Editorial julio 2017

  26 Julio 2017

Cine bélico

dunkerque-0La presencia en los últimos meses de varias películas que tienen como escenario la primera y la segunda Guerra Mundial ha llevado a aficionados, críticos y revistas de cine a dar una lista de los mejores filmes bélicos de la historia del cine. El culmen ha tenido lugar con el estreno de la última película de Nolan (ver crítica en el apartado Sin perdón de nuestra revista), Dunkerque que se nos quiere vender (¿con ayuda de la productora-exhibidora?) como el non plus ultra del género.

La verdad no es para tanto, ni es el mejor título rodado sobre la 2ª Guerra Mundial, ni, por supuesto, entra en la lista de las mejores películas del género (por mucho que algunos se empeñen). Junto a este título en un corto espacio de tiempo se han estrenado también, incidiendo en la temática, Wonder Woman, Su mejor historia, La casa de la esperanza y La guerra del planeta de los simios.

Es evidente que la película simiesca no habla de ninguna de ambas contiendas pero hay que considerarla claramente bélica en cuanto sigue la estructura genérica de este tipo de filmes. En todo es fiel a un esquema establecido, de la misma manera que el anterior título de la última trilogía (El amanecer del planeta de los simios) se apropiaba de la estructura de los western clásicos. 

Por otra parte, el nombre de guerra, acción bélica, señalado ya en este último de la serie, se asemejaba al que cerraba, aparentemente, la primera franquicia de ella: Batalla por el planeta de los simios (1973). Si en ese momento se cerraron las andanzas-luchas de los simios y humanos se debió a su hundimiento comercial. Si El planeta de los simios de Schaffner recaudó en 1968 casi cincuenta y tres millones de dólares, la Batalla… (cuarta de la serie, siguiendo a Regreso al…, Huida del…, y Rebelión en…) no llegaba a nueve millones. Los ingresos iban decreciendo película a película y también la calidad.

En 2001, Tim Burton realizaba un remake del filme que abría la serie. No era nada excepcional, pero su subida en taquilla fue espectacular: algo más de trescientos sesenta y dos millones de dólares. La puerta estaba abierta para reinventar la historia de los simios y los humanos partiendo de los orígenes. No se trataba pues de una secuela y si de una precuela.

El éxito comercial (casi cuatrocientos ochenta y dos millones de recaudación) fue grande y también su impacto crítico. De ahí que fuera realizada una trilogía con lo que se cierra la historia… de momento. Habrá que ver lo que recauda, seguro que bastante La guerra…, y si supera en taquilla a El amanecer… (más de setecientos millones de dólares lleva recaudados).

Hablo de este grupo de películas simiescas para dejar claro que el cine bélico va mucho más allá de las películas sobre ambas contiendas mundiales. Tan bélica, aunque imaginaria, es La guerra de las galaxias o El señor de los anillos como Los últimos de Filipinas, Sin novedad en el Alcázar, Paisa, El francotirador, El nacimiento de una nación, 300, La Ilíada, El crucero Baleares, Misión de audaces o, entre cientos de ellas, El cazador, La colina de los diablos de acero, Redacted o La delgada línea roja.

Se puede decir que el cine de guerra es casi tan antiguo como el propio cine. De hecho al poco de nacer (1895) se inicia la primera Guerra Mundial, pero no es el único conflicto cercano. Ahí están la de Cuba con el hundimiento del Maine (1898) filmado… en una bañera, la revolución mexicana (1910), la revolución rusa (1917) o anterior, pero cercana, guerra civil americana (1861-1865) y si me apuran hasta las guerras carlistas.

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El cine, dentro de su sentido impactante, bebe de los conflictos bélicos pasados o presentes; aunque primero, por lo que se supone el sentido de aventura y la acción, se fijará en las épocas antiguas, fundamentalmente de los romanos.

Posteriormente, y de acuerdo a las teorías de Lenin sobre el poder de cine, aprenderá que con las películas se pueden conseguir eficaces procesos propagandísticos. De eso sabrán mucho los gobiernos facciosos de Alemania e Italia. Pero también Rusia, Estados Unidos y España.

