Editorial junio 2019

  20 Junio 2019

¿Manipulaciones? ¿Estafas?

largo-viaje-hacia-noche-1El nacimiento del cine fue una revolución en todos los sentidos. Era un sistema de proyección de imágenes en movimiento a un grupo de personas. De la misma manera que años antes de sus primeras exhibiciones (la inicial viene marcada por el 28 de diciembre de 1895) no se preveía tal sistema, en esos momentos, y durante muchos años, no se puede creer que un día se pueden tener esas películas, en formato doméstico, en las casas bien a través de un DVD adquirido o prestado, descargado desde una plataforma de Internet o grabado de un televisor. De una forma u otra la calidad de la película varía de la misma forma que lo hará dependiendo del soporte.

Cuando la televisión comenzó a ganar la batalla a las salas de cine, las productoras tuvieron que echar mano de sistemas renovados de proyección, algunos de los cuales, incluso, habían sido descubiertos años atrás y abandonados por creerse de difícil o compleja implantación. Surgieron de esa manera en los años cincuenta las películas en panorámico, Cinerama, Cinemascope, Vistavisión, Todd-AO o el 3D, aunque antes de 1930 ya se habían experimentado algunos sistemas (el 3D en 1922 y la gran pantalla en 1927, con Napoleón de Gance), pero su eficacia en esos momentos no se tenía clara tanto por el coste como por las dificultades técnicas.

Cuando la pequeña pantalla se instala en los hogares es cuando el cine debe plantear sistemas que le pueden hacer frente. Tanto las grandes pantallas como el 3D (aunque sea molesto al tener que utilizar unas gafas adicionales) serán determinantes, en un principio, para oponerse tanto a las producciones en directo como a las posteriores grabaciones o exhibiciones de películas que pueda ofrecer la pequeña pantalla (hoy sobrepasada por las grandes pantallas panorámicas de televisión).

Cuando las productoras comercializan sus películas para televisión no se lo piensan demasiado. Lo suyo es un negocio y el negocio significa vender como sea. Por otra parte, los espectadores televisivos quieren ver su pantalla completa (la televisión, como el cine, evoluciona del blanco y negro al color y a la anchura de pantalla, una altísima definición e, incluso, en 3 dimensiones). Son espectadores cómodos no exigentes y le da lo mimo ver el filme completo que incompleto. Les trae sin cuidado. Lo que quieren es ver cosas.

De esa manera se procede a proyectar la mayor parte de las películas en televisión en el formato de la pantalla, independiente el formato en el que se haya rodado, con lo que la película original se convierte en otra cosa (a veces insufrible), alterado la imagen original. Es simple: si una película de pantalla ancha no cabe en el televisor se procede a dividir cada fotograma en tres partes, de forma que sólo una de ellas aparezca en la pantalla. Es la solución para llenar la pantalla. La otra consiste en proyectarla en ancho de manera que la parte alta y la baja del televisor quedaban en negro.

En la segunda mitad de los años ochenta, Fernando Moreno, que había sido jefe de redacción de la revista Cinestudio, ejercía de Jefe de programación ajena en TVE, es decir era el encargado de los ciclos de cine en aquella estupenda etapa comandada por Pilar Miró. Pues bien, en una entrevista que realizamos para la entonces revista Encadenados en papel, nos decía que si se proyectaba una película en su verdadero formato gran parte de los que veían la película se enfadaban, llamaban a la televisión o buscaban a un experto en televisiones para que les arreglara el aparato ya que no estaba lleno.

Tal sistema de visionado alteraba el propio significado de la película al no poder ver dos de las partes de la imagen. Si se grababa esa película para luego proyectarla en alguna sesión colegial o incluso, como ha ocurrido, se comercializaba en ese estado, se producían curiosas paradojas o extraños mensajes.

