Editorial septiembre 2019

  28 Septiembre 2019

Basada en hechos reales

erase una vez en Hollywood-20No es raro encontrarse en la cartelera semanal con películas que aseguran estar basadas (sus historias) en hechos reales, como si ello otorgase mayor verosimilitud a lo que vamos a contemplar, pero eso, por variadas razones, no consigue mostrar con lógica esa realidad, ni, por supuesto, garantizar por ello una calidad.

En muchos de esos films para reforzar la realidad de lo contado, se incluyen unos letreros finales en los que se da a conocer el futuro de los personajes que vivieron la historia. Una forma, tan habitual ya en el cine, que ha llevado a algunos cineastas a rizar el rizo inventándose historias (hechos no ocurridos) cuya conclusión da también paso a unos créditos en los que incluye el (inexistente) futuro de los personajes del filme.

Lógico, en definitiva, porque en cualquier historia inventada (y no digamos en una seriada) puede sugerirse la existencia de futuras historias sobre esos mismos personajes, certificadas en esos créditos finales.

De esa manera, ciertos títulos con finales abiertos, con una coda explicativa, serían más agradecidos para aquellos espectadores perplejos ante el interrogante presentado por variados y magníficos finales lanzados a la inteligencia del espectador. Imagínense, por ejemplo, el final de El eclipse con un añadido explicativo no sólo de los planos, repetidos, insistentes de soledad y ausencia, sino de aquello que hacen, en ese momento o, después, los protagonistas ausentes o la explicación de la mirada fija (inolvidable), congelada de Antoine Doinel al final de Los cuatrocientos golpes con el destino posterior de tal personaje, o indicar si Lee Remick deja al fin la bebida (o Jack Lemmon vuelve a ella) después del interrogativo final de Días de vino y rosas.

No serían raras este tipo de inclusiones, vividas de algunas maneras, en los oscuros y tristes años de nuestra postguerra, marcados por la férrea censura, donde una voz impostada podía enmendar el sentido de un final y con ello el de la prolongación de la historia. No estaría de más recordar esa voz en off, ajena al filme original, presente al final de la versión doblada (sorprendentemente no eliminada en las ediciones en DVD) de Ladrón de bicicletas, con el fin de, por medios de unas palabras esperanzadoras, tranquilizar la conciencia, o lo que sea, de los espectadores, proclamando el maravilloso encuentro (amor) entre padre e hijo que posibilitará un caminar hacia un mañana luminoso.

Si se echa una mirada a estrenos recientes (y los que nos llegarán) se verá cuantos de ellos, españoles o no, se basan en historias (personajes o sucesos) reales: Una íntima convicción, El vicio del poder, Jackie, Verónica, El escándalo de Ted Kennedy, Campeones, Vientos de libertad, Utoya: 22 de julio; La (des)educación de Cameron Post. La tragedia de Peterloo, Vivir deprisa amar despacio, La espía roja, Conociendo a Astrid, First Man, Mientras dure la guerra, El hombre de las mil caras, La trinchera infinita. Y, así, podríamos seguir hasta más allá… de las estrellas.

A la incompleta lista anterior, podríamos añadir otros filmes que no aparecen como depositarios de hechos reales, pero que en gran parte centran sendos relatos biográficos de sus autores. Es el caso de toda la serie de películas sobre Antoine Doinel (referidos a hechos, enmarañados con otros inventados, vividos en las diferentes etapas de la vida por el propio director, François Truffaut) o la trilogía que Almodóvar se dedica a sí mismo (La mala educación, Los abrazos rotos, Dolor y gloria) e incluso utilizando otras historias del pasado para hablar de la suya propia como es el caso del último filme de Polanski, El espía y el capitán, donde se parte de la célebre persecución y juicio sufrida por Dreyfus a la suya propia. 

De todas formas, hay muchos directores que dejan trozos de pensamientos, vivencias a lo largo de su obra. Podremos señalar, por citar dos claros ejemplos, los de las grandiosas obras de Hitchcock y Bergman.

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Sea como sea, y sobre todo referido a aquellos filmes proclamadores de su veracidad, será necesario aclarar que la realidad expuesta en una pantalla no afirma su verosimilitud. Y, en cine, y no sólo, antes que de hechos reales hay que hablar de la lógica narrativa, certificadora de la realidad presente, admitida y valorada, en las imágenes. Un filme fantástico puede resultar, en la pantalla, más real que aquel que se pretende a sí mismo como real. Filmes tan distintos y dispares, entre otros muchos, como King Kong, sobre todo el clásico, Pasión de los fuertes, El coleccionista, Eduardo manostijeras, El planeta de los simios (versión Schaffner), Blader Runner… así lo certifican.

En el lado opuesto, o en el mismo, Tarantino en algunas de sus películas invierte la realidad, haciendo que el cine cree una nueva. Es decir partiendo de algo real nos conduce hacia la inventiva del propio cine. Su única verdad es lo que ocurre en la pantalla. Nada que ver con lo que en realidad ocurrió. La libertad del arte.

Un sentido que explota en títulos como Malditos bastardos al hacer que Hitler muera en un atentado, o Érase una vez en Hollywood donde da un giro a la historia de Sharon Tate. Libertades que no atentan contra la realidad sino que certifican la realidad inventada del cine y del arte en general capaz de trasladarnos al pasado o al futuro o a inventar, desde hechos existentes, otros.

No es Tarantino el único que se centra en revertir la realidad, Lubitsch y otros realizadores ya lo habían experimentado. Esa es la grandeza y la complejidad del cine y del arte en el que se pasa de la obra compleja y elaborada a la sencillez de relatos cercanos, centrados en la perdida, la soledad y la incomunicación. Ruido y silencio. Ambos perfectamente asimilables y válidos.

Por eso, en la actualidad pueden resplandecer dos filmes tan opuestos y tan significativos como lo son el de Tarantino y el realizado por el coreano Hong Sang-soo, El hotel a orillas del río. La calidad de ambos, su interés, sin embargo, topa con el gusto del público. Mientras el primero arrasa en taquilla, el segundo sólo será visto por una minoría. Eso, el poderío de un filme frente a la callada presencia de otro se debe a otra forma de enfrentarse a la obra cinematográfica. Como si ambas formas no pudieran convivir juntas cuando en realidad ambas deben convivir en el hoy y ser lanzadas hacia un futuro en el que su calidad seguirá presente

Escribe Adolfo Bellido López

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