Editorial febrero 2019

  27 Febrero 2019

Libros de imágenes

el-libro-de-imagenesPues sí, las películas son libros que nos comunicaban imágenes, y con ello, las imágenes de aquí y de allá, filmadas en uno u otro sitio, la propia historia del siglo pasado y también de éste. Imágenes que relatan historias, que muestran hechos.

Las películas son como libros abiertos, que trasmiten desde un lugar a otro de la Tierra, desde la cámara más simple o con un simple teléfono móvil, un instante, una historia, reflejos de la realidad absorbida por la grabación. Está claro que eso no es la realidad, es la realidad que el cine hace posible, suya desde unos códigos y maneras propias, lo que lleva (al cine) a distinguirse de la literatura. Cine y literatura hermanados, pero no revueltos. Mundos distintos en su forma y expresión.

El último film de Godard, quizá su despedida del cine a los 88 años, acaba de estrenar en algunas ciudades españolas El libro de imágenes que va de eso: de imágenes y de historia. Su recorrido por el batiburrillo de imágenes crea la realidad del pasado cercano y del presente y nos prepara para un incierto futuro. Pero, por encima de ello, está la presencia de un Godard siempre innovando, buscando nuevas formas expresivas, mezclando imágenes de aquí y de allá, para hablarnos del mundo que tenemos y del que nos espera.

Quizá sea su adiós esta película tan incómoda y necesaria —como todo su cine— para el espectador cómodo, el cual al poco del comienzo lo más probable es que opte por marcharse del cine. Lo suyo serán quizá otros libros más simplones, elementales, machacones, libros al menos en el título, como ocurre con el filme que se ha llevado el Oscar a la mejor película en este disparatado Hollywod, sólo preocupado de cómo reducir el tiempo de la entrega tantos minutos para que el espectador no se vaya y pueda recibir todos los masajes cerebrales necesarios ofertados por la publicidad. Al fin y al cabo, quien manda y quien domina o nos domina.

Al menos podían, entre las poco importantes películas, nominadas a la mejor del año (dejo aparte por varias causas a Roma de Cuarón), haberse acordado de El vicio del poder o quizá, en menor medida, de Infiltrado en el KKKlan.

De la primera, interesante y curioso dilema entre vice y vicepresidente (menos mal que le dieron el Oscar, inapelable, al mejor maquillaje), bastaría para engrandecerla la escena final (pocos la habrán visto, ante la prisa de los espectadores por abandonar la sala, en cuanto se inician los letreros de crédito finales) allá detrás de todos los créditos y que, en su conclusión (segunda o tercera), plantea la realidad del momento actual, del cine, y del interés de los públicos, sobre todo de los jóvenes.

Mal regusto el de unos Oscar 2019: solo premian las buenas intenciones, tan blandita película ese Green Book, que a punto está de derretirse de puro caramelo con etiqueta de establecimiento de lujo. Parece ser que funciona la fórmula explotada en Paseando a Miss Daisy, oscarizada justo hace 30 años, aunque el mediocre título de Bruce Beresford se llevase un Oscar más que el de Peter Farrelly.

¡Quién iba a decir que el director de aquella cosa titulada Algo pasa con Mary iba a hacer una película de Oscar! Hay que estar chiflados (y no solamente tres) y ser tontos muy tontos (y no sólo una vez) para no descubrir las trampas este filme que atesora (y lo repetido de su discurso) en su excesiva longitud. ¿Cómo es posible que la brillantísima Academia de Artes Cinematográficas de Hollywood haya ignorado a títulos, en la nominación a la mejor película, de la calidad de El reverendo o de First man, por citar sólo dos vergonzantes ausencias?

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Eso sí, al menos los Oscar aceptaron en la mejor película de animación, la brillante e innovadora Spiderman, un nuevo universo.

