Editorial mayo 2018

  30 Mayo 2018

I soliti ignoti

el-taller-de-escritura-2Han tenido que pasar más de veinte días para que una importante base de datos fílmicos, como es IMDB, se enterase del fallecimiento de Ermanno Olmi (1834-2018), y lo incluyese en su filmografía. Es un ejemplo fehaciente de lo poco que ha supuesto su desaparición, que lleva implícito el interés mostrado por muchos medios, y en especial los cinematográficos, por el director italiano, ignorado desde hace años a pesar de que seguía trabajando en películas personales, de escaso presupuesto y poco o nada conocidas, condenadas en nuestro país a no ser estrenadas. Los panegíricos que acompañan las desapariciones de cineastas de renombre, constantes en los últimos meses, en el puesto que sean, no han acompañado sino desde el silencio esa triste noticia para el mundo del cine.

No hace tanto, a pesar de su avanzada edad, que Olmi estuvo en España para acompañar el homenaje que el festival de cine documental de Pamplona dedicó a su obra. Y no sería por la brevedad de la misma. En total ha realizado cerca de noventa películas, entre cortos y largometrajes, entre ficción y documental, bien para el cine o la televisión, y en ningún momento ha dejado su profesión, de hecho en 2017 realizaba Vedete, sono uno di voe. Lo último que nos llegó de él fue la excelente 100 clavos (2007), estrenada casi de forma clandestina en España. Desde ese momento hasta el filme citado de 2017 ha dirigido ocho títulos, que, claro está, nos son totalmente desconocidos.

Bastantes cinéfilos y algunos de esos que se llaman críticos, probablemente no sepan ni siquiera que existiera tal director, su saber, su visión del cine no llegaba al conocimiento y visión de su importante cine, reducido por muchos a El empleo, el primer largometraje que nos llegaba de Olmi, realizado en 1962, premiado con la Espiga de Oro en el certamen vallisoletano de aquel año, donde se presentó y fue recibido con bastante frialdad.

Era un filme sencillo, simplificado en su lenguaje, adherido a la corriente documental, desde la ficción narrada, que afloraba en los muchos cortometrajes anteriores que venía realizando desde 1953, y al que había precedido en el tiempo otros largometraje, ese sí el primero, Il tempo si è fermato (1959).

De manera también restringida se llegó a estrenar I fidanzati (1963) antes de poder estrenar a lo grande su visión sobre una cierta historia de su país a lo largo del siglo XX, El árbol de los zuecos, 1978, con la que ganó el primer premio del festival de Cannes. Filme atacado por cierta crítica al ser considerado la contestación cristiana, o la otra cara, a la visión comunista dada por Bertolucci en Novecento, 1976. No se le perdonaba a Olmi el expresar con sencillez, desde casi un acercamiento documental, su película impregnada desde su propia ideología cristiana, que le había llevado unos años antes a realizar Ha llegado un hombre, 1965, una película sobre el Papa bueno, Juan XXI.

En 1988 recibió el primer Premio en el Festival de Venecia por su excelente, La leyenda del santo bebedor, un ejemplo de cómo adaptar una buena novela, en ese caso de Joseph Roth, al cine. Una novela muy difícil, sobre el papel, de ser llevada al cine. Ni por esas, la soberbia película de Olmi sirvió para considerarlo no sólo lo que era, uno de los grandes realizadores, sino para llegar a ser conocido y valorado en su justa y enorme medida.

Con Olmi se pierde uno de los grandes realizadores del cine italiano, adscrito a las teorías expresadas, en gran parte, por el neorrealismo, en la unión documental-ficción reflejada a lo largo de una larga obra. Con la desaparición de Olmi, uno de esos grandes directores de cine desconocidos de siempre, se pierde también otro tipo de cine, el que representa a los buscadores de un acercamiento a la realidad desde unos trabajos personales alejados de los grandes estudios.

