Editorial marzo 2019

  27 Marzo 2019

Miradas personales

bienvenidos-a-marwenLos estrenos siguen acumulándose semana tras semana, imposible de ver todo lo estrenado, de digerir las nuevas películas que llegan de aquí o de allá, de poder asumir cualquier ciudad española (no sé, incluso, cómo Madrid o Barcelona son capaces de asumir los nuevos filmes que nos llegan).

Algo que supone un problema por, al menos tres razones: no todas las películas estrenadas tienen interés (incluso muchas no poseen ninguno); el apartamiento de los filmes provenientes, en general, de las cinematografías menos conocidas; la imposibilidad de que muchos títulos lleguen a la mayoría de las ciudades o que se sostengan en cartel con una mínima decencia tanto de horarios como de días de proyección. Lo que implicaría la existencia también de una información debida por parte de críticas y análisis (imposible ante tal bombardeo fílmico).

Un problema que atañe también, aunque en menor proporción, a filmes de directores (al menos lo fueron ayer) comerciales. Por ejemplo el último filme de Robert Zemeckis, Bienvenidos a Marwen, ha pasado a tal velocidad que casi nadie lo ha visto. Godard y su maravilloso e inimitable El libro de imágenes (minoritario en sí mismo) se redujo en todos los sitios donde se estrenó (muy pocos) a unas pocas sesiones (en Valencia una semana, y sólo proyectado en una sesión diaria a las 16:30) junto a unas hojas que parecían invitar a los espectadores se abstuvieran de entrar. Nada se sabe de la película de animación japonesa Mirai, mi hermana pequeña del muy interesante realizador Mamoru Hosada (La chica que saltaba a través del tiempo, Los niños lobos, El niño y la bestia…)

En el año actual, 2019, parece que incluso se va a ir más allá del anterior en el que se estrenaron la friolera de más de ochocientos títulos, con una media semanal cercana a 14 filmes. A primeros de noviembre, en una semana, se estrenaron nada menos que 22 películas. Si a todo esto añadimos la oferta de las diferentes plataformas televisivas y de las cadenas de televisión, el caos, en el que se mueve y desarrolla el mundo de las imágenes, es generalizado.

Aunque, eso sí, hay que agradecer que alguna televisión rescate del olvido alguna película reciente y que, sorprendentemente, no se ha llegado a estrenar comercialmente, como ha ocurrido (ni siquiera, creemos, hay edición en DVD) con el pase en TVE1 de un curioso e interesante western muy reciente (2017), Hostiles de Scott Hooper, realizador de La ley del más fuerte o Corazón rebelde. No entendemos por qué no ha estrenado pues cuenta con dos buenos intérpretes, y conocidos, principalmente Christian Bale y Rosamunde Pike.

Acaso no se haya estrenado por ser un western, un género que no parece estar de moda. Un filme singular, con recuerdo de los grandes clásicos del western. Por sus imágenes se cuelan Jonh Ford (con el recuerdo de Centauros del desierto) y Anthony Mann. Y no sólo. Un western de trayecto físico e interior con la caballería por medio y el reconocimiento de los indios como iguales… Una película no genial, pero sí superior a muchas otras que han sido estrenadas comercialmente.

hostilesComo se puede comprobar, no existe ni rigor, ni una programación coherente y adecuada para regular todo el caos existente. Si nos ceñimos a los estrenos normalizados comprobaremos que en Madrid o Barcelona, donde se realizan pases de prensa para que los críticos puedan, con tiempo, dar cuenta desde sus medios sobre ellos, es imposible acudir a todos, ya que muy a menudo se solapan unos pases con otros. Y hay que escoger. Si los espectadores se encuentran con varias ofertas sin saber, salvo en esos títulos publicitados al máximo o presentados de forma edulcorada rodeados de sus (discutibles) premios, los críticos no digamos, aunque resulte más sorprendente comprobar que muchos títulos ampliamente publicitados en sus medios (digitales sobre todo) no son objeto de crítica.

Con tanto despiste, batiburrillo y descontrol no es extraño que películas de gran interés o mediano interés pasen directamente a convertirse en el mayor de los fracasos. Es lo que ha ocurrido con El gordo y el flaco, entrañable visión de los años de decadencia de la pareja, vista a través de la gira que realizaron a comienzos de los años cincuenta por Inglaterra.

No hacía mucho acababan de terminar su última, y mediocre, película en Francia (Robinsones atómicos). Ya no eran los de antes, al menos para los espectadores de esos años, aparte de aparecer una serie de imitadores o cómicos, muy inferiores pero más adaptados a los nuevos tiempos (?), como se muestra en ese momento, muy bien dado, de la visión por parte de Stan Laurel del cartel de una película de Bud Abbott y Lou Costello.

