Editorial septiembre 2016

  30 Septiembre 2016

¿Quién es Lav Diaz?

akira-kurosawaDesde siempre la crítica de acá, y también los espectadores, nos hemos movido de acuerdo al cine que nos llega, de esa manera si se nos preguntaba en los años cincuenta por las mejores películas de la historia del cine, o de la igual manera en Europa y en América se promovían votaciones sobre ello, en el cómputo final no aparecía ninguna película realizada fuera de los países occidentales, y de ellos, sólo de aquellas de mayor peso cinematográfico.

En el resto del mundo parecía que no se hacía cine.

La realidad era muy otra. Y es que no se conocían otros filmes que no fueran (y con reserva) los occidentales. Nada se sabía, por ejemplo, de Japón, de que allí existía una gran industria y maravillosos directores de auténticas obras. Los años cincuenta fueron el gran boom del cine japonés después de haber sido premiada Rashomon en el festival de Venecia, en 1951, y haber ganado posteriormente el Oscar.

El filme de Akira Kurosawa abrió las puertas a una serie de premios en cadena en los siguientes años para ese país conseguidos por otros realzadores. De esa manera pudo conocerse una parte de las obras de Mizoguchi (realizó más de cien) y Ozu (algo más de la mitad). Las filmotecas de aquí y de allá empezaron a dedicar ciclos parciales de su obra.

Kurosawa, por su parte, seguiría siendo un referente para el espectador, por algo era el más americano de los realizadores japoneses. Un hecho que posibilitaría que sus películas, con permiso o sin él, pudieran ser revisadas por realizadores de otros países. No sólo se imitó y se volvió a imitar Rashomon, convirtiéndose, entre otras, en Les girls de George Cukor y en Cuatro confesiones de Martin Ritt, también lo fue Los siete samuráis cuyos remakes llegan han continuado hasta ahora mismo, entre los que se incluyen películas de ciencia-ficción e incluso un filme de animación de los primeros de Pixar, Bichos.

También Yojimbo se reconvirtió sin permiso de los autores en Por un puñado de dólares, el exitoso primer western de Sergio Leone e, incluso, La fortaleza escondida ha servido de base nada menos que a… La guerra de las galaxias de George Lucas. Eso sí, no se puede ignorar que Kurosawa es un gran amante del cine norteamericano al que trata de imitar en sus melodramas, filmes de aventuras o policiacos. E incluso sentía gran amor por el neorrealismo italiano: Vivir se mira en Umberto D, Dodeskaden en Milagro en Milán y Duelo silencioso, El ángel ebrio y El perro rabioso se miran en el espejo del cine italiano de después de la guerra. Querencias ambas no sólo suyas sino abrazadas por gran parte del cine japonés.

Kenji Mizoguchi llegó a España a través de la filmoteca nacional y de los cineclubs (1). Nuestra avidez de ver cine como fuera y de donde fuera nos llevaba a contemplar varias de las obras del director japonés en el idioma que fuese. Recuerdo en concreto la visión en original y con subtítulos en inglés de Cuentos de la luna pálida que llegaba a los cineclubs, vía Filmoteca Española, a mediados de los años sesenta (2).

Yasuhiro Ozu también pasó por filmotecas y, si no me equivoco, se llegó a estrenar, con retaso, en cines su maravillosa Cuentos de Tokio. Directores, y películas, que luego pasaron a formar parte de la programación de aquellos maravillosos ciclos de cine que nos regalaba en los años ochenta la Televisión Española (la 1, la única existente en aquel momento) bajo la batuta rectora de Pilar Miró.

No demasiado lejano en el tiempo Mizoguchi y también Ozu aparecieron a la venta en DVD no siempre con copias de buena calidad. También nos llegó la sorpresa de Mikio Naruse, un realizador que al igual que Mizoguchi, toma a la mujer, oprimida por la sociedad nipona de la época, como elemento esencial de sus relatos. Naruse, interesante, y con obras de gran calidad (sólo realizó una menos que Mizoguchi: no llegó a las cien), sería conocido en España debido al ciclo del festival de San Sebastián, al tiempo de haber editado un interesante libro, junto a la Filmoteca Española, sobre su obra. El gran Ozu (al que varios directores, entre ellos, Wenders y Kirostami, referirán algunas de sus películas) se consideraba un gran admirador de uno de los grandes títulos de Naruse, Nubes flotantes, sintiendo no haber sido quien lo hubiera realizado.

La historia del cine japonés no termina ni mucho menos en estos cuatro directores. En el ayer y el hoy hay bastante más cuya obra es importante (Shindo, Imanura, Kobayashi, Kore-eda, Miyazaki, Ichikawa…).