Se trata, tanto en el cine ruso de la etapa soviética como en el cine posterior a Hitler, de crear un sistema de exaltación del pueblo y de su necesidad de lucha, apoyados en el poder del pueblo. O de explicar las razones de la lucha: en la 2ª Guerra Mundial los Estados Unidos producirán desde los ejércitos una serie de películas bajo el título de ¿Por qué combatimos? En la serie intervinieron, entre otros, realizadores como Ford, Huston o Wyler bajo la supervisión, todos los episodios, de Frank Capra.

Antes de que Estados Unidos entre en la segunda gran guera, ciertos directores y productores lanzan en sus filmes mensajes para lograr esa intervención armada. Dos ejemplos notables serían Arise, my love de Leisen y Enviado especial de Hitchcock.

Al tiempo que se produce el cine bélico de exaltación patriótica donde el heroísmo y la grandeza corresponden al país productor y donde el enemigo siempre aparece como bastante ingenuo o estúpido, empiezan a surgir títulos antibélicos o que hablan de resistencias. Nos estamos refiriendo sobre todo a títulos sobre la 2ª Guerra Mundial y donde aparece la guerra con toda su suciedad y horror.

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Cuando se mire a otras guerras más cercanas (la de Vietnam), salvo algún caso excepcional como Boinas verdes, se mira el conflicto desde un sentido distanciador, crítico. La guerra no es heroísmo es algo muy distinto como explican desde Senderos de gloria a Dunkerque.

El cine bélico, en general, y de forma específica respecto a las dos guerras mundiales o al conflicto del Vietnam, ha dado lugar a grandes películas. Lo que sorprende es la relación de mejores películas bélicas citadas en alguna revista con motivo del estreno de Dunkerque. Una clasificación arbitraría, como son todas, aunque en este caso la arbitrariedad parece unirse al desconocimiento. Los títulos que se citan son (algunos incluso muy discutibles): El puente sobre el río Kwai (1957) de Lean, La gran evasión (1963) de Sturges , El puente (1959) de Wicki, Los cañones del Navarone (1961) de Lee Thompson, El tren (1964) de Frankenheimer, Un puente lejano (1977) de Attenborough, Uno rojo: división de choque (1980) de Fuller, y Salvar al soldado Ryan (1998) de Spielberg.

¿Acaso desconocen los hacedores de tal propuesta algunos títulos de Wellman (Todos somos seres humanos, Fuego en la nieve, Alas), Milestone (Sin novedad en el frente),  Walsh (Objetivo Birmania), Coppola (Apocalypse Now), Anthony Mann (La colina de los diablos de acero), Kubrick (Senderos de gloria, La chaqueta metálica), Renoir (La gran ilusión), Cimino (El cazador), Ford (No eran impresdindibles) u obras de Hawks, Rossellini, Melville, Monicelli y de tantos otros?

Lo más sorprendente de esta curiosa selección estriba en las fechas. Fíjense que el filme citado con producción más lejana corresponde a 1957. Como sin anterioridad no se hubiera realizado ningún título digno de aparecer en ese listado tan, tan personal.

Si jugamos hagámoslo bien y no de una manera rápida, olvidando títulos, países, tipos de películas genéricas. Y es que hoy uno, bombardeado por múltiple información, cansado o no de ella, el escribiente crítico va a lo rápido, a lo más inmediato. Como aquel crítico —digamos— importante que tuvo el gran desliz de afirmar no sólo que el último título de Assayas, Personal Shopper, era un flojo filme que trataba sobre cuestiones sobrenaturales. Desde luego, dejando a un lado su valoración de la película que es lo de menos, lo peor es que no ha entendido —o no se ha preocupado por analizarlo suficientemente— nada de la interesante (profundamente intimista, psicológica) película de Assayas, apoyada en algo tan concreto como el punto de vista de la protagonista como forma de contar una historia alucinatoria con duelo (muerte del hermano) de fondo.

Pero si el cine bélico es algo que llevaría a un análisis profundo sobre su existencia y derivas (no es menos la postguerra), el plantear un estudio sobre las guerras en las que se ven inmersas revistas y críticos (con sus intereses particulares y sus batallitas internas y externas) es para hablar y no parar.

Escribe Adolfo Bellido López

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