Editorial enero 2017

  29 Enero 2017

Denuncia y cinefilia

billy lynns long halftime walkAng Lee ha realizado una película innovadora en cuanto se refiere a la técnica. Poco más. Un director prometedor en sus comienzos se ha ido apagando. Ahora nos sorprendía con Billy Lynn, revolucionaría propuesta debido a su rodaje a nada menos que a 120 fotogramas por segundo. La idea: conseguir gran perfección en las imágenes de forma que lo visto dé la (casi) total sensacional de realidad.

Lo de menos es la calidad de lo que se cuenta, al igual que ocurre en muchos de los filmes bebedores (o vividores) de experimentos (o juegos) técnicos (puede ser, por ejemplo, el 3D). Lo que importa es deslumbrar ante las imágenes. Pero ¿qué queda si quitamos el brillante envoltorio? Puede intuirse: nada.

De esa manera, sin el adorno técnico, la existencia de Billy Lynn’s long halftime walk, no tiene demasiado sentido. Es como si un filme en pantalla de scope se proyectase en normal o una película en color la viéramos en blanco y negro. Un fraude absoluto. Pues bien eso es lo que está ocurriendo, al menos en nuestro país, con las proyecciones del filme de Lee reducidas a una visión normalizada. No se ha respetado por parte de los distribuidores el original, así que lo visto es una especie de esbozo emborronado y sin demasiado sentido.

Algunos diarios, revistas han denunciado este hecho. Como debe ser, ahora bien si esa publicación denunciadora del hecho a su vez ejerce una censura por razones no muy claras, hay que ponerse en guardia frente a las agresiones, ocultaciones y demás vergüenzas a las que estamos sometidos.

Un ejemplo. Cierta película americana de, por llamarla de alguna manera, cine negro dirigida por un director más que discutible ha acaparado la publicidad en periódicos digitales, bastante consultados, pues bien en el mismo apartado/sección cine que se denuncia lo ocurrido con la película de Ang Lee al acceder a la crítica de la película americana con su bombardeo publicitario y nos encontramos con… el espacio (correspondiente a la crítica) en blanco. Sorprendente.

Ya que de denuncias se habla, deberemos referirnos a la película más premiada aquí y allá, convertida en la obra, más o menos, máxima del 2016 y que, incluso, ha sido reverenciada por varias revistas extranjeras (en España se ha estrenado este enero) como la mejor del año. En nuestra revista las opiniones están divididas. Un título con el que se repiten las devociones y los denuestos acaparados por la nueva entrega de Mad Max.

Me estoy refiriendo al filme alemán, alargado innecesariamente, Tony Erdmann de Maren Ade (1976), una directora con pocas películas en su haber, tres largos y algunos cortos, y a las que ahora se les quiere encontrar diamantes en bruto. En concreto a su anterior realización, hace siete años, Entre nosotros.  

Su filme actual, no es raro que le den el Oscar a la mejor película extranjera, para mí es un compendio claro de buenas intenciones y malas resoluciones. Los temas, forzados, se acumulan a lo largo de un inacabable relato donde se enfrenta el trabajo de los feroces ejecutivos en países pobres (malas conciencias emergiendo) con el de las personas que mensajean sobre lo bonito que es vivir con alegría y haciendo lo que uno quiera. Un tema, el que sea, es lo de menos, lo que realmente importa es cóomo se realiza. Y en eso Maren Ade no está fina.

Habla de más cosas: relaciones entre padres e hijos, las buenas gentes oprimidas frente a los ricachones opresores, de vida y de muerte, pero no puede hacerse desde un guión cargante, tópico, falso y además previsible. El colmo de su forma de estirar el hilo puede ser la invitación de la hija para que su padre vaya a la fiesta donde la mujer piensa cerrar un gran contrato, el incomprensible aparición del padre tras  quedarse en Bucarest (sin saber la razón) bajo la figura del tal Toni, o la increíble secuencia (propia del peor cine de humor español o, lo que quizá es peor, alemán) casi final de la fiesta nudista con la aparición del padre con el disfraz búlgaro.

toni-erdmann

Alguien podrá decir, y lo comparto, que tienes cosas buenas. Las tiene (la despedida primera del padre y de la hija mientras esperan la llegada del ascensor, la espera del padre en la entrada de la empresa donde trabaja la hija con el desplante de ella al no reconocerle…), pero esos momentos, y otros, quedan aplastados ante la falta de medida, el dibujo con brocha gorda de lo contado, el remachar por activa y pasiva el mensaje emitido —más bien mensajes—.

Frente a la furia desencadenada de la directora alemana para hacernos, o sí o sí, partícipes de su temática se agradece la sencillez, y la forma directa, clara, de desgranar lo que quiere comunicarse, de la que hace gala Jeff Nichols en Loving.

