Editorial febrero 2018

  26 Febrero 2018

Caza de brujas

el-hilo-invisibleEl mundo acá y allá está siendo sometido a una caza de brujas. Ya lo dijo hace unos días Woody Allen, también la cosa va con él: «me parece bien que se denuncien los acosos pero me temo que todo ello pueda llevarnos a una caza de brujas».

Las cazas de brujas son diferentes y diversas. Por ejemplo, en España la persecución actual —¿vamos hacia atrás?-- contra la libertad de expresión de artistas en diferentes medios. Escritores, artistas, cómicos, cantantes son censurados e incluso acusados de haber escrito, dicho, dibujado, cantado, representado obras que… no gustan al poder. Y el poder tiene demasiados brazos.

Aquí, en nuestro país, es un hecho que viene siendo frecuente en esta larga travesía vivida con un gobierno gaviotero irrelevante y torpe. Los valencianos sabemos, aunque algunos prefieran ignorarlo, mucho de ello. Aquí una exposición fotográfica que tuvo lugar en un espacio de Diputación ya sufrió las iras, con obligación de suspenderla, de unos gobernantes dilapidadores, egocéntricos y farfulleros, sin darse cuenta —ni en ese momento, ni antes, ni ahora— que esas censuras terminan por producir un efecto boomerang: muchos, que desconocían la existencia de tal obra, de tal persona, pasan a conocerlo.

Hace años, en los tiempos del franquismo, los censores —¿quiénes eran ellos para impedirnos ver tal o cual cosa? ¿Cómo podía ver alguien, algo que a los demás se les negaba?— hicieron una labor endiablada impidiendo llegasen libros o películas importantes. O si llegaban lo hacían de manera manipulada.

Todos sabemos lo que ocurrió, en cine, con, por citar algunos casos, Ladrón de bicicletas (añadiendo al final una inexiste voz en off —aún aparece en las copias dobladas del correspondiente DVD conteniendo el doblaje primitivo—, que trataba de dar un sentido, para nada presente en el filme, digamos, positivo, esperanzador, a lo narrado), Mogambo (convirtiendo un matrimonio en hermanos), El puente de Waterloo (la protagonista, una prostituta, era reconvertida en actriz), La piscina (se ponía al final un plano anterior para dar la sensación que los protagonistas iban a ser detenidos), La huida (se añadía una voz en off final indicando que la malvada pareja sería detenida), El séptimo sello o El manantial de la doncella (cambiando levemente los diálogos o añadiendo música para dar un mensaje religioso del que carecían ambos filmes de Bergman) o simplemente suprimiendo minutos y planos, o prohibiendo totalmente las películas.

Cuando España fue quitándose el polvo de muchos años de miseria de cualquier forma o modo, los medios de comunicación abrieron algo sus cerradas cremalleras y, poco a poco, el país fue despertando y adquiriendo un cierto estatus económico, que hizo posible el conocimiento de muchas cosas prohibidas.

En el caso de los libros fue a través de las ediciones llegadas de México o Argentina), junto a las cosas prohibidas, guardadas a buen recaudo en el infierno de las librerías progres que iban surgiendo y que en muchos casos, esos libros, se encontraban en la fila de detrás de alguno de los estantes expuestos, bien conocidos por los habituales clientes del establecimiento.

Otro ejemplo es la existencia de algunas películas famosas para cuya visión se organizaban excursiones hacia localidades francesas cercanas a la frontera, donde se podían ver sin problemas.

Con la desaparición de la censura, ciertos grupos aupados a un mal entendido poder religioso se vieron en la necesidad de impedir el acceso a las salas donde se proyectaban películas que atacaban, decían, sus ideas. Si era así, que no fueran. Lo que ocurría es que ninguno de aquellos doberman había visto la película, por lo que ni siquiera podían saber qué estaba defendiendo. Lo que procuraba es, desde el poder (de un grupo) ejercer el dominio de los otros. Fue el caso, triste, por ejemplo de estrenos como Yo te saludo, María o La última tentación de Cristo.

Se trata de unos casos claros de censura, donde el poder ha hecho lo posible por apartarnos de aquello que va contra lo establecido, sea del orden que sea.

Vamos a saltar al otro lado del mundo por un momento, en concreto a los Estados Unidos. Allí desde finales de los años cuarenta hasta mediados de los cincuenta, como producto de la guerra fría, momento en el cual los amigos de ayer (los rusos) se convierten en los enemigos, se desata una furiosa persecución. Arthur Miller la equipara a la que en tiempos anteriores sufrieron unas mujeres acusadas de brujas. De ahí el nombre de su obra teatral, Las brujas de Salem.

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En los años indicados se inicia la caza de los intelectuales de izquierdas a través del desequilibrado senados McCarthy, y aprovechando la paranoia que se está desatando el país. No sólo se tratará de realizar películas para adoctrinar al pueblo sobre el peligro comunista (el primer filme que se realiza, y, del que se puede decir en su favor, que no es tan despreciable panfleto cómo muchos que le seguirán, es El telón de acero de William A. Wellman) sino de llevar a juicio, y obligar a declarar ante el comité de actividades antinorteamericanas (sería, en otros tiempos, equivalente al tribunal de la inquisición) a todos aquellos artistas, trabajadores, sobre todo, en el cine (actores, guionistas, directores…) que hayan tenido relación con movimientos de izquierdas.

