Editorial mayo 2019

  28 Mayo 2019

Tampoco ahora fue posible

banderas-cannesLlegó Almodóvar a Cannes esperanzado en llevarse el primer premio en su festival, por algo es uno de los directores queridos del mismo (como lo son también, entre otros, Tarantino o Malick). Era, creo, la sexta vez que se presentaba. Nunca ganó a pesar que posteriormente se llevase el Oscar a la mejor película extranjera por el filme que Cannes no había tenido en cuenta.

Ahora, con Dolor y gloria, su filme autobiográfico donde uno de sus actores preferidos durante años, Antonio Banderas, se convertiría en él mismo, en esta película que de forma directa o, aprovechando determinados recovecos, habla el realizador manchego de su cine, amores, infancia y presente, de su madre en el ayer y en un hoy más cercano. Una especie en fin, de ida y vuelta sobre sus gustos, angustias y dudas. Una película confesión aconfesional con la que da la impresión quisiera desechar los fantasmas que agitan su persona y su profesión.

Me parece una muy interesante película aunque prefiera otras del realizador (Hable con ella, Volver, Julia…) pero que, en realidad, cierra parte de la trilogía personal de la que también forman parte La mala educación y Los abrazos rotos, pero en la que de forma nada compleja vemos sus dudas y vacilaciones en lo personal y en lo artístico. Al final queda el cine, como forma de hacer presente una soledad no querida.

Como en anteriores ocasiones, Cannes le abrió los abrazos y mantuvo hasta el último momento el convencimiento de ser el ganador. Un larguísimo aplauso al terminar la proyección, el asentimiento crítico, las quinielas de los principales medios que auguraban el éxito… se quedaron en ganas, pero no en hechos.

Durante la lectura del acta del jurado antes de llegar al Gran Premio, ya se sabía que no lo había conseguido. La razón es simple: muy justamente, Antonio Banderas había recibido el premio al mejor actor y en Cannes (¿sólo en este festival?) ninguna película puede acumular dos premios. Una disposición que a uno le parece absurda y que parece no tener otra razón  que poder premiar cuantas más películas mejor, lo que supone quedar bien con más países, productoras, autores… pues de esa manera gran proporción de los filmes presentados se llevan algún galardón. Una forma de tener a casi todos contentos. Arbitrario y gratuito.

Almodóvar, al igual que en cierta manera le ocurrió a La ciudad de las estrellas en los Oscar al pasar de la alegría de un (falso) primer premio a la decepción por no obtener el Oscar a la mejor película (aunque tuvo otros varios), ha pasado de la gloria —el premio— al dolor por lo obtenerlo. Sintonía perfecta con el título del filme.

Probablemente sea seleccionada para el Oscar y quizá lo gane. Todo es posible. Como también que su siguiente película gane el máximo galardón en Cannes, ya se sabe que a la séptima va la vencida. De cualquier forma, Almodóvar y su equipo pueden darse por satisfechos ya que al menos han conseguido un premio, mientras directores como Malick o Tarantino se han ido de vacío.

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Quien le arrebató el primer premio a Almodóvar fue el coreano Bong Joon-ho con Parasite. Un director que nos sorprendió hace unos años con Crónica de un asesino en serie (2007). Después, además de cortos y colaboraciones en otros films, ha realizado cinco largometrajes.

Esperamos que el título premiado esté a la altura del filme citado. El resto no lo estuvieron. Para comprobarlo, esperamos que llegue a estrenarse en España y, por supuesto, en Valencia, ya que estrenarla en algunas ciudades, sobre todo en Madrid y Barcelona, no quiere decir que llegue a Valencia.

En un anterior editorial ya hablábamos de ello. La cantidad de películas estrenadas semanalmente es imposible que sean asumidas por ciudades que cuentan con pocas salas. Y donde se ejecutan diversos tipos de censura por parte de las distribuidoras, una de ellas se refiere a su deber por hacerse, solamente, con las películas más comerciales (en este caso muchas de ellas norteamericanas), el otro planteamiento censor tiene en cuenta la duración de las películas.

Ya me dirán cómo una película llegada de un país oriental, de un director desconocido, y con duración de dos horas y media o más puede tener acceso a las salas de proyección sean del tipo que sea. Lo hemos podido comprobar con varias películas chinas que han llamado a las puertas de las distribuidoras españolas (1).

Es el caso de Largo viaje hacia la noche de Gan Bi (140 minutos), cuyo estreno, desde hace meses, se viene retrasando, pasando a nuevas fechas. Es el segundo largometraje (también tiene dos cortos) de este realizador nacido en 1989. Aunque peor, para ser conocida la película, lo tiene An elephant sitting still cuyo director (nacido en 1988) se suicidó después de acabar el que es su único largometraje (tiene además un corto). La duración de este curioso título se acerca a las cuatro horas.

Sí se anuncia ya mismo —y esperamos se estrene— la nueva película de de Jia Zhang-ke, hermoso título, La ceniza es el blanco más puro (135 minutos). De este director, nacido en 1970, con más de 15 largometrajes, conocemos las muy interesantes Naturaleza muerta, Historias de Shanghai, Un toque de violencia y Más allá de las montañas.

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El cine chino está en auge. Conocemos poco de lo mucho que allí se hace, especialmente a Zhang Yimou (1951), que cuenta con más de treinta películas. Las primeras de ellas de gran calidad, lo que podríamos denominar su primera etapa, (Sorgo rojo, La linterna roja, Ni uno menos…), que va, más o menos, de 1987 a 1999. Una segunda etapa, de mucho menos interés, iniciada en 2002 con Hero y que se extiende con altibajos hasta… hasta hoy.

En estos años, Yimou se atreve con todo, incluso a realizar un (muy mediocre) remake del primer filme de los Coen, Sangre fácil, titulada Una mujer, una pistola y una tienda de fideos. Si ese título parecía señalar una vuelta (mínima) a su primera obra (Regreso a casa) donde volvía a trabajar con la actriz Gong Li, que fue su musa y compañera en la primera etapa, el muy mediocre filme La gran muralla negaba su recuperación.

Acabamos de ver Sombra, su último filme, deudor en parte de cierta obra de Kurosawa, y que nos devuelve aquel buen Yimou. Aparte de la belleza de sus imágenes, de su discursosobre el poder —a veces enrevesado—, tiene una duración normal, sobre todo hoy que todas las películas, vengan de donde vengan, se ven obligadas, sea o no necesario, a durar algo más de las dos horas (¿debido a la facilidad y ahorro del rodaje digital?).

En algunos casos es necesaria esa larga duración, caso de An elephant sitting still, pero, como hay de todo, tomen nota: en el festival de cine latino de Toulouse 2019 se proyectó fuera de competición una película argentina de Mariano Llinás (diez años de rodaje, dividida en cuatro partes y presentada en seis episodios), La flor… de catorce horas y media de duración. Para verla de una sentada.

Escribe Adolfo Bellido López


Nota

(1) El interesante número de mayo de 2019 de la revista de cine Caimán está dedicado al Cine Chino del siglo XXI.

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