Editorial diciembre 2018

  28 Diciembre 2018

La guerra de las plataformas y formatos

la-balada-de-buster-scruggs-1De la misma manera que Movistar+ apuesta por las series (y también entra en la producción de algunos filmes españoles), Netflix apuesta por producir películas a directores de renombre. Y de estrenar esos títulos a través de su plataforma. Eso sí, Venecia se permitió el lujazo de pasar dentro de la sección oficial en su último certamen cinematográfico Roma, de Alfonso Cuaron, e incluso conceder a la película el gran premio. Cannes se había negado a pasar cualquier título realizado para las plataformas televisivas. Surgió la discusión entre los partidarios y detractores de la medida.

¿Estamos ante un nuevo concepto de producir, realizar y exhibir películas? ¿Desapareen con el tiempo las salas de cine? Es difícil saber lo que nos deparará el futuro. Eso sí, sabemos que un rodaje digital consigue un gran calidad debido a los grandes avances tecnológicos. Y en eso Roma resulta ejemplar al haber sido rodada con una cámara digital de 65 mm, lo que permite una excelente calidad en un formato amplio de pantalla.

Cuaron decidió unirse al proyecto de Netflix como también los hermanos Coen utilizando también un formato digital con una imagen de 1.85:1 (La balada de Buster Scruggs) frente al 2.35:1 de la Roma de Cuaron. Y con una plataforma como Netflix y los formatos comienzan los problemas.

Mientras algunos festivales internacionales de cine se niegan a admitir películas producidas y diseñadas para las plataformas televisivas (caso Cannes), otros no sólo las admiten sino que además —como en el último festival de Venecia— conceden el primer premio a Roma.

La discusión/controversia vendría fundamentalmente de los sistemas de grabación (y  a continuación habrá que hablar de los sistemas de emisión), hoy ya sin demasiado sentido ya que actualmente casi la totalidad de las películas se ruedan en formato digital, de la misma manera que la mayor parte de los filmes de animación (y no digamos los efectos especiales) son informáticos. Excepciones existen en ambos casos. Recientes están los casos de Lazzaro feliz y Entre dos aguas, ambas rodadas en cine y en formato de 16 milímetros. En el caso de la animación hay excelentes ejemplos de estudios que siguen utilizando las técnicas tradicionales como, entre otros, Ghibli (Japón), Aardman (Inglaterra) o Laika (Estados Unidos).

De todas maneras aquí, en la existencia de las formas de realización, el enfrentar (de forma a veces absurda), no existe discrepancia a la hora de juzgar/valorar la supremacía de unos frente a otros. El problema es otro y se refiere tanto al medio que produce como, más fundamental, el destino de lo realizado.

En el caso, por citar el ejemplo más fehaciente, de Netflix y las películas realizadas por los Coen y Cuarón, la cosa es mucho más compleja. No son series televisivas como lo son La peste, Juego de tronos, Castle Rock, El día de mañana, Gigantes y las muchas más que se encuentran en las diversas plataformas televisivas y cuyo problema no es su existencia sino su abundancia y su ansia por seguir sacando onzas de oro de un pozo sin fondo al no sólo unir capítulo tras capítulo sino temporada tras temporada.

Son series, independiente de que directores más o menos conocidos hallan intervenido en varias de ellas (Farhadi, Daldry, Lynch, Urbizu, Alberto Rodríguez…), la cuestión es lo interminable de la misma o el reconvertir una serie en otra, como ha ocurrido con la interesante The good wife que ha pasado a reconvertirse en The good fight.

De una manera u otra son series, que en cierto modo no hacen sino repetir el esquema de los filmes de jornadas o de las franquicias. Pero ¿qué ocurre cuando la película, el producto televisivo o cómo se quiera llamar es de una sola entrega, con una duración más o menos afín a la de esa película que se proyecta en una sala cinematográfica? ¿Cómo aunar los intereses económicos de una competidora (la plataforma) cuyos fines no están claros con la de los exhibidores o con las de las productoras/distribuidoras de los filmes?

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La batalla del digital está ganada —y perdida por el celuloide—, porque la mayor parte de las películas ya se ruedan en digital. Y, no sólo, ya que las proyecciones en las salas son digitales.

En el caso de las películas de los Coen y de Cuaron existen más problemas, al menos dos, ambos inherentes a la exhibición: uno referido a cuestiones económicas y de disputa por la forma de acceder y de ganarse a los espectadores, y otro centrado en la forma de exhibición.

La primera, de ambas cuestiones, se ha ¿resuelto? de momento con la negativa de los exhibidores a proyectar en cines o comprar (para su distribución) esas películas (¿presión también de las distribuidoras en los festivales para evitar proyectar películas producidas para —más que por— las plataformas televisivas?).

Mientras la película de los Coen ni fue anunciada para ser estrenada en cines, la Roma de Cuarón se publicitó que una semana antes de su colocación en Netflix se estrenaría en cines selectos. Esa selección en España se redujo a los Verdi de Madrid y Barcelona y durante la semana anterior a su pase a la plataforma productora.

