Editorial mayo 2017

  31 Mayo 2017

Esas formas de mirar

roger-mooreArrecia el calor. El cine parece amodorrarse y en su pereza es incapaz de brindarnos grandes películas. Llevamos meses sin que nos llegue esa obra redonda, grandiosa que necesitamos, esperamos. Nos llegan migajas de bellas imágenes, de películas medianejas con una técnica excelente, de ideas (notables) desaprovechadas.

Y de muchas franquicias sobre franquicias o de vueltas y revueltas sobre filmes anteriores o sobre, también, los mismos puntos de partida. Eso, cuando no se toman ideas de películas mejores o peores pero sin ir más allá de las propuestas primigenias.

A todo esto va y se marcha el repetido santo o el segundo, y machacón, 007 fílmico. Me refiero, claro, a Roger Moore, ejemplo de calco sobre caco. Cuando se ha citado su presencia como continuador de la saga Bond después de que el escocés Sean Connery, enorme actor, diera las directrices sobre un personaje que terminó detestando y sobre el que prometió no volver. Lo hizo, quizá por unas buenas razones económicas lo que llevó a titular su vuelta, y despedida final, con Nunca digas nunca jamás, más de diez años después de su anterior título (Diamantes para la eternidad).

Roger Moore fue realmente el primer sustituto (no cuenta para nada la incursión de George Lanzenby en 007 al servicio de su Majestad. La forma de mirar y ser miradas las películas sobre 007 de Connery es muy distinta a aquellas en las que intervino Roger Moore, mucho menos actor y presencia que en el caso de Sean, y de las que actualmente, desde planteamientos psicológicos, encarna (lanza y recibe) Daniel Craig. Entre medias se movió Pierce Brosnan y la escasa participación de, otro infiltrado, Timothy Dalton.

Sin lugar a dudas, los dos más Bond en el sentido seducción-ironía-aventura son, en distinta onda, Conery y Moore. Si el primero es el gran Bond, el segundo es el simpático Moore donde la aventura llega a ser tan increíble, en algunos filmes, pero dando pie a un jugoso espectáculo de feria. Y como prueba La espía que me amó.

Hoy, la serie Bond ha intentado ser más profunda, intentado adentrarse en la psicología del personaje. Quizá, por ello, ha pedido su impronta aventurera, la mirada cínica (y muy machista) de Bond. Una transformación debida a una cierta corrección social. Daniel Craig, serio y hasta por momentos atormentado cumple con el cambio del ciclo.

Si la serie de 007 sigue, con los años, muchos años, siendo rentable, adaptándose a tiempos y cambios, probablemente no ocurre a lo mismo a muchas de las franquicias, revisiones, continuaciones o como se quiera llamar donde un todo parece morderse la cola, en una precipitada continuidad, en general, de títulos cuando no de volver a otro anterior con la aureola de mítico. Los fast and furious casi llegando a la decena o los piratas, surgidos de un parque temático, son buena prueba de ello. Seguir el mismo esquema aunque incluso los espectadores fieles a la saga puedan terminar cansándose.

En los cines la re-vuelta de Alien parece que no ha ido en taquilla como se esperaba. Ridley Scott a sus 80 años se empeña en revisar uno de sus filmes de culto. Prometheus era errática, sin sentido. Alien Covenant, más entonada, no es más que una vuelta inútil a la misma o parecida historia.

Como demuestra Life, el original Alien sigue teniendo un amplio recorrido. El otro título de Ridley Scott, gran culto de muchos cinéfilos, Blade Runner será ahora objeto de una revisión. Pronto veremos lo bueno o lo malo en que Denis Villeneuve, toda una esperanza, ha incurrido en su búsqueda del mundo futuro.

Revisiones, vueltas sobre personajes o temáticas ya tratadas. Es difícil buscar la originalidad a través de temas recurrentes, interaccionados unos con otros. Entre el seguimiento de las sagas, ampliado hasta más allá de… el universo, están las distintas partes, separadas por trilogías, cada vez más abundantes, de los galácticos en guerra.