No será la única cinematografía desconocida de gran producción.

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Ahí está el cine realizado en la India del que poco conocemos salvo la gran personalidad de Satyajit Ray gracias a su triunfo en Venecia en 1956 con Aparajito inició de su excepcional trilogía de Apu. Poca obra conocida de un director que realizó más de 30 filmes.

En los últimos años han llegado algunos trabajos de directoras y directoras venidas directamente de la India o a través de coproducciones con otros países. En los últimos meses por ejemplo se ha estrenado la bienintencionada aunque con demasiados tópicos y de realización endeble, La estación de las mujeres, y la insuficiente pero aceptaba Masaan.

Si el cine chino fue conocido gracias a las películas de Yimou, a finales de los años ochenta, complementado después de forma muy parcial con la obra de otros realizadores (4), el cine coreano llegaría con fuerza a las pantallas al final del siglo pasado y aún, ya desaparecido el boom, sigue ofreciendo buenas obras (hace nada se estrenó Ahora sí, antes no).

Unos años antes había hecho su presencia en las pantallas especializadas (donde va a parar gran parte de este cine) el cine iraní gracias, otra vez, a los premios que el gran Kiarostami (fallecido hace poco tiempo) cosechaba en los festivales. Algunos de sus títulos, para pasmo de cómodos espectadores, se colaría en salas comerciales, digamos normales. Es el caso de Copia certificada gracias a la presencia de su (conocida) protagonista, Juliette Binoche, y de ser una producción fundamentalmente francesa.

Con todo ello, entre nosotros, la ignorancia de directores importantes pero de países ignorados o por realizar sus películas con medios fuera de la industria, es casi total. Y no solo eso.

Algunos títulos llegan a estrenarse pero no rompen la barrera que los ciñe a Madrid, Barcelona o a alguna otra ciudad que parece haberse equivocado al proyectarlos. Es el caso de Bela Tarr (húngaro), de Pedro Costa (Portugués), Apichatpong Weerasethakul (tailandés), Brillante Mendoza (filipino), Edgar Reitz (alemán)…

Cines de allá y de más cerca que no nos llegan aplastados por el imperio del cine norteamericano (de toma y rasga repleto de persecuciones, explosiones, acción por acción) y sus derivas. De cinematografías como la brasileña, portuguesa (ahí cercana), tailandesa, vietnamita, camboyana, filipina… sabemos, conocemos, muy poco.

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Al igual ocurre con los grandes documentales y documentalistas, engañados por el falso parloteo apalabrado como documental, de Michael Moore.  Por citar un solo caso podíamos referirnos al norteamericano Wiseman que casi no se vieron en su precipitado paso por algunas, pocas, salas de nuestro país. Nos referimos a La danza y National Gallery.

Este año dos festivales han premiado sendos trabajos del director filipino Lav Diaz nacido en Mindanao en 1958, realizador de casi treinta títulos. Los dos festivales han sido Berlín y Venecia. En el primero presentaba Hele sa hiwagang hapis, el segundo Ang babaeng humayo.

No conocemos su obra, ni creemos que ningún distribuidor se preocupe porque lo conozcamos. Si tuviera esa osadía, los distribuidores construirían una muralla para impedir su proyección. ¿Por qué? No sólo se debe a que su cine no sea de estructura fácil, con una narrativa cómoda, sino a que además se trata de filmes demasiado largos para ser admitidos. El primero dura poco más de ocho horas y el segundo se acerca a las cuatro. Eso sí, Lav Diaz, tiene películas más cortas e incluso ha realizado cortometrajes.

Mucho nos tememos que Lav Diaz sea un director condenado a ser desconocido, ignorado por los espectadores.

La ignorancia se cierne también sobre el director chino Xiagang Feng (Beijing, 1958) primer premio del último festival de San Sebastián por I am not Madame Bovary. Feng realizador de unos 15 títulos para el cine, más una serie de variados trabajos en televisión, estrenó en España en 2002 un curioso título, el único que por aquí se conoce, El funeral del jefe, quizá por la presencia como actores ingleses y americanos conocidos (Donald Sutherland entre ellos) que muy pocos recuerdan y muchos más no han visto.

¿Podremos ver su trabajo premiado en San Sebastián? Por problemas de duración no será ya que dura tan solo algo más de dos horas, un metraje que recorta en mucho el de las películas de Lav Diaz, y se adecúa a la duración de muchas de las películas que hay ahora de estreno.

