Editorial octubre 2016

  27 Octubre 2016

No sólo de festivales viven el cinéfilo y la cinéfila

xs-pucol¿Se han preguntado cuántos festivales de cine hay en el mundo? ¿Cuántos en España? Hace unos años, antes de esa crisis que no nos abandona, se contaban más de dos centenares? No creo que hayan disminuido en estos últimos años, incluso puede ser que hayan aumentado, adquiriendo, incluso algunos de ellos, una curiosa popularidad. Sin ir más lejos ahí está el Abycine de Albacete (ya con sus dieciocho añitos) compitiendo en publicidad con el festival de cine (y otras cosas) de San Sebastián como atestigua la página web de Renfe.

El más que veterano festival donostiarra supuso, entre nosotros, el punto de salida, en septiembre, de una serie de festivales más o menos grandes, más o menos consolidados, más o menos incipientes e incluso tratando de renacer, que llevarían al cinéfilo impenitente a recorrer de lado a lado la geografía española. Varios, como el de Puçol, están dedicados al cortometraje; menos, pero no pocos, se dedican a largometrajes.

Los pequeños filmes en duración, algunos destacados en valía, sin poder competir en salas con sus hermanos mayores, saben cuál es su destino andariego: presentarse en, prácticamente, todos los lugares donde hay un certamen etiquetado como de cortometrajes. Su periplo durante un tiempo no sabe de reposo. Allá van en busca al menos de colarse en la programación, de ser seleccionados, si cae un premio mejor.

A un festival con cinco años de vida, como es el cercano y muy querido XS Puçol, se han presentado más de seiscientos cortos. Sólo unos pocos, alrededor de unos veinte, han pasado a la selección final y de ellos sólo dos —además de dos menciones— son los premiados, uno por la parte autonómica y otra por todo el Estado Español.

Lo curioso es que en el popurrí de títulos presentados nos podemos encontrar unos pocos, poquísimos, dirigidos por directores reconocidos o interpretados por actores y actrices cotizados. Incluso, por equivocación o no, aparecen entre los títulos presentados sendos premios (al mejor cortometraje) obtenidos en festivales grandes y no españoles. Su destino final será intentar llegar a los Oscar o a los Goya. Y, luego, casi siempre… el silencio o la presencia del corto en YouTube.

Los festivales mayores existentes en España, y abundantes en estos meses, tratan en general de especializarse en algo concreto: fantástico en Sitges, hispanoamericano de Huelva, europeo de Sevilla y otros más abiertos optan por una programación seleccionada con lo mejor del año (la Seminci de Valladolid) o bucear en las inciertas aguas del cine independiente, o menos comercial y, claro, poco conocido (Gijón).

Mientras tanto, en otros lugares se vuelve a mirar al pasado y se intenta hacer rebrotar algún festival que después de perder su identidad terminó engullido por el descontrol y el despilfarro hasta morir de hastío. Es el caso de la Mostra de Cine del Mediterráneo de Valencia que se intenta resucitar bajo el incipiente Mostra Viva del Mediterrani. Valencia y su Comunidad están repletas, de un extremo a otro, de certámenes de cine, algunos tan insólitos, y henchidos de originalidad, como La cabina, dedicado al mediometraje. Ahí es nada. Al parecer, aunque eso siempre es difícil de medir, es el único certamen de estas características existente en el mundo.

Y mientras los festivales despuntan, o a clarinazos se anuncia una nueva fiesta del cine a precios muy bajos, las salas se desperezan y tratan de ofrecer películas llamativas, algunas de calidad, enfundadas en títulos que recogen viejos éxitos, ampliamente imitados o revisados.

Ahí están las nuevas versiones, sin demasiado o con nulo interés, de El libro de la selva, Ben-Hur, La leyenda de Tarzán… y hasta otra revuelta a Los siete magníficos de John Sturges que a su vez se miraba en Los siete samuráis de Kurosawa, un filme, el japonés, que creo nunca llego a verse en su integridad en las salas de cine, ya que debido a su duración (más de 200 minutos) fue troceado sin piedad, de forma vergonzante, para dejarlo en una metraje de más fácil explotación (hoy se puede acceder a la versión completa en DVD).

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Cómo he dejado escrito más de una vez esta afamada historia, más conocida por Sturges que por Kurosawa —debido a su nacionalidad, a los actores… y al dinero invertido en el lanzamiento—, cuenta con diversas versiones, algunas presentadas a las claras y otras de forma oculta. En este último sentido habrá que citar el divertido título de animación de Pixar, Bichos.