Otras veces se procede a la revisión de lo ya contado, siendo capaz incluso —aun siendo una película más floja— de acaparar varios Oscar. Es el caso de Gladiator, en la que Ridley Scott entró a fuego en La caída del Imperio Romano de Anthony Mann. La diferencia entre el original y la copia es notable, aunque fuera la copia la que tuvo éxito de público. ¡Cosas que pasan!

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Varias veces las obras de Shakespeare se han llevado a la pantalla, incluso trasladando al hoy las historias. Basta citar, como ejemplo, West side story. En otros casos se accede a revisar la misma película o una determinada novela. El gran Hitch ha sufrido diversos casos de revisiones frustrantes bien haciendo un remake de una de sus películas (caso de 39 escalones, Psicosis, Extraños en un tren o, anunciándose ahora, lo que produce tembleque, la nueva versión de Los pájaros). Los hermanos Cohen hicieron, y muy bien, una lectura sobre la novela que había dado pie a Valor de ley de Hathaway. Ahora Sofía Coppola hace lo mismo (le han dado, incluso, el premio a la mejor dirección en Cannes) con la base de El seductor de Siegel.

Mientras los bucles temporales siguen presentes, las salas de cine se siguen llenando, en este mediocre año fílmico que llevamos, de productos anodinos sólo elevados por momentos, ideas, propuestas de títulos que tratan de despertarnos. Un hecho que, al parecer, incluso se ha apropiado del festival de Cannes.

En este mes quedan instantes de Lady Macbeth como son la repetición, convertida en monótono ciclo vivencial, de los días en la vida de la nueva lady, impulsada hacia los asesinatos para terminar, en un buen final, con el gesto de la protagonista mirando al espectador, vestida como fue enseñada a hacerlo siempre. Y ahora sola, sin nadie. Una vuelta al comienzo sin futuro alguno y rodeada de… soledad.

Cómo las miradas al frente, esperando el juicio (¿final?) de los tres protagonistas de unas historias que nos retrotraen al mundo de los campos de exterminio de Paraíso, filme sobre víctimas y verdugos donde estos producen auténtico escalofrío.

Más gamberra en su cruce de géneros es Déjame salir, donde queda claro que el mundo sigue en las manos paternalistas de unos cuantos seres falsamente progresistas, cuya única motivación desde sí mismos o de absurdas, o no, extrañas asociaciones destinadas a salvaguardar el orden establecido de amos y criados. Una visión, con tintes de cine de terror, que da la vuelta a Adivina quién viene esta noche.

Una lástima toda la parte final o la forma de burda y elemental de plantear algunos momentos o de describir alguno de los personajes del filme, lo que impide respirar al filme y permitiendo que aparezca, en parte, como primitivo o burdo. Si he indicado su parentesco con el filme de Kramer que tanta notoriedad dio a Sidney Poitier no puedo por menos de señalar el cruce que se produce, en una interacción con ese filme, de una novela de Ira Levin (entre sus novelas llevadas al cine están también El bebé de RosemarieLa semilla del diablo—, Los niños de Brasil, Un beso antes de morir): Las poseídas de Stepford, objeto de dos versiones cinematográficas de Bryan Forbes (1975) y Franz Oz (2004), y de tres remakes televisivos en los que los sujetos robotizados no sólo eran las mujeres, sino también los hijos y los maridos.

