero vivir!

En agosto, el discutible Tarantino también se apunta al socorrido «érase». Una mirada sobre el Hollywood de hace años todavía ensoñado en su grandeza y de la que fue despertado con crudeza por el asesinato de Shaton Tate, la mujer de Polanski, en una especie de conjura o aquelarre en la que indirectamente se llegó a finiquitar el Hollywood fastuoso.

Habrá que ver lo que ha sido capaz de transmitirnos Tarantino sobre aquel mundo, también encerrado en lo fantástico. Ni el mundo en sí, ni el cine en general, ni Hollywood en particular, son los que eran.

Clichés rotos en mil pedazos en cada de los cuales trata de sobrevivir un ayer cada vez más lejano.

Escribe Adolfo Bellido López

erase-una-vez-en-Hollywood-2


Más artículos...