En algunos casos simplemente por haber asistido a una manifestación el 1 de mayo. Deben dejar claro que ya no pertenecen a ningún partido de izquierdas, sobre todo que se han separado del Partido Comunista, y que además están dispuestos a denunciar a compañeros que están o fueron afines a alguno de ellos.

Jura, abdicación, condena o adscripción al sistema después de pagar un alto precio, tal que en algunos casos llevarán el sambenito por vida: Elia Kazan, por ejemplo, que no sólo abjuro y denunció en el tribunal, también pagó páginas de periódicos involucrando a antiguos miembros del partido. Otros hombres de cine (caso de Dassin, Losey…) pusieron tierra por medio y marcharon a otros países.

Hay películas curiosas que hablan de esta fobia creada en el país —¡Que vienen los rusos! de Norman Jewison— o muestran la persecución de la que fue objeto el mundo de Hollywood —The front (La tapadera!) de Martin Ritt—.

La persecución posterior de la que ha sido objeto Kazan por su delación en muchos momentos, a través de su obra, lleva a confundir a la persona y al artista. Kazan sería indigno, su forma de proceder es vergonzante, pero su obra es portentosa. Ahí están La ley del silencio (aun con su tesis, más allá del filme, sobre la delación), América, América, Esplendor en la hierba, El compromiso… y no sólo.

Un escritor como Celini fue un nazi, un antisemita convencido, pero como escritor es excelente, Viaje al fin de la noche, es una de las más grandes novelas del siglo XX. Se confunde al hombre con el artista.

Ahora, Hollywood está desarrollando una, otra más, caza de brujas. Se trata de llevar a la hoguera a todas las personas que en la industria han acosado a sus subordinados. En especial productores y directores que han acosado a quienes trabajaban con ellos. Hay que tener en cuenta que el acosador es el que está por encima. El poder y la sumisión. EL sumiso —al igual que Kazan en su momento— se encuentra frente a un crudo dilema: ceder al acoso o quedarse sin trabajo, irse a la calle. Hay otra opción: la denuncia. Pero ¿si eso es una moneda de cambio, hay alguien que hará caso de la denuncia?

Varias mujeres francesas, entre ellas Catherine Deneuve, escribieron un manifiesto tratando de ver a lo que podía llevar la propuesta radical de las acusadoras furibundas, y consentidas, de muchos acosos. Un escrito que les costó críticas duras por parte de los movimientos surgidos contra el acoso y que a su vez se están convirtiendo en un nuevo tribunal inquisidor. De ahí lo que Woody Allen dijera sobre la caza de brujas.

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Y es que, entre otras cosas, él es uno de los que empiezan a ser perseguidos por algo no probado de hace años y de lo que fue absuelto. Hechos que implican la furia de su ex, Mia Farrow y el, real o montado, caso del acoso sobre una de sus hijas.

Está también la persecución de la que hoy, después de muchos años de aquel hecho, sigue siendo objeto Polanski. Un hombre que parece perseguido por mil maldiciones y que ahora, aún, se encuentra frente a la pesadilla de un hecho del pasado.

Está probado que el productor Harvey Weinstein, uno de los fundadores y jefes de la poderosa Miramax, ha sido un acosador. O que también lo ha sido Kevin Spacey y no sólo ellos, también otros muchos. Pero hay que separar al hombre del artista, del creador. ¿Se debe borrar el nombre de Weinstein de todas las producciones que llevó a cabo? ¿Hay que olvidar las interpretaciones de Kevin Spacey, borrarlas, como se ha hecho su participación de Todo el dinero del mundo sustituyendo su presencia por otro actor o ver qué se hace con su participación en la serie televisiva House of Cards?

Pensemos en algunos realizadores anteriores, como Chaplin o Hitch. ¿Su actitud frente a los actores, su acoso en muchos casos, debe llevar a que sea borrada su maravillosa obra?

Acosos hay de muy diferentes tipos. El acoso va unido, desgraciadamente, al poder. Y se pone de manifiesto en todos los órdenes (profesiones) de la vida. En la serie Mad Men, la historia de una agencia publicitaria de los años sesenta, queda claro el gran acoso que lo jefes ejercen (casi siempre consentido) sobre sus inferiores.

Teniendo en cuenta que el acaso va unido al poder, habrá que concluir que se ejercerá, y de hecho así es, tanto desde el hombre como desde la mujer. Lo que ocurre es que el poder casi siempre está en poder del hombre. Si miramos cualquier oficio, profesión, veremos que la persona dominante será capaz de acosar.

Para ver cómo se alternan y se erigen las posiciones de domino y acosada, bastaría analizar la excelente película de Paul Thomas Anderson El hilo invisible. En ella los roles se reparten en función de quién es la persona que domina a la otra. Y una vez dominada, dónde la puede conducir. En definitiva, una cruenta reflexión, sobre el poder y sus consecuencias.

Escribe Adolfo Bellido López

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