Ahora bien, a este problema se añade otro más importante: la proyección propiamente dicha, su calidad, su formato. Al comienzo de este editorial he indicado que mientras La balada de Buster Scruggs se adecúa a un formato 1.85:1, Roma lo supera llegando a un 2.35:1, pero además habiendo sido rodada con una cámara digital que abarca los 65 milímetros. Formatos y calidad que, hoy por hoy, un televisor por grande que sea no puede conseguir. Son formatos que precisan hoy una gran pantalla con una proyección de gran definición, lo cual se pierde vista en un televisor, aunque sea de gran pantalla.

Mucho más elocuente es ese déficit en la rebuscada fotografía (tomada en color y trabajada en su pase a un brillante blanco y negro) de Roma, debida también al propio director, Alfonso Cuarón.

roma-0En principio el filme de los Coen iba a ser una serie sobre el western. No sé cuáles fueron las razones que les llevaron a reducir la serie a un largometraje compuesto por seis episodios de dirección tan variable como irregulares en conjunto. Quieren, al estilo de La conquista del oeste, abarcar diferentes personajes y situaciones típicas del  western. Así, cada episodio tiene un protagonista: el pistolero, el bandolero, el buscador de oro, las caravanas, los espectáculos ambulantes, la diligencia.

Por todos ellos quedan diseminados diferentes homenajes a directores, tipos y paisajes: el cantor de baladas, los indios, la mujer que desea llegar y asentarse en otro lugar por medio del viaje en una caravana, el pistolero impoluto con su traje blanco, los diversos viajeros de una caravana, los paisajes de las películas de Ford (y no sólo referido al director de Centauros del desierto), el Leone de Por un puñado de dólares (el banquero recubierto de hojalata para evitar los disparos del bandolero), a Tarantino, a Tex Avery… y mucho más.

Algunas partes son mejores que otras. Algunos son meros apuntes. Otras se reducen a meras anécdotas. Unas tienen su gracia (las dos primeras), otras son meramente descriptivas e, incluso, alguna está de sobra o resulta fallida (la de las representaciones por los pueblos). Irregular para concluir en ese viaje en una diligencia en la que se señala la muerte del género o, quizá, su renovación. Sobre todo queda la brillantez de sus paisajes, sin apreciarla como se debe, debido al sistema en el que se visiona, de una composición precisa en función de lo que se narra, coherente y, si se quiere, simplista en su ansia de no ponerse por encima de lo narrado, como se demuestra sobre todo en el episodio de la caravanas o en el del buscador de oro. 

En Roma, Cuaron quiere llevar a cabo una crítica (en la confrontación de clases sociales), una crónica (de una época) y una visión personal (pero distanciada) de su propia infancia a través de los recuerdos de una de las chachas que sirvieron en la casa cuando él era pequeño. Demasiados caminos para llegar a conseguir lo que algunos críticos presurosos han llegado a calificar de obra maestra. También dijeron maravillas de uno de sus anteriores filmes, Gravity, cercana a una práctica de diplomatura en una escuela de cine (como ocurre con un título reciente: el filme danés The Guilty).

El problema de Roma no es la sencillez con la que quiere pasar de lo individual a lo colectivo, sino la simplicidad de sus planteamientos, tanto en lo simbólico como en el forzamiento de una planificación hecha para demostrar que estamos ante un gran realizador y… una gran película. Ejemplo de ello el socorrido, y alargado, uso del agua como símbolo o algunas secuencias tan elementales como la del coche entrando en la casa, con una potenciación (otra vez simbólica) de los excrementos del perro… con lo que se conduce al espectador hacia el hecho que va a ocurrir.

Roma es mejor que el filme de los Coen, pero ambos títulos son irregulares y con excelentes momentos. Por cierto el célebre plano (cartel anunciador del filme) de los niños, señora y chacha (excelente la actriz no profesional, en realidad maestra) es un dechado de… estética gratuita ante ese sol que se va poniendo y que justo dan los rayos en el centro del grupo. Tan forzado como los aviones-símbolos que cruzan el cielo.

Con todo, tiene momentos conseguidos y algunos muy hermosos, sabiendo, de forma aislada, unir la crónica de una época (la matanza de los estudiantes) con la historia de los personajes.

Lo peor es su sistema de visionado. Es un filme que requiere ser visto en una gran pantalla por lo cuidado de los encuadres, en ciertos momentos rebuscados, su dimensión espacial. Una pena.

No todo el cine, o como se quiera llamar, está producido por HBO, Movistar+, Netflix, Amazon y demás plataformas, hay otro que sigue teniendo como depositario una pantalla de cine. Cine muy bueno, bueno, regular y malo. Y dentro de este cine bueno ahí, como demostración está el último gran cine realizado por Kore-eda, Un asunto de familia (título original: Ladrones de tiendas). Sin subrayados, con un dominio de la imagen, del fuera de campo, de la elipsis construye un maravilloso filme.

El cine, realizado para ser proyectado en las salas de cine, no ha muerto. Sigue vivo. ¿Morirá alguna vez? De momento, en el final de un año y comienzo de otro, le deseamos larga vida.

Escribe Adolfo Bellido López

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