Editorial marzo 2018

  31 Marzo 2018

De los premios del cine a la censura de la televisión

la-forma-del-agua-21Prácticamente todas las pomposamente denominadas academias cinematográficas, a imitación de los Oscar, han dado ya sus premios. A la espera de concederlos, casi a finales de abril, se encuentra Alemania. ¿Qué han dado de sí estos premios? Mucho o poco según se mire.

América con los Oscar e Inglaterra con los BAFTA han jugado sus bazas. Si en los Oscar se ha premiado a Guillermo del Toro y su discutible cuento La forma del agua, con reminiscencias de La mujer y el monstruo, quizá por su aire mexicano (unido, en este caso como en Inglaterra, al pixariano Coco), Inglaterra ha optado por defender más lo propio, es decir lo realizado por un inglés, premiando Tres anuncios en las afueras. Ni una, ni otra son grandes películas, una de las mejores, si no la mejor, nominada, en ambos países se tuvo que contentar con premios de consolación. Nos referimos, claro, a El hilo invisible muy por encima de esos dos títulos. Y faltan otros que ni siquiera fueron nominados.

Tanto los Oscar como los BAFTA coincidieron en los premios a los intérpretes, en ambas categorías, o sea: a la excelente Frances McDormand que, ni con mucho, alcanza en Tres anuncios en las afueras su mejor interpretación, al estar, en este caso, carente de matices. Es, al igual que la concedida al mejor actor secundario (Sam Rockwell) por el mismo filme, una actuación fácil y aparentemente excelente. La verdad es que sus personajes, de poco más de una pieza, no dan para mucho más.

Indiscutible, por el contrario, en la interpretación de Alison Jannay (por Yo, Tonya) como mejor actriz secundaria. Excelente en el papel de madre impositiva. También es muy buena, al igual que siempre lo suele ser, la de Gary Oldman dando vida a Churchill en El instante más oscuro.

También coincidimos todos en que lo mejor de la película de Del Toro es el Oscar y el premio del cine inglés para la banda sonora de Alexandre Desplat por La forma del agua. Sorprenden en ambos certámenes los premios a la mejor película extranjera, en Inglaterra por el retraso en estrenarse la premiada, el filme chino (muy interesante), La doncella de Park Chan-wook, director que se mueve entre su país y Estados Unidos; y en los Oscar por habérselo concedido a un filme chileno con el que pocos contaban, Una mujer fantástica, curiosamente días antes recibía en España el Goya a la mejor película iberoamericana.

Por las salas de nuestros cines pasó sin el reconocimiento que se merece la película francesa que obtuvo el primer premio en sus galardones, el Cesar, 120 latidos por minuto. Ahí se premió como mejor película extranjera el excelente filme ruso Sin amor de Andrey Zwyagintsev (Leviatan).

Lo mismo que en Inglaterra el mejor documental se consideró I am your negro. Filme muy próximos a estrenarse aquí (el cine europeo que mejor nos llega es sin duda el francés, quizá porque es el de mayor producción y calidad realizado actualmente en Europa) son Barbara, por la que Jeanne Balibar ha sido considerada la mejor actriz, y Le grand Merchand Renard et autres contes, mejor filme de animación.

Los premios del Cine europeo (altamente discutibles) fueron para The square al igual que se le concedió el Goya al mejor filme europeo como si no se hubieran estrenado títulos europeos mejores por acá. El premio europeo a la mejor opera prima fue para la inglesa, muy correcta, Lady Macbeth. España resultó galardonada en Europa con el premio al mejor cortometraje, Timecode de Juanjo Gímenez Peña, que había ganado ya el año pasado tanto el premio al mejor corto en el festival de Cannes y el Goya en su categoría.

Por su parte los Goya premiaron a un discutible título español, La librería, aunque la directora lo merezca, la incansable e inagotable Isabel Coixet, capaz de rodar en el Polo Norte, en Estados Unidos, Japón o donde sea. En este caso ha optado por hacer un filme sobre la novela de una autora inglesa y que se desarrolla en Inglaterra, desoyendo los tantanes que encumbraban a la excesivamente valorada (y consentida) Verano 1993 a las alturas. Se conformó con el premio, entre otros, a la mejor ópera prima.

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Un filme vasco, Handia recibiría bastantes galardones, enmendando su fracaso en taquilla, mientras que Rodrigo Sorogoyen se llevaría el premio al mejor corto por su inquietante Madre cuyo defecto, de serlo, es parecer una secuencia de un largometraje. Se echó en falta en los Goya una mayor valoración de Verónica, uno de los mejores filmes españoles realizados en el pasado año.

Si echamos un vistazo a los premios del cine italiano, los David de Donatello, nos encontramos con títulos y directores totalmente desconocidos para nosotros y es que el cine italiano, aquel gran cine italiano de hace años, ha dado paso a una producción de no demasiado interés o al menos que no logra conectar con los gustos de los exhibidores. Ammore e malaviata, un musical (sí, como suena) sobre la mafia se la consideró como la mejor película italiana del año.

Y mientras los focos de los premios se apagan (aunque estén a punto de encenderse los del cine alemán), aquí, en los cines se ha vuelto a asentar la monotonía de unas obras no demasiado destacables, aunque en algunos encontramos ciertos apuntes, rasgos interesantes.

Procedentes de la última Seminci de Valladolid, donde ganó el premio que concede el público, nos ha llegado el curioso filme libanés, El insulto. Película que estuvo nominada al Oscar después de haber ganado el premio de interpretación (al actor que interpreta a un palestino) en el festival de Venecia.

