Editorial marzo 2017

  30 Marzo 2017

Contra unos y otros

el-viajante-11Pasó la Ceremonia de los Oscar y la de los otros numerosos premios que cada país se ve en la obligación de emprender para demostrar las buenas películas que hacen. Que se hacen en cada lugar, claro, porque en cualquier otro, siempre el de mejor calidad según ellos, se cierra, en lo posible, la presencia de los demás.

Un caso especial es de los Oscar donde se pueden incluir entre los premios secundarios, a veces sin demasiadas razones, a películas de otros países. Sin ir más lejos, en esta última edición, el filme sueco nominado a la mejor película extranjera también optaba a otras curiosas nominaciones como, por ejemplo, a la del maquillaje. De hecho hace unos años, ¿por ser una película sin diálogo?, el más bien mediocre filme francés The artist (por tener el título en inglés) recibía el Oscar a la mejor película.

Si el mes pasado apostamos por El viajante como prioritaria para el Oscar a la mejor película extranjera era debido a la situación actual que vive el país desde la llegada del megalómano y engreído Trump. Su burrera contra la emigración y su obsesión por impedir la llegada de ciertos ciudadanos de países árabes (y no a los millonarios de Arabia Saudí), Irán entre ellos, daba alas, por encima de sus méritos o deméritos, al filme iraní. Que se llevó el Oscar de corrido ante la desilusiones de los aburridos alemanes de Tony Erdmann convencidos de ser ellos los destinatarios de ese galardón ante los muchos que ya habían recibido por otras partes.

Si Moonlight se ha llevado el Oscar a la mejor película también hay que buscarlo por motivos ajenos a la calidad de los títulos que optaban al máximo galardón. Varios filmes que competían con esa película lo merecían mucho más, como Manchester frente al mar (mi preferida), Comanchería, La llegada e incluso la cantarina La La Land. Pero, el tema de Moonlight, y el momento político que se vivía se convirtió en la protesta de Hollywood contra los poderes políticos para aupar un título con muchas fisuras.

Lo mejor de la ceremonia fue el error de dar el premio máximo equivocadamente a La La Land. De esa manera se producía una certera vuelta de tuerca o, más bien, una unidad con el propio tema de la nada desdeñable película musical, toda ella referida al juego entre el deseo y la realidad, lo que se quiere y lo que en realidad se tiene. Pues eso, el deseo del filme estaba en obtener el Oscar, la realidad le llevó a no cumplir ese deseo. Película y realidad se juntaban en ese esperpéntico momento de la entrega de los galardones.

Queda claro, como he dicho que el premio a El viajante estaba cantado a pesar de su mediano valor fílmico, pero, la verdad es que si echamos una mirada a los otros cinco títulos nominados a la mejor película extranjera no encontramos nada de gran calidad. Todo parecía decantarse hacía Tony Erdmann esa película alemana que ha cosechado diversos y, para mí, incomprensibles premios. Los otros tres filmes parecían de relleno.

Al menos los dos ya estrenados entre nosotros tienen un mínimo interés: Bajo la arena y Un hombre llamado Ove. El primero, el filme danés, quiere ser antibelicista y revulsivo y termina, incluso, por ser discutible en sus aspectos ideológicos. La película sueca Un hombre llamado Ove es simplista y agradable de ver pero poco más aunque de ella se pueda desprender la monotonía de la opulenta sociedad sueca. Del filme australiano Tanna nada podemos decir. Ante la escasa calidad de los títulos extranjeros nominados cabe preguntarse la eliminación de varias películas interesantes o de gran importancia, entre las que se debería haber contado con Julieta de Almodóvar o Elle de Paul Verhoeven, filme este último, sin duda, uno de los mejores de 2017.

Si no se entiende mucho esas inclusiones y eliminaciones, tampoco —en otro orden de cosas— se entiende demasiado que el reciente festival de cine de Málaga dedicado hasta este año a películas producidas en España, se haya ampliado a películas en español, dando entrada por tanto a la producción de los países iberoamericanos. Y no lo entendemos en cuanto otro festival andaluz, el de Huelva, ya tiene esa específica nominación. ¿Es que dos ciudades de la misma comunidad van a tener festivales similares? ¿Cuál es la razón de ello? ¿Por qué Málaga ha querido ir más allá de la presencia en su certamen de las películas realizadas en España? ¿Se trata de un planteamiento que va más allá de lo cinematográfico y en el que entran directivas, digamos, políticas? Málaga, y su glamur, deberían haber tener en cuenta la posibilidad de un, innecesario, enfrentamiento entre sus dos certámenes. Veremos lo que el tiempo termina por dictaminar.

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Las salas de cine en este último mes no nos ha ofrecido esa gran película, que debía, al menos una, aparecer cada mes. Ni El viajante es el mejor filme de su director, ni los hermanos Dardenne con La chica desconocida han ido más allá de sus minimalistas títulos anteriores. Casi en silencio pasó el filme belga de animación producido por los estudios Ghibli, La tortuga roja. Otro título animado Batman: la lego película, más exitoso de público, resulta ser una muy agradable sorpresa. Algún crítico se atrevió a decir que era uno de los mejores filmes sobre Batman de los últimos años. Y quizá no le faltara razón. Divertido, cinéfilo, mordaz resultaba una revisión del mito y del género brillante.

Divertida en su aventura, casi psicodélica, resulto Kong: la isla calavera. También muy cinéfila en sus diversas, y eficaces, alusiones a títulos tan dispares como Apocalipse now y Parque Jurásico. Mucho más que a King Kong, aquí un animal bueno, defensor de un pueblo asediado por extraños animales. Ecologista, antibelicista, resulta un sano divertimento.

La cinefilia viene salpicando desde hace meses muchas películas incluso presente en el último filme de Allen (nada raro cuando aflora en casi todo su cine), Café society, y que se desborda en La ciudad de las estrellas o se insinúa en títulos tan extraños como Lonegan en su referencia a Raíces profundas.

¿Decepciones? Varias. No se puede hablar de tal si nos enfrentamos a un nuevo título de Alex de la Iglesia siguiendo un camino cada vez más errático. El bar con toques a El ángel exterminador, y no sólo, es una película fallida, sostenida en su comienzo para ir decreciendo a lo largo de un metraje cansino y hasta torpe.

O la última película de Agustí Villaronga que seguro tendrá canticos críticos, cuyo título, Incierta gloria, podría definir el terreno por el que camina. Personajes y situaciones incapaces de sostenerse en una narración que transcurre en nuestra guerra civil y donde, de manera perfecta, queda definida la diferencia que existe entre una novela y una película: lo que en la primera funciona, en la segunda puede, en su traslación, resultar absurdo, imposible o incongruente. Personajes como el amigo del protagonista o el encuentro en Barcelona con la compañera del amigo muestran a las claras lo inadecuado de un filme que sólo brilla en su inicio o en la realidad documental de los letreros de crédito finales.

La crítica de Safari pone un punto de sensatez en un mes con muy poco cine para el recuerdo.

Escribe Adolfo Bellido López

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