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No ha sido la única desaparición de cineastas, cercana y abundante en los últimos meses: no hace tanto, también poco aireada su falta, nos dejó Stéphane Audran, quien fuera una de las esposas de Claude Chabrol, intérprete de varios de sus filmes y que había intervenido como actriz en más de cien títulos.

Además, dos hombres de nuestro cine, emparejados por su labor en varias películas. Se trata de Antonio Mercero y Horacio Valcarcel, que se despidieron de nosotros casi el mismo día (Horacio el 8 de mayo y Antonio el 12) pues bien cuando escribo esto, finales de mayo, aun el dato de la desaparición de Horacio sigue sin aparecer en IMDB, formando parte de esa nómina (a la que también pertenece Olmi) de los I soliti ignoti: por citar el titulo original de la película de Monicelli que aquí se estrenó como Rufufú, para adscribirla al éxito de Rififi de Dassin, y destrozando su magnífico título original: los desconocidos de siempre.

Ambos cineastas españoles forman pate, además, de una forma u otra de mi vida personal. Antonio Mercero, grandote y bueno, era una de esas personas ligadas al grupo de la revista Cinestudio más por amistad que por escribir en la misma. Una revista en la que escribían Garci y Giménez-Rico y en la que comencé mi labor crítica en los años sesenta. Luego a esa revista, y entre los que aún caminamos por este mundo, se unirían Carlos Losada, Heredero o Pumares.

Una revista, tal como he escrito en alguna ocasión, era una especie de cajón de sastre donde todo y todos teníamos cabida, frente a la deriva cahierista con ribetes derechistas de Film Ideal y los planteamientos izquierdistas de Nuestro cine. Algunos pudieron creer que los críticos de Cinestudio éramos curatas o gente de iglesia debido a que el director era José María Pérez Lozano, autor entre otros de un libro titulado (más o menos, ya que cito de memoria) Un católico va al cine y que entre los empresarios de la revista se encontraban algunos jesuitas de pro. Pero, la verdad, es que a nadie de los que allí escribíamos, o que nos reuníamos para hablar de cine, en aquel bajo de la calle Hermosilla, se nos pedía ninguna adscripción ni religiosa, ni política.

Éramos todos hombres como ocurría en la mayoría de las revistas de entonces, aunque en algún momento se tuviera relación, por diversas razones, con periodistas como Maruja Torres. Hoy, muchos ya se han ido para siempre (Pérez Lozano, Fernando Moreno, Mamerto López Tapia, Martínez Montalbán, unido, este último, durante muchos años a nuestra revista Encadenados).

Antonio Mercero era una habitual de nuestras conversaciones en los comienzos del verano de 1966 entre sus estancias en Madrid, en viajes de ida y vuelta a Santander o a Guipúzcoa para pasar unos días con su mujer. Recuerdo como vivimos el mundial de Inglaterra en aquellos días de junio y julio, al tiempo que decía no gustarme su cine, bueno el poco que había hecho como era su película fin de carrera en la escuela de cinematografía Trotin Troteras, 1962, o su primer largo Se necesita chico, 1963, que logró, con mucha dificultad, estrenarse y no en todas las ciudades años después de su realización.

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Eso sí, sus dos películas tenían como claro referente el cine cómico, hablamos de Chaplin, de Keaton, de Lloyd, de Jerry Lewis, de Tati y hasta de la presentación entre nosotros de Richard Lester con ¡Qué noche la de aquel día!, que apreciábamos más que Help!

Luego, con mi marcha de Madrid, no tuve más contacto directo con Mercero que a través de algunos correos o su aceptación de escribir un artículo para el libro que escribí sobre Patino. Siempre amable, amigo, buena persona.

No le encumbraron los éxitos que le dio la televisión con sus series (Crónica de un pueblo, Verano azul, Farmacia de guardia) a la que se abrió después del bombazo de su mediometraje para TVE que tantos premios, y conocimiento, le dio, La cabina, que escribiera con Garci.