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En un cineclub, por ejemplo, se proyectó con el formato cambiado El cardenal de Preminger. En un momento del filme hay una larga conversación entre los personajes de Tom Tryon y de John Huston, situados cada uno, en el original, en uno de los extremos de la pantalla. En el centro había un sillón. El plano era estático. El manipulador de la película para su emisión televisiva había optado por dejar, en ese momento, fijo en pantalla el sillón, por lo que desaparecían los dos personajes que conversaban. O sea, la imagen sólo dejaba ver el sillón mientras se escuchaba un dialogo entre los actores. A la hora del coloquio los participantes aseguraron que la escena más importante del filme era aquella, la que mostraba el sillón vacío. Lógico, un director que hubiera planteado un momento así, reflejaría la importancia y el sentido de ese plano. La realidad es que la escena no era así. La manipulación o alteración era evidente.

En un pase televisivo, el excelente musical Siempre hace buen tiempo, de Stanley Donen y Gene Kelly, troceado al proyectar los momentos de algunos bailes, y donde los directores habían optado por dividir las actuaciones (en el mismo momento pero en espacios diferentes) de los tres protagonistas, se optaba, igual que en el caso de la película de Preminger, por eliminar de pantalla lo que ocurría a derecha e izquierda, lo que impedía que brazos y piernas de ambas partes asomaran o invadieran la parte central.

En Hombre del oeste, el estupendo western de Anthnoy Mann, una de las escenas finales (en la que el protagonista se enfrenta a los pistoleros en el porche de una casa), al alterar el formato, destrozando el sentido del momento, se impedía ver a uno de los pistoleros que se arrastraba por debajo del porche para sorprender al protagonista, el único que aparecía en el cuadro.  

Hay muchos más casos de ese tipo, que incluso hoy aparecen, incomprensiblemente, en algunas copias en venta de DVD. No hace mucho pude contemplar una vergonzosa copia (insisto: a la venta a través de casas distribuidoras), alterada, de Vacaciones sin novia, de Blake Edwards, e incluso otras como Las novias de Drácula, de Terence Fisher, o Agáchate maldito, de Leone (puede suponerse el horror que supone ver así un filme del director italiano que utilizaba la gran pantalla como algo más que un elemento decorativo). No son los únicos casos, se multiplican, aunque en ciertas copias cohabitan la versión de pantalla correcta y la que no lo es, caso de Eldorado de Hawks.

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¿A quién echar la culpa de todo esto? ¿Cómo se permite alterar el significado de la imagen, de la idea que el director quiere transmitir? Todos ellos son casos graves, muy graves, donde los intereses económicos están por encima de la integridad de la obra, de la idea que el realizador quiso transmitir.

Todo ello nos lleva a uno de estos atracos cometidos en el hoy y no exactamente a través de la televisión o de unas películas cuyos formatos, alterados, se nos han vendido. Un hecho, el que denunciamos, que se está produciendo en varias salas españolas. Sí, claro, dirán que me refiero a una película minoritaria y que bastante tiene con haber sido estrenada. ¡Para los que la van a ver!

En uno de los últimos editoriales me quejaba de la dejadez de cines, minoritarios, de algunas ciudades, entre las que se encuentra Valencia, por estrenar algunas películas cuyo impacto comercial va a ser reducido o nulo. Salas que, por su carácter especial, deberían cuidar la exhibición de lo que proyectan, pero que, por ese imperativo comercial, mal encauzado, estrenan filmes comerciales, eso sí, en versión original subtitulada, algo que, aunque sea de rebote, impide la llegada de bastantes filmes de calidad que nunca serán estrenados en la ciudad.

Eso ha ocurrido con la serie de películas chinas que han llegado a España. De las cuatro últimas, estaba claro que, a pesar del pequeño impacto comercial, la más fácil para ser estrenada era la última de Yimou, Sombra, sin duda el realizador chino más conocido por los espectadores. De las otras tres anunciadas, An elephant sitting still era condenada a la ausencia en prácticamente todas las salas debido a su duración (unas cuatro horas), la que será la única obra de su director ya que se suicidó después de terminarla.

Aparte de Sombra, creíamos que sería La ceniza es el blanco más puro aquella que nos llegaría más fácilmente. De hecho, su director, Jia Zhang-ke, es conocido por varios títulos (Naturaleza muerta, Un toque de violencia, Más allá de las montañas…). No ha sido así y la ceniza se diluyó en el aire.

