Editorial noviembre 2017

  28 Noviembre 2017

Viviendo el cine

en-realidad-nuncaUn abogado parado en una encrucijada en caminos (final de El tercer asesinato); Kane al morir pronunciando una palabra, «Rosebud», al tiempo que el pisapapeles —con nieve— que tenía en la mano cae al suelo, rompiéndose (inicio de Ciudadano Kane); un plano estático de la mesa de un bar, con los restos de lo que se ha comido y bebido (final de En realidad, nunca estuviste allí); una mujer acaricia el capote de su cuñado que va a partir en busca de unos indios (Centauros del desierto); la mujer que se despierta, cerrando el ciclo, volviendo al principio, llamando a su marido (final de Madre!); el casual encuentro de un derrotado conductor de autobuses con un japonés (en el final de Paterson); Michael Poiccard cerrándose él mismo los ojos antes de morir (final de Al final de la escapada); la conversación entre Nana y su amante en la que debajo de su diálogo aparecen subtítulos conduciéndonos hacia la película de Dreyer, Pasión y muerte de Juana de Arco (Vivir su vida); la clase que imparte un profesor con el nombre de Freud coronando y marcando, detrás de él, el encerado (inicio de La mujer del cuadro); el juego de cartas a tres (final de Viridiana); la derrota de Atlanta con la bandera erguida (Lo que el viento se llevó)

Muchas escenas, secuencias, momentos más señalan la grandeza, la verdad de las imágenes, su propia verdad, que nos hablan, nos cuentan, nos insinúan hechos, derivas del filme que estamos viendo. Que, en definitiva, son ejemplos de la gran fuerza de unas imágenes descriptivas que nos dirigen desde diferentes formas y puntos de vista al entendimiento, comprensión, de la película que estamos viendo.

Y que, por supuesto, son el CINE, un cine que algunos, no sé sabe por qué, quieren centrarlo exclusivamente en la bondad de las películas del ayer sin querer admitir que en el hoy también hay grandes películas, quizá algunas mucho más incomodas, menos narrativas en el sentido más clásico del término. Películas que innovan, que buscan nuevas formas expresivas.

Es muy fácil atacar obras como Langosta, Madre!, El tercer asesinato, En realidad nunca estuviste aquí señalando su (casi) sin sentido, falta de medida, de concreción e, incluso, de trampas en su desarrollo. Por citar un caso, entre todas ellas, basta con pensar con el prólogo de la película de Kore-eda donde asistimos a un asesinato (vemos al asesino y al asesinado) para luego provocar las dudas sobre ello.

Si eso decimos de estos títulos, a los que se pueden añadir muchos otros (entre los que Personal Shopper ocuparía un lugar relevante), ya me dirán lo que se dirá y escribirá en algunos lugares sobre uno de los más innovadores y revolucionarios realizadores que existen. Se trata, ¡cómo no!, de Godard.

Admirado por muchos y detestado por muchos más. No sólo por los espectadores que acuden a las salas esperando que les cuenten historias mascadas por tanto, simples, sino también por algunos críticos empeñados en aseverar un cine repetitivo, de planteamientos cuanto más lineales mejor. Son, también, los que encumbran a altura olímpicas el cine más antiguo, el llamado clásico. Parece que en un momento de la historia del cine se ha parado su tiempo, desde aquel instante el buen cine —se certifica por tal grupo— ya no existe, el actual carece de importancia.

No es así, hoy se hacen grandes obras, pero la mirada ya no será la misma. No creo, tampoco, que hayan sido las series televisivas las responsables de las innovaciones del cine actual. Más bien, de existir las series, ciertas series, han bebido de las fuentes que les propiciaban ciertos realizadores.

Las películas cuentan, a pesar de que puedan tener una duración, a veces, excesiva, con algo a favor: la limitación de un tiempo, la no parcelación de su longitud. Sí, claro, están las franquicias, con ejemplos determinantes en la historia del cine caso de las películas sobre Drácula o Frankestein de la Hammer de los años sesenta/setenta, en las que asistimos a no finales o lo que es lo mismo, la siguiente película sobre el personaje tomaba en cierta parte el final de la anterior. Pero no eran, ni mucho menos, una interminable serie al gusto de las que actualmente atiborran las cadenas televisivas.

madre

Series, si buscamos una referencia concreta, las encontraríamos en las viejas películas de jornadas, cuyo problema es ese: la repetición hasta que… el gusto se agote. Igual ocurre en cine con los Fast & furious, los Saw y Cía… sin descartar las múltiples películas de superhéroes.

La facultad, libertad, del cine consiste en poder alternar puntos de vista, unir el antes y el después y, también, el ahora. El cine a veces, desde incluso lo onírico, nos brinda la posibilidad de imaginar, soñar y crear la historia. Unas claves son necesarias para ello. Unos pequeños datos, flashes, para completar y cerrar, o mejor abrir, la narración para comprender y seguir lo que en realidad se cuenta. Eso sin tener en cuenta las múltiples posibilidades que encierra y ofrecen las imágenes desde unos planteamientospolisémicos.

Madre! se abre a varias lecturas, con el caos y la locura como centro de acuerdo al cine anterior de Aronofsky. Sin ir más allám el personaje de Nina de Cisne negro no es tan lejano al de la madre en el filme de ese título: inmersiones en el mundo perturbado de una mujer frustrada (o reprimida) sexualmente. Nada nuevo bajo el sol ya que eso mismo está en muchas películas de Polanski, siendo las más claras Repulsión y La semilla del diablo. O Kore-eda jugando con reflejos e identidades (semejanzas de historias) en el sinsentido de la verdad en El tercer asesinato o, ya puestos, la brutal bajada a los infiernos de un hombre anclado en su traumática infancia, dominado por su madre en la furiosa, alucinada y, en parte, pesadilla que supone En realidad nunca estuve allí.

O ya puestos, a la cual aún no he nombrado, Hacia la luz, el hermoso poema cinematográfico de Naomi Kawase que dialoga sobre la narración y el cine, sobre la luz y la oscuridad, en definitiva, sobre la vida y la muerte. Y lo hace con un lenguaje personal, donde se unen realidad y ficción, lo vivido y lo soñado. En definitiva, lo que el propio cine a través de sus imágenes es capaz de ofrecer desde su mundo de luces y sombras.

Cine nuevo, cine innovador, cine no fácil para ser asumido por el cómodo espectador adormecido por tantas otras películas cuya única finalidad es esa misma: hacer que permanezcamos dormidos, anulando nuestra imaginación, nuestra propia posibilidad de crear, de sentir desde las múltiples sugerencias presentes en las grandes, y hermosas, obras cinematográficas.

El cine sigue vivo, no ha muerto. Vivo y joven en el hoy, hecho por realizadores, de anteayer, ayer y hoy que crean sus obras para espectadores activamente adultos, degustadores de cine y no de mensajes prefabricados, ni de imágenes ñoñas o de estética naif.

Cine para rehacerlo, crearlo, sentirlo, amarlo.  

Escribe Adolfo Bellido López

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