Editorial febrero 2017

  25 Febrero 2017

Rumbo a los Oscar

la-la-landAtrás van quedando, aquí y allá, los premios que los diferentes países dedican a las producciones nacionales. No lejanos quedan los galardones del cine inglés o los de aquí, los Goya, donde por cierto se ha premiado a Tarde para la ira cómo lo mejor de lo mejor. Exagerado, claro está, el último filme de Almodóvar, Julieta, tiene sin duda más calidad que esta pequeñita obra donde lo peor no ha sido darle el premio a la mejor película sino darle el premio al mejor guión. Si algo, y mucho, chirría en este título se debe a un mal construido guión en el que todo —¿por qué no?— todo es posible. Algo que parece la ley de gran parte del cine actual.

Cuando esto escribo se está en la antesala de la gran noche del cine americano donde se volverá a extender la alfombra roja y en una interminable ceremonia se darán a conocer los diversos premios. Se han escogido una serie de títulos como punteros en todo. La verdad es que se han olvidado, como siempre, otros muchos, ya sea por el desconocimiento de los académicos del cine al tratarse de filmes realizados fuera de la industria o porque les ha sido denegada la más mínima comercialidad.

Frente a la lista de nominados en realidad la cosa parece, de acuerdo a la película previsiblemente coronada, cantada. Sí, porque La ciudad de las estrellas, el musical de Chazelle, ese joven de 31 años dispuesto a acaparar premios, entra en todas las quinielas. No es un mal filme ni mucho menos, aunque su inclusión en algunas de las nominaciones parece un chiste. Tal es el caso de optar su intérprete al mejor actor protagonista. Ni está bien como actor ni como bailarín ni como cantante. Es uno de los puntos débiles de una película que si no es extraordinaria sí es aceptable, conteniendo buenos momentos. Cinéfila por encima del todo, pero no por eso desdeñable, pone al día un musical (con toques de ayer) donde deseo y realidad, imaginación (ilusión) se enfrenta a realidad (gris). El final, en su mirada al cierre de Casablanca, tiene cierta semejanza con el de Café Society de Allen. En idea no en la forma de resolverse: conseguida y brillante en ambos casos.

No creemos, de todas formas, que alcance (aunque por sus nominaciones podría cumplirse) a Ben-Hur de Wyler, tan hinchada en su momento de tantos injustificados galardones, que hace imposible superar la afrenta.

De entre todas las nominadas no es la simpática La ciudad de las estrellas el mejor de los filmes. Los hay mejores, bastante mejores, como demuestran al menos cuatro títulos de tres de los cuales hemos hablado ya en anteriores editoriales. Son La llegada de Villenueve, Comanchería de Mackenzie y Loving de Nichols. Títulos que cuentan además con buenas realizaciones, excelentes guiones, intérpretes notables como son los protagonistas de Loving, la excelente protagonista, y gran actriz, de La llegada o el asombro Jeff Bridges de Comancheria

El cuarto título sobre el que se debe incidir y mucho es Manchester frente al mar de Lonergan. Escritor y dramaturgo, ha realizado hasta el momento, distanciados en el tiempo, tres filmes muy interesantes: Puedes contar conmigo, Margaret y Manchester frente al mar. Si Margaret no fue la gran película que debió ser no fue debido a Lonergan. La culpa fue de los problemas que tuvo su producción al ser montada y remontada buscando un metraje adecuado para su explotación comercial y en cuya producción, y enfrenamientos con el realizador, se vieron inmersos cineastas como Pollack o Scorsese.

Manchester frente al mar, título español equivoco para el original que designa el nombre de una población de Estados Unidos no muy lejana de Boston, supone una radiografía compacta de una zona del país, en este caso de mayoría irlandesa y católica, a través de una narración en la que la culpa arrastrará al personaje principal a su soledad y violencia. Un excelente Cassey Affleck (¡ya debería aprender de él su hermano Ben!) es el ser destrozado e incapacitado para poder vivir y comunicarse afectiva, emocionalmente, con los que le rodean. Un perdedor que condenó su existencia por un terrible hecho del pasado, en el presente se siente incapaz, no sólo de tomar una decisión sino también de afrontar una vida que, en realidad, nadie le pone fácil.

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Gran guión, excelente uso de la música, de la utilización de los flashbacks, de la descripción del lugar y de los distintos personajes lo erigen como uno de los mejores títulos nominados, aunque mucho dudamos que los dadores de los Oscar se fijen en él concediendo arañar una mínima cantidad de galardones. Se los merece.

Comancheria y Manchester frente al mar sin duda son dos películas que presagian la llegada de Trump desde su visión analítica de una sociedad encerrada en sí misma y abocada al caos.

Si hablamos del Oscar al mejor filme extranjero sin duda, y aunque sólo sea por inercia, el premio debería ser para Toni Erdmann, cuyos méritos, a pesar de los numerosos premios, que ha recibido por todas partes, no encuentro. Una película que da vueltas durante casi tres horas sobre sí misma desde, se dice, unos planteamiento de comedia que uno tampoco ve. Eso sí, hay tema, un buen tema pero ni el guión, ni la realización sacan partido de ello.

De todas maneras en los últimos meses le ha salido al filme alemán un buen competidor. Se trata de El viajante (estreno el próximo mes entre nosotros) de Farhadi, un interesante realizador… iraní. Ahí, en su nacionalidad, es donde puede producir el rebote del premio. El malestar frente a las medidas, indignas, de Trump para impedir la llegada (y expulsión) de ciudadanos de varios países árabes puede cambiar la orientación del voto y hacer posible que Farhadi (se ha negado a viajar a Hollywood por esas medidas) se lleve el premio.

La ruleta de la suerte, con poco de ruleta y mucho de dirigismo, está en marcha. Al día siguiente en los cines de todo el mundo la película premiada elevará su recaudación en gran medida. Todos querrán conocer cuál es el filme premiado como el mejor. Que probablemente no será el mejor ni siquiera de todos los que han sido nominados.

El deseo y la realidad. El propio dictamen de Hollywood. Aquel que La ciudad de las estrellas envía empaquetado en una agradable historia de renuncias y triunfos. El falso o empañado espejo en el que la propia industria del cine se mira.

Escribe Adolfo Bellido López

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