¿Aporta algo la nueva versión de Los 7 magníficos? En realidad muy poco desde el punto de vista cinematográfico. Su origen familiar con Kurosawa/Sturges se encuentra en la unión de siete personas para ayudar a vencer a los bandidos (muy distintos en el nuevo título, tanto en si como en sus motivaciones) que asolan a un pacífico pueblo (también muy distinto del original). Al final, el producto acabado, parece querer llevarnos a Sturges cuando los letreros de crédito se adornan con la conocida música de Elmer Bernstein.

El filme actual no puede competir ni con los siete personajes de Sturges, ni con la música, ni con la fotografía de Charles Lang. Ahora bien, dejando a un lado su impronta en ciertos momentos de Leone y Peckinpah, lo realmente curioso es la deriva ideológica de la nueva versión que parece construida contra el candidato republicano a la Casa Blanca, Donald Trump, lo que se clarifica tanto en la presencia de cada uno de los siete personajes (de distintas razas y opciones) como del discurso del jefe de los malvados que pregona la muerte de la democracia en aras del capitalismo.

No deja de ser llamativo el protagonismo que el final, para dejar cerrada la película, tiene una mujer. Curioso planteamiento el de estos magníficos, aunque como cine o como western no vaya muy allá. En ambos casos es superado por un western venido de Dinamarca. Toda una sorpresa, sobre todo si tenemos en cuenta que su realizador Kristian Levring hizo sus pinitos en el cine Dogma de Lars von Trier y compañía. El título (con crítica en nuestra sección de estrenos) The salvation. Sin duda Antoine Fuqua, en el género por excelencia del cine, pierde la partida vencido por alguien llegado del frío.

Si de buen cine tenemos que hablar en el mes de octubre habría que mirar a Francia y a dos grandes películas con la misma gran actriz como protagonista. Se trata de la nueva obra de Hansen-Love, El porvenir y el del reencuentro con el siempre incomodo joven de 83 años, Paul Verhoeven con su propuesta crítica y explosiva: Elle. Ella es en ambos casos la gran Isabelle Huppert.

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Con El porvenir, Hansen-Loven, mujer de Oliver Assayas, sigue inmersa en el cine familiar, en hablarnos de cosas de su mundo o del cercano. Lo hizo en El padre de mis  hijos y en Primer amor. Además, Edén se introduce en la vida de su hermano, de la misma manera que aquí lo hace en la de su madre. Una visión de unos personajes y de un mundo que conoce y es mostrado con un estilo muy personal, donde el recuerdo de la nouvelle vague no es casual. Una gran película sin duda.

Si Isabelle Huppert está magnífica en El porvenir roza la genialidad en Elle, una de las películas con mayor mala uva que se han podido ver en mucho tiempo. Distante, si se quiere, pero siempre punzante, muestra de forma descarnada la decrepitud de una burguesía sin tiempo ni sentido, sobreviviendo a sus contradicciones. Tomando a Chabrol y a Buñuel como referentes, este filme que puede descolocar a algunas personas e irritar a otras se erige como uno de los mejores títulos de este año.

Emparejando con estos dos grandes títulos citaríamos el doloroso docudrama del belga Lafosse, Después de nosotros de planteamiento más cercano a sus títulos suyos más primerizos —y no tan lejanos, como son Propiedad privada y Perder la razón— que a su anterior filme Los caballeros blancos. Historia de un matrimonio terminado donde la pareja se ve obligada a vivir bajo el mismo techo. El sentido de cárcel, encierro, viene dado por la propia planificación y elección de escenarios del director: largos planos y un mismo lugar dado por esa casa de la que no pueden salir.

Frente a estos títulos otros menos vistosos se quedan casi en figura decorativa, pero siempre habrá que agradecer películas como Sing Street en la que su director, el irlandés John Carney, sigue su personal búsqueda del mundo que siempre le ha apasionado: el de la música. Aquí desde una historia con tintes autobiográficos sobre un muchacho que intenta liberarse, a través de la música, del clima opresor, en todos los sentidos, de la sociedad irlandesa que tan bien conoció.

Y mientras tanto, con festivales por aquí y por allá, noviembre se abre a los nuevos títulos de directores tan interesantes como Denis Villeneuve, Kore-eda, Arnold, Mackenzie, Winding Refn, Jarmusch, Fernando Trueba, Chan-Wook… y más.

El cine sigue vivo, muy vivo.

Escribe Adolfo Bellido López

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