Historia sensible sin falsos sentimentalismos, narración realista pero sin adaptarse en ningún momento al manido esquema de una película denunciadora. Las imágenes están ahí, mostradas en escenas cortas, jugando con el tiempo, mostrando la tragedia de una pareja formada por un blanco y una mujer de color que quieren vivir su vida tranquilamente.

A las puertas del que se presume trágico gobierno de Trump, Loving opta por plantear un filme límpido, clarificador, abierto a la relación entre los seres y a la lucha por unos derechos. Como en todo el cine de Nichols (1978), las cinco películas que ha realizado, por encima de todo aparecen las relaciones familiares y el canto a la naturaleza, a un mundo sin contaminar.

Loving con momentos esplendidos iniciados con un breve y soberbio momento que supone, en realidad, el final de un largo proceso, demuestra que Jeff Nichols es uno de los directores que deben ser tenidos muy en cuenta en el cine norteamericano. Sus errores, caso de Midnight Special, repletos de curiosas llamadas, son también, aunque fallidos, curiosos experimentos que tienen que ver mucho  con el cine, sin que la cinefilia se convierta exclusivamente en su camino.

loving

Algo de lo anterior está a punto de torpedear el tercer largometraje del joven (32 años) Damien Chazelle, tan premiado o más que Toni Erdmann. Y es que La La Land (La ciudad de las estrellas) por si algo le faltaba ha sido el filme que se ha incorporado al record de las nominaciones a los Oscar. Nada menos que está presente en catorce categorías.

¿Es tanto su valor? Según cómo se mire. Chazelle, desde un planteamiento claramente cinéfilo, ha conseguido un muy aceptable musical, fácilmente asumible por cualquier espectador, y que además promueve, desde sus citas a otros filmes, una reflexión sobre el cine y los personajes.

Las canciones y los bailes no son gratuitos (sí lo es la canción que canta la protagonista, en función de la idea del filme, en Toni Erdmann) están en función de una determinada idea, de un sentido. Lo mismo que las alusiones a Rebelde sin causa (a un determinado momento del título de Ray y cuya presencia encierra parte del sentido del film) o a Casablanca (en un final donde se resume, recuerda y encierra el título de Curtiz), sin olvidar, claro,  los musicales que rinden tributo a títulos grandiosos del género.

Sencilla y elocuente en el sentido metafórico, es un dato, del paso de las estaciones del año, Chazelle consigue una película fácil de ver, admirable en algunos momentos, discutible en otros y donde la cinefilia, aunque elocuente (el que se desarrolle en Hollywwod es ya una reafirmación) tiene un sentido y no es demasiado cargante (algún número musical está a punto de caer en el ridículo del que termina salvándose in extremis).

Desde luego no es, ni con mucho, un filme de muchos Oscar. Aunque quizá sí porque ¿qué quiere decir una película con Oscar, con muchos Oscar? No siempre en su historia, la de los Oscar, se ha premiado una gran película. En algunos casos incluso los premios han ido hacia algunas muy flojas. La historia del Oscar es tan oscura como muchas de las historias de Hollywood.

la-la-land-11

No quisiera terminar este artículo sin aludir — necesario en la época Trump— a un título muy interesante, nominado también al Oscar a la mejor película (y a algunos otros premios). En concreto a Comanchería (1) de David Mackenzie, un director de pocas películas y no demasiado interesantes, con guión de Taylor Sheridan (Sicario).

Se trata de una película denuncia sobre el bandidaje de los bancos de la América profunda a los que roban (para pagar sus deudas con ellos) unos pobres diablos perseguidos por unos Rangers mandados por un impresionante Jeff Bridges. Hay momentos muy logrados en este western que transcurre en el hoy: una radiografía de cierta parte de la sociedad americana.

Termina el mes de enero, la cuesta de enero, y con ella llega la noticia de la desaparición de esa gran actriz que fue Emmanuelle Riva (de 89 años). Trabajó en cerca de 90 filmes. Siempre será recordada como la protagonista de Hiroshima mon amour de Resnais, pero no sólo. Su despedida, casi (trabajó aun en cuatro o cinco títulos más), fue a lo grande en Amor (2012) de Haneke.

Una gran pérdida. Como lo fue unos días antes la del hombre elefante, John Hurt (tenía 77 años), que intervino en más de 200 producciones entre cine y televisión (Un hombre para la eternidad, Alien, El señor de los anillos, El topo, Los crímenes de Oxford, V de Vendetta, El estrangulador de Rillington Place…).

El cine y la vida. El cine y también la muerte

Escribe Adolfo Bellido López


(1) Muy parecidos los títulos originales de Comanchería y de El diablo de las aguas turbias (Samuel Fuller, 1954). El primero lleva por título Hell or High Water mientras que el de Fuller es Hell and High Water.

emmanuelle-riva