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La tercera, mucho más compleja en su zigzagueante desarrollo, Largo viaje hacia la noche, sí se ha estrenado, pero… no en su integridad. El filme cuyo título aparece en pantalla más o menos a la hora y diez minutos de su inicio, ha sido dirigido por Bi Gan y proyectado en la sección Un certain regard del festival de Cannes 2018, ante el asombro, sorpresa, admiración de los que aman en el cine e indignación de los que (críticos incluidos) toman las películas como historias fáciles de contar, e imbuidas de planteamientos clásicos.

Aquí fue retrasando su estreno, probablemente por su desarrollo no lineal, sujeto a alteraciones narrativas de todo tipo, donde el pasado y el presente se unen al mundo de los sueños. Al fin se estrenó. Lo hizo, en España, en 22 salas, pero ¿en cuántas se ha visto en su integridad? En la mayoría se nos ha privado de esa riqueza proyectada por su autor. ¿Dónde se produce esa alteración del producto que supone una clara estafa? ¿Quiénes son los responsables? Está claro: importa estrenar como sea como sea. Exhibidores y distribuidores, unos se esconderán en los otros, tratarán de evitar ser señalados.

Largo viaje hacia la noche contiene en el título referencias literarias (la obra de O’Neill, con la que nada tiene que ver) que fueron cambiando durante el rodaje, y que de hecho cambian en el país de origen. Así su título en China es Último atardecer en la tierra en alusión a Roberto Bolaño. Aparte de las referencias a Patrick Modiano existente en el filme.

Eso, claro, desde el punto de vista literario, desde el pictórico habrá que pensar en Chagall y en cine desde David Lynch a… Vértigo. Como en el filme de Hitchcock, se trata de la búsqueda de la mujer amada desaparecida, quizá muerta, buscada a través de los recuerdos, quizá falsos, y del mundo de los sueños, el gran elemento dinamizador el filme: lo onírico.

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Película plagada de símbolos, de imágenes fantásticas nacidas de las pesadillas, dominada por el color verde de los vestidos (naturalmente Vértigo) de la mujer buscada, entroncada con las mujeres fatales del cine negro.

En estas idas y vueltas, mundos oscuros, irreales, ensoñados ¿dónde se produce la manipulación, inadmisible, del fraude?

Al comienzo, unas palabras aparecen en la pantalla, que naturalmente no se han traducido, dicen así: “Esta no es una película en 3D, pero por favor acompañe a nuestro protagonista poniéndose las gafas en el momento oportuno. Debajo del recuadro en el que aparecen esas palabras se dibujan unas gafas de 3D con el fin de que el espectador lo tenga claro. En el pase de prensa se repartieron las correspondientes gafas, en la mayor parte de los cines, no, ya que toda la película se ofrece en 2D”.

¿Cuándo tiene lugar la transformación, y de qué forma, del formato? A la hora y diez minutos de proyección el protagonista entra en un cine y se pone las gafas de 3D, invitando (?) al espectador a que haga lo mismo. En ese momento en la pantalla del cine aparece el título (por primera vez) de la película que estamos viendo y se inicia la última hora del filme todo él rodado en un impresionante plano de secuencia. Momento en el que se nos invita a nosotros, de mano del protagonista, a introducirnos (bajar, volar) en la pantalla. El cine y el mundo de los sueños. La inmersión final de una búsqueda donde lo eterno y lo efímero cohabitan.

Hay películas que pueden ofrecerse indistintamente en 2D y 3D, pero ésta deja claro que esa parte final debe ser proyectada en 3D. El no hacerlo así es un ataque, atentado a la idea que el director chino quiere transmitir. 60 minutos excelentes para terminar con el baile, giro de una casa, mientras surge el abrazo amoroso en giro rotatorio como el de Judy y Scottie en la habitación (Vértigo). El cine sobre el cine o dentro del cine. Alterado, evitando su magnificación, pero, en definitiva, vivo a pesar de quienes lo zancadillean o lo torpedean. 

Escribe Adolfo Bellido López

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