Ya he indicado, y no voy a entrar en los pros y contra, ya en otros editoriales anteriores, lo que opino sobre Roma, pero si quiero insistir en una cosa; ese filme no sé ha visto como obra fílmica, al menos en su totalidad: la composición de los planos (en general muy elaborados) en función de una gran pantalla, hoy por hoy, no es adaptable a las dimensiones de un televisor o un reproductor de la plataforma Netflix, dueña de la producción y exhibición de la película de Cuarón (como lo ha sido de la última de los Coen, y mucho me temo que de El irlandés de Scorsese). Algo muy importante para el visionado de la obra en su totalidad.

De todas maneras, dentro de las luces y sombras, Roma, entre otros Oscar (también el de Cuarón como director, no olvidemos que es ante todo un realizador integrado en Hollywood) consiguió el de la mejor película extranjera. Personalmente prefiero Un asunto de familia de Kore-eda, pero al menos no se lo han dado a la muy meapilas polaca, culto al esteticismo y a la debacle narrativa (sobre todo en su segunda mirada), que es Cold War.

Por supuesto en esa lista de nominadas a la mejor película extranjera sería imposible que estuviera cualquiera de los últimos filmes de Godard. Al menos el Oscar —como a otros grandes que jamás recibieron la estatuilla— debía haberlo recibido por su obra, por lo que es y representa, por lo que supone buscar nuevos caminos de expresión en el arte cinematográfico.

cantando bajo la lluviaMuy clásicos los académicos del cine norteamericano (él que tanto alabó el buen cine de allá en su etapa crítica) se lo negarán viva los años que viva. Eso sí, su obra —para asombro de muchos— seguirá ahí, aunque como en el caso de Roma, algunos de sus filmes no nos lleguen o los veamos sin ser fieles al original. Es el caso de la muy reciente Adiós al lenguaje no vista, que uno sepa, en la mayoría de las pocas salas en que fue exhibida en 3D. Importante para contemplar cómo Godard jugaba con el formato en (falso) relieve, lo reinventaba.

De Godard, como he escrito al comienzo de este editorial, se ha estrenado ya en algunos cines El libro de imágenes. Luego se estrenará en (muy pocos también) otros sitios. A Valencia llegará el 6 de marzo. De todos los sitios en los que se estrena tengo que destacar uno: en Aranda de Duero la estrenan en su cineclub. Enhorabuena a ese valiente cineclub y al público de la localidad donde Juan Antonio Bardem rodó su, poco conocida pero estimable Nunca pasa nada (como si se tratase de otra visión sobre Calle Mayor).

Para terminar, dos lamentables noticias.

 La primera que una plataforma, Amazon, se niega a estrenar, y a cumplir el contrato que firmó con el director, el último filme de Woody Allen. La razón la buscan en esa especie de caza de brujas en la que todo es válido —incluso los hechos no estén demostrados— para cerrar el paso a uno de los realizadores más interesantes del cine norteamericano. Veremos qué consigue Allen con sus demandas a la todopoderosa Amazon.

La segunda, se refiera a la pérdida del gran Stanley Donen, la noticia de su muerte llegaba a pocas horas de iniciarse la gala de los Oscar. Espero, no vi la retransmisión de la ceremonia, que se acordaran de él, de lo que es y representa su obra dentro del cine americano.

Fue uno de los grandes renovadores del musical. De él aprendieron artistas como Bob Fosse. No sólo hizo grande el musical y lo innovó, también realizó excelentes películas en otros géneros y estilos. Ahí están entre sus maravillosos títulos Un día en Nueva York, Una cara con ángel, Siempre hace buen tiempo, 7 novias para 7 hermanos, Indiscreta, Charada, Dos en carretera… y sobre todos ellos ese maravilloso monumento que es Cantando bajo la lluvia. Un film, éste, sobre las películas y su mundo, sobre las imágenes que reproducen un momento de una historia, imágenes en movimiento de un lugar y un tiempo

Escribe Adolfo Bellido López

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