En cine también realizó varias películas. Intentó sin demasiada fortuna dirigir cine policiaco, no era lo suyo,  Manchas de sangre en un coche nuevo, 1975. Menos suya sería incluso Las delicias de los verdes años, 1976. Luego vendrían entre otros largometrajes, La guerra de papá, 1977, adaptando a Delibes, y donde estaría también como guionista Horario Valcárcel, quien también escribiría junto a Antonio varias de sus aventuras televisivas (Verano azul, Farmacia de guardia) y le acompañaría en otras películas que dirigiera, tales como Espérame en el cielo y La hora de los valientes, probablemente su mejor película.

Luego Mercero realizaría las dos últimas: Planta 4ª y ¿Y tú quién eres?, la primera sobre los niños con cáncer y la segunda sobre el alzhéimer, curiosamente (¿sabía ya que lo padecía?) la enfermedad que se le detectó entonces. Desde ese momento (2007) se retiró totalmente. Se negó, o se negaron sus familiares a convertirlo en una marioneta que acudiera a homenajes o eventos, por ello fueron sus hijos los que recogieron el Goya especial que recibió por la totalidad de su obra. Un gesto de dignidad propio del hombre bueno que fue Antonio Mercero.

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Horacio Valcárcel, aunque no le conocí en las reuniones, también debió tener relación con Cinestudio y de ahí vino la posterior amistad con Garci, que le llevó a ser guionista de la casi totalidad de sus películas.

Con Horacio tuve un pequeño encontronazo con Garci debido al mismo artículo que a ambos se nos había encargado para Nickelodeon, pero Horacio no tuvo culpa de ello. No solo eso sino que declinó hacerlo. Era sobre Suspense de Clayton y lo publiqué en el número de la revista dedicado a Deborah Kerr.

Horacio intervino como guionista en casi todas las películas de Garci y varias de Mercero. Dirigió varios cortos y un largo, Miguelín, que no se si llegó a estrenarse.

Aunque eso de estrenarse películas ayer y hoy sea el pan nuestro de cada día. Películas importantes, y ahora no por problemas de censura digamos eclesiástica, pero sí debido a otro tipo de censura, aquella ordenada por las productoras y orquestada por exhibidores, hasta el punto que no sólo ignoramos, en general, muchos títulos importantes realizados en otras partes sino que también se impide su llegada a muchas ciudades españolas.

Dicen, por ejemplo, que Valencia es una ciudad muy cinematográfica. Una leyenda urbana, al igual que otras muchas, porque la verdad es que a la ciudad del Turia no llegan muchas películas que se estrenan. Por ejemplo, tras al desastre comercial que supusieron las dos primeras partes del filme portugués Las mil y una noches, se dejó sin estrenar la tercera, y última parte, mientras que, por citar algunos de los más recientes, La fábrica de nada, Playground, El león duerme esta noche o Niñato siguen sin llegar, al tiempo que otras importantes tienen un estreno restringido o desaparecen del cartel rápidamente.

Citemos dos títulos entre muchos: Amante por un día o Hannah. Ellos como muchos otros también forman parte de la gran comitiva de los I soliti ignoti, mientras se estrenan películas de fácil digestión para los espectadores o fallidas a pesar de sus buenas intenciones.

Eso ocurre, por citar dos ejemplos, con La mujer que sabía leer, opera prima de Marine Francen (mucho mejor dentro de la idea del filme su título original, Le semnteur), o la nueva película del director de La clase o Recursos humanos, Laurent Cantet, El taller de escritura, ahora bien en este (fallido) filme hay algo digno de ser citado: el homenaje que en un momento de la película Cantet realiza a la primera película de la historia del cine, La salida de los obreros de la fábrica, de los hermanos Lumière, al incluir la salida de los obreros de los astilleros (ya cerrados) cercanos a Marsella, donde trascurre el filme. La planificación (plano general y sin corte),  posición de cámara y puesta en escena se asemejan a la de los hermanos Lumière. Y es que, con todo, el cine sigue, y seguirá, vivo hecho realidad en las miles de películas imperecederas realizadas a lo largo de su historia.

Escribe Adolfo Bellido López

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