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Por cierto hay que señalar de forma muy positiva la presencia en algún cine de Valencia de títulos como Caballo dinero de Pedro Costa o de Boi Neon de Gabriel Mascaro. Aunque, eso sí, otro cine que estrenó (de forma ilógica a varias semanas una de otra parte) las dos primeras entregas de Las mil y una noches de Miguel Gomes sigue negando la presencia de la tercera parte. Sin duda la escasa asistencia de espectadores en las otras dos partes tiene bastante que ver con ello.

Mientras a finales de septiembre Costa y Mascaro luchan por su presencia en la cinematografía valenciana para darse a conocer por inquietos espectadores, en el otro lado de la balanza aparece la, inútil, presencia del remake de la revisión de la revisión de Los siete samuráis y de la reconvertida, y también excelente, Los siete magníficos de John Sturges, mientras se anuncia el estreno de la esperada vuelta al cine de Paul Verhoeven, al que dedicaremos nuestro inmediato Rashomon, con Elle gran triunfadora del último festival de Cannes por la valoración de la crítica, aunque se le negase el premio que al parecer debería haber recibido.

Ya casi desaparecida de cartel, pero aun asomando sus imágenes, se encuentra la última, por el momento, película de Woody Allen, la excelente Café Society que contiene momentos admirables y sobre todo unos planos finales que encierran muchas ideas, muchos mundos y que se erigen como una de las cumbres del cine del director norteamericano, de incansable, y por ello, desigual trabajo (una película por año).

Un final el de la película de Allen en el que se encierra una de las mejores lecciones de cine de este mes, a la que, sin rubor, puede unirse el final —por semejanza— de El porvenir, último título de Mia Hansen-Love, esposa de Olivier Assayas (¡que recital el de Isabelle Huppert!, sin duda una de las grandes actrices actuales).

El porvenir sigue la búsqueda personal, eje de todo su cine, como demuestran El padre de mis hijos, Primer amor, Edén, todos ellos con una fuerte carga autobiográfica o centrada en personajes muy cercanos (Edén sobre su hermano, El porvenir sobre su madre). Un cine, el de esta realizadora parisina nacida en 1981, de gran interés, al igual que el de su marido, Assayas (Viaje a Sils Maria, Después de Mayo, Las horas del verano, Carlos…).

Del otro lado, las decepciones, corresponderían al reiterativo y falsamente comprometido, con personajes o momentos que rozan el ridículo cuando no dan la sensación de ser paródicos, Suburra de Stefano Solima, hijo del nada desdeñable Sergio Solima.

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Desmesurados los laudes hacia Tarde para la ira, un filme construido sobre la sorpresa con un guión mal construido donde el tiempo y los cambios de los personajes están en función de lo que se pretende no de lo que es. Nada que ver con La isla mínima de Alberto Rodríguez, aunque contenga algunos momentos que hacen esperar películas más interesantes de Raul Arévalo.

Es el primer filme que realiza el actor, así que habrá que esperar los siguientes. Aunque el haber realizado una película excelente no quiere decir que la siguiente lo sea. Y no lo son a pesar de su mayor o menos interés los nuevos trabajos de Alberto Rodríguez (El hombre de las mil caras) o de Pablo Larraín (Neruda).

Ahora, lo dicho, expectantes ante el estreno del último filme dirigido por Paul Verhoven (78 años) o el de Tim Burton (El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares) cuyo tráiler nos retrotrae al fantástico y maravilloso mundo de sus títulos más famosos (de Eduardo Manostijeras a Sleepy Hollow).

Dos títulos sin duda importantes que nos adentraran en la nueva temporada cinematográficamente que esperamos sea gratificante y en la que podamos conocer a realizadores (y cinematografías) desconocidos e importantes al parecer vetados, por diversas razones, para acceder a la visión de sus filmes.

Escribe Adolfo Bellido López


Notas

(1) Aparte de Rashomon o una versión muy reducida (no llegaba a dos horas de los 205 minutos del original) de Los siete samuráis, en los años cincuenta llegaría a estrenarse comercialmente entre nosotros un título no excesivamente brillante, La puerta del infierno (1953) del ignorado Teinosuki Kinugasa.

2) Y no sólo nos llegaba así el título de Mizoguchi, ocurría lo mismo con, por ejemplo, Lady Macbeth en Siberia de Wajda, mientras que El criminal de Losey o Vivir su vida de Godard llegaban a los cineclubs sin subtítulos.

(3) Ozu debe ser uno de los pocos realizadores de su país que no ha realizado ninguna película fantástica o de samuráis.

4) En el último año el cine chino nos llevó a degustar un gran y hermoso filme, La asesina. No es el único título importante que nos ha llegado. No hace mucho nos llegó la interesante Más allá de las montañas. 

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