Un filme que comienza con una secuencia magistral, mostrando el inicio del rodaje de Laurel y Hardy en el oeste (1937), rodada en un espectacular plano secuencia para saltar a más de diez años después. Filme sobre la realidad de una amistad y un tiempo, donde se juega con la gloria del ayer y la realidad del hoy a través del protagonismo de los espejos, realizado con gran respecto por John S. Baird (Filth, el sucio), tanto que alarga innecesariamente su final con la reiteración en el recuerdo de la escena primera, de su presencia, en el baile, como sombras reflejadas en el escenario.

Pues bien, este filme acudí a verlo en un cine de versión original a las 18:30. Sólo estábamos en la sala ¡3 personas! Pobres Laurel y Hardy, en una película entrañable, dedicada a la hija de Laurel (Louis Laurel), arrojados hoy a uno de los mayores fracasados comerciales del presente año. Un inmerecido castigo para una película biográfica (dentro de lo real) sobre la amistad, el tiempo, el triunfo y el fracaso.

Ahora parecen estar de moda, desde la búsqueda de realidades impostadas o desde ficciones que esconden realidades, películas, y no sólo históricas (1). Muy pronto se estrenará Conociendo a Astrid sobre la vida de la escritora infantil, que creó obras como Pippi Calzaslargas, otra película sobre un personaje real. La muy discutible Green Book también va de historias reales como la excelente El vicio del poder, pero hay otra serie de títulos que esconden su realidad bajo la ficción.

No hace mucho veíamos The old man and the gun o The rider, donde los personajes funden la ficción con elementos personales, de manera que el filme deja de ser ficción para instalarse en algo personal, real dentro de la historia y de los personajes.

Eso mismo ocurre con el último filme de Pedro Almodóvar, Dolor y gloria, que habla de Salvador Mallo (excelente la interpretación de Antonio Banderas) en crisis, que termina rodando una película que es la misma que vemos. No sólo eso, pues la historia de Mallo se cruza con la del propio Almodóvar de modo que ambos personajes se funden en uno solo.

Filme sobre el cine y la búsqueda personal a través de los recuerdos solventados desde el azar, como una madeja que se enreda y desenreda. La última película del director manchego va sobre el cine y sobre la vida, el deseo, el primer deseo, sus obras anteriores, la amistad, la soledad y el tiempo. Recuerdos que se encadenan en una trama, como siempre, y aunque parezca una herejía, deudora de la obra de Hitchcock, en su estructura, sus saltos y sorpresas, sus madres amadas, ordenadoras e inmortales. Y es que todo su cine, aunque no lo parezca, se orquesta siempre desde una narrativa más cercana a la del director de Vértigo.

almodovar

También Clint Eastwood en su último y poco destacable filme Mula (uno hubiera preferido que hubiera cerrado su filmografía con Gran Torino), con tus toques reaccionarios y su, incomprensible, canto a la familia en toda la parte final, la importancia de tener una familia, es también un ajuste personal del propio actor-realizador de su distanciamiento personal de su familia. Algo que deja claro desde el momento que su propia hija hace el papel de la hija del protagonista del filme (el propio Eastwood).

Los trabajos, y andanzas de uno y otro, les han llevado a abandonar a los suyos y ahora, de vuelta de todo, es preciso reconocerlo, y tratar de salvar los muebles que se pueda. Si Eastwood es un director de cine aplicado en un trabajo por el que ha recibido premios y que incluso desea dejar atrás una etapa mala para volver a realizar grandes filmes, su personaje, su alter ego, es igual sólo que dedicado a sus plantas. Al final reconoce su error y siente haber abandonado a su familia, lo que le lleva a la reconciliación con la hija, interpretada en la película, insisto, por la propia hija de Clint.

Cine-ficción-realidad a veces difícil de separar porque, al fin y al cabo, el artista emerge a la obra desde sí mismo de forma más o menos clara. Ahí está el cine de Hitch y el Bergman, a través del cual se puede seguir la propia vida de sus autores. O como ocurre en el cine de Jean Luc Godard. Si indagamos, por ejemplo, en la primera parte de su obra (por ceñirnos a una etapa) nos encontraríamos con la narración de su relación (amor, separación, dolor) con su primera mujer, Ana Karina. O, como he analizado, en la sección El resplandor de nuestra revista, en la escena final de El libro de imágenes podemos intuir su despedida.

El cine unido a la vida y más allá de la vida. Búsqueda de  mundos, de realidades a través de las ficciones. Detrás de las historias contadas en imágenes hay alguien que nos las hace visibles, que son productos de un rodaje, como de manera perfecta muestra Almodóvar en la conclusión de Dolor y Gloria.

Escribe Adolfo Bellido López


Nota

(1) Entre los revivales históricos tenemos muy cercanos varios títulos: Cambio de reinas, La favorita o  María, reina de Escocia.

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