Una historia simple, el enfrentamiento entre dos personajes de entidad muy distinta: un cristiano libanés y un palestino) sirve de parábola para hablarnos de la complejidad del país, de su conflicto. Nada maniquea desde su tono parabólico, el filme nos habla de la deriva de un país, de su complejidad y enfrentamientos así como del peregrinaje de un pueblo, el palestino, tratando de encontrar un lugar donde vivir.

Efectiva y sencilla, recurre a un elemento propio de parte del cine americano, un juicio, para enfrentar a unos personajes y a una sociedad. División que, incluso, desde la elementalidad del filme se traslada a un padre y a una hija en los papeles de fiscal y defensor del caso. De cierta manera se puede ver como un epílogo, por supuesto sin su calidad, de la sobresaliente Incendies.

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Ahora también, y de un país del entorno, se estrenará otro filme denuncia, El Cairo confidencial, que obtuvo el primer premio en la última Seminci, en la que también desde modelos de un cine conocido —el policiaco en este caso— se trata de mirar hacia la realidad egipcia.

El cine del norte europeo nos trajo Thelma, un filme relativamente maldito ya que ha visto retrasado su estreno en más de una ocasión y que su salida a salas tampoco ha sido espectacular.

Del director noruego, Joaquim Trier, nos habían llegado ya dos películas. Las dos con un cierto interés pero ninguna capaz de hacernos sentir la calidad de una obra acabada. Eran Oslo, 31 de agosto y El amor es más fuerte que las bombas. Películas sobre soledades, formas de encontrase los personajes en unos ambientes desolados.

Thelma introduce, en la línea anterior, elementos fantásticos, donde el misterio quiere unirse al devenir de un personaje que trata de encontrar su verdadera identidad coartada de raíz por una educación represora donde una religión restrictiva lleva hacia una posible destrucción.

Tal como alguien ha escrito, es un cruce entre entre Carrie y Camino, con algún guiño lejano a La mujer pantera (escena de la piscina), y que, por momentos, nos lleva a recordar Verónica, termina por quedarse en tierra de nadie por sus simbolismos y referentes freudianos. Una unión, por otra parte, entre lo (inverosímil) fantástico y la realidad que termina (al matar al padre-Dios) de forma interrogativa en la unión fantástico-realidad. La fuerza de algunas imágenes no es suficiente para llevar a su máximo esta historia de identidades personas y sexuales.

Frente a la película del joven Trier (1974) aparece una nueva, y sin sorpresas, del veterano Robert Guédiguian, La casa junto al mar, nuevamente centrada en los espacios que tan bien conoce —la ciudad de Marsella—, vuelve con sus actores de siempre para hablarnos de tiempos y compromisos.

Nada nuevo, quizá, como máximo, una reflexión sobre el pasado combativo y el presente parado, que quizá pueda recuperarse desde otras formas. No añade demasiado al filme la presencia de algunos personajes (los dos jóvenes, en especial el joven enamorado desde niño de la actriz) aunque algunas de las escenas con la presencia del ingenuo enamorado (la escena de amor en la casa) estén muy bien construidas.

Al final, en esta búsqueda de las ilusiones perdidas, entra en escena, introducido poco a poco, el tema de los emigrantes con la presencia de los niños. Son, con todo, pese a lo forzado de esa presencia, los momentos que centran la forma de ser, la esperanza de lucha que se refuerza en la bella escena final, simbolizando en el último plano, con el movimiento (el signo de vida) del padre inmóvil, la puesta en marcha de la vida, de su sentido, de la lucha en los nuevos tiempos.

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Estamos en el comienzo de la primavera. Con ello ha llegado la Semana Santa y la Pascua. Creíamos que eran historia del pasado, aquellos tiempos donde las películas bíblicas existían, pero vuelven. Dos películas en cartelera actualmente nos traen personajes bíblicos, otras anteriores han aparecido pagadas por comunidades religiosas, más hacia adelante espera un nuevo Sansón.

Desde otro punto de vista también directores como Aronofsky (y Malick tampoco anda muy lejos) se sumergen en temas bíblicos (Noe, Madre! o, incluso, desde lo simbólico, y no sólo, en El luchador), sin olvidar que Scorsese o Schrader también se han adentrado en esos mundos.

Suponemos que en la semana santa, en la que ya estamos, TVE y otras televisiones, de obispos o no obispos, volverán a repetir Quo Vadis, Ben-Hur o títulos semejantes. Eso sí, olvidarán El evangelio según san Mateo de Pasolini.

Puede ser, de todas maneras, que podamos encontrarnos con alguna sorpresa, como la ofrecida hace unos días por la tremendista, ocultadora, manipuladora Televisión Española. Nada menos que censuró, en la 2, sí como lo leen, dentro del espacio Historia de nuestro cine, una parte de la muy conservadora La señora de Fátima (1951) de Rafael Gil.

Concretamente el supuesto mensaje de la Virgen sobre la maldad de Rusia y la necesidad de rezar para que se convirtiese. Se proyectó el mismo día que, curioso, Putin ganaba nuevamente las elecciones. Sorpresa total de una televisión que creíamos sólo se dedicaba a censurar las corruptelas del partido del Gobierno y de sus brillantes gerifaltes obteniendo títulos universitarios a go-gó.

Pero, se sabe, que aún, antes de dar su brazo a torcer, nos quiere sorprender. Cosas veredes…

Escribe Adolfo Bellido López

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