Con todo lo dicho sobre este mes de mayo, personalmente mi mirada se centra en una película sobre la mirada de la protagonista. Estamos en un falso mundo de fantasmas y de médium inexistentes que se mueven de acuerdo a lo que lee, le llega. Salvando la distancia tengo, por el rema, que pensar en la maravillosa película de Jack Clayton de título original Los inocentes y cuyo demencial título en nuestro país fue Suspense. Una historia que procedía de una excelente novela corta de Henry James, Otra vuelta de tuerca. Aquel filme fue un fracaso comercial. El espectador no entendía nada de lo que allí ocurría y lo que era peor (bueno era, en realidad, lo mejor), nadie se lo explicaba. De ahí procedía su grandeza y su unión a la novela de James narrada en primera persona, lo que propicia esa vuelta de tuerca hacia lo que habíamos visto: volver a mirar los hechos desde el punto de vista de la protagonista: una excelsa Deborah Kerr.

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Algo de eso ocurre en la última película de uno de los realizadores más interesante del cine francés, en general el mejor cine europeo del momento. Se trata de Pesonal Shopper de Olivier Assayas (1955), quien ha realizado unos treinta títulos entre cortos y largos. De sus películas hay que destacar Finales de agosto, principios de septiembre (1998), Las horas del verano (2008), Carlos (2010), Después de mayo (2012), Viaje a Sils Maria (2014). Antiguo crítico de Cahiers du Cinema, al igual que su actual mujer —la también realizadora Mia Hanson-Lowe—, realiza un cine personal, analítico, crítico e incisivo en su manera de crear personajes, que en la mayor parte de sus filmes hablan desde sí mismos, sin que eso aparezca en forma de voz en off.

En su última película, Personal Shopper, vuelve a ocurrir lo mismo. Toda la película, con una presencia prácticamente continua en pantalla, la protagonista es eje y centro. Lo que vemos y escuchamos es desde ella misma. La búsqueda de un más allá conduce a una historia criminal en la que, probablemente, el espectador se pierde buscando una explicación que, por fortuna, la película no da. Es el espectador quien debe encontrar el significado de lo que se está, y cómo se está, contando.

Puede ser que uno de los momentos más significativos de la película pase desapercibido. La razón es clara: Assayas no refuerza ese momento, simplemente es un instante dentro de lo vivido por la mujer. Me refiero al encuentro con el amante despechado de su jefa. La clave de parte del posterior desarrollo, al menos en lo referido al planteamiento, digamos, policiaco, está ahí.

Aunque todo, en definitiva, encierra la única mirada de la protagonista en su caminar hacia ninguna parte, en su intento de entrar en contacto con el más allá. Deseo centrarme en un claro ejemplo presente, aunque de otra manera en el filme citado de Clayton. Allí la institutriz pone rostro a la aparición del criado muerto después de haber visto su rostro en un retrato. Aquí oye los golpes contestación de sus preguntas al hermano muerto cuando ha visto un documental donde se cuenta cómo Víctor Hugo decía recibir contestaciones del otro mundo.

Personal Shopper no es, ni mucho menos, una película fácil. Es compleja. El espectador debe descubrir lo que se cuenta, en este caso de posesiones y obsesiones. Sobre la dificultad de liberarse de creencias, de búsquedas hacia ningún sitio pero en las que la protagonista se implica desde el propio sinsentido. De eso y de la duplicidad de los seres, alguien que es uno pero es, o quiere ser otro al igual que en su anterior Viaje a Sils Maria, trata este nuevo filme de Assayas, de una técnica impecable lastrado tanto por los planos gratuitos y engañosos de la salida de nadie del hotel o de la escasa claridad con la que resuelve el caso del asesinato.

Insisto, la película no es fácil, como casi todo el cine de Assayas, pide la atención del espectador y le plantea un juego, ese juego que desde la comodidad no se quiere aceptar, olvidando la supremacía del punto de vista narrativo (en y desde la propia protagonista) que impera a lo largo del filme.

Es, al menos, sin ser una película genial, ni la mejor de su director, un chorro de aire fresco, demostrativo de un cine personal, distinto y tan incómodo como, por momentos, distante. El enigma, lo que allí acontece no es cuestión de una explicación para el espectador. La explicación está en la forma de estar narrada.

Escribe Adolfo Bellido López

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