Editorial agosto 2016

  24 Agosto 2016

De los Oscar al cielo

cimino-oscarEl cine español ya ha dictaminado las tres películas sobre las que se deberá elegir aquella que intentará estar en la fase final de los Oscar. La elegida por los representantes de la Academia del Cine Español no quiere decir que esté en la fase final, entre el selecto grupo de las finalistas, debido a que sólo, entre las presentadas entre los diferentes países, pueden quedar nueve.

España se ha llevado, referido al apartado de mejor película extranjera, cuatro Oscar: Volver a empezar (1982) de José Luis Garci, Belle epoque (1992) de Fernando Trueba, Todo sobre mi madre (1999) de Pedro Almodóvar y Mar adentro (2004) de Alejandro Amenábar. Ningún título —y alguno realmente flojo— con la suficiente categoría para tal galardón. La mejor película de un director español con tal premio fue para un filme de nacionalidad francesa: El discreto encanto de la burguesía (1972) de Luis Buñuel, una película, ¡esta sí!, de gran calidad.

Es una curiosidad, sin más, constatar que de la película de Buñuel a la de Trueba encontramos, en las tres premiadas, el mismo espacio de tiempo de separación: diez años (72, 82, 92).

Es de todos sabido que los Oscar, con toda su ampulosidad, lo mismo que cualquier otro premio, no quieren decir demasiado sobre la verdadera calidad de un filme. Detrás de los premios se encierran una serie de convenios, propuestas, compensaciones o necesidades concretas de dar relieve, por diferentes conceptos, al título o al país premiado.

Otros técnicos y/o actores españoles han recibido también el Oscar. Citemos a Juan de la Cierva y Hoces (1969) por su contribución técnica en la industria cinematográfica; Gil Parrondo que durante dos años consecutivos (1970 y 1971) obtuvo el Oscar a la mejor dirección artística, por Patton (junto a otro español Antonio Mateos) y Nicolás y Alejandra (dirigidas ambas por Franklin Schaffner);  Néstor Almendros (1978) obtuvo el Oscar a la mejor fotografía por Días de cielo de Terrence Malick; Almodóvar en 2002 (continuando con la diferencia de los diez años) conseguiría el Oscar al mejor guión por Hable con ella; David Martí y Montse Ribes obtuvieron el Oscar al mejor maquillaje por su trabajo en El laberinto del fauno (2006) de Guillermo del Toro; mientras que Pilar Revuelta, por la misma película (junto al mexicano Eugenio Caballero), fue premiada por la dirección artística; Javier Bardem obtuvo el Oscar al mejor actor de reparto por No es país para viejos (2007) de los hermanos Coen; Víctor González junto a Ignacio Vargas y Ángel Tena en 2008 recibieron el premio por su contribución a la era digital; Penélope Cruz, por su parte, recibió el Oscar a la mejor actriz de reparto por Vicky Cristina Barcelona de Woody Allen.

En los últimos años nuestros académicos parece que no están muy acertados en su elección ya que ninguna de las películas propuestas ha pasado ni siquiera a la selección final. No se entiende, por ejemplo, por qué ni siquiera preseleccionaron La isla mínima (2014) de Alberto Rodríguez que luego, entre otros números premios, tendría 10 Goya y el en los Premios de Cine Europeo el que le concederían los espectadores.

De todas maneras el nivel medio de nuestro cine en los últimos años no ha sido nada boyante. Éste sigue prácticamente igual. No nos sorprende los tres títulos preseleccionados en la presente ocasión.

Se trata de Julieta de Pedro Almodóvar, El olivo de Iciar Bollaín y La novia de Paula Ortiz: tres títulos muy diferentes en calidad y en planteamientos. El aparentemente más comprometido es el de Bollaín, el más (gratuitamente) estético el de Ortiz, mientras que el de mayor calidad, sin duda, es Julieta.

No me gusta en absoluto La novia, un filme equivocado y de una plástica hiriente, pero, curiosamente, puede resultar el título que más posibilidades tiene. Para empezar el punto de partida, Lorca, supone ya un tanto a favor; por otro lado, su relamida fotografía, su apuesta por un tipismo errático, puede embobar a unos y a otros. Una película pretenciosa e inútil, a veces lindante, lo que supone un clímax antilorquiano, con el spaghetti western, pero que, en su propia torpeza, puede engatusar a los académicos.

Frente a la superioridad en todos los sentidos de Julieta (puede que el nombre de Almodóvar termine por tensar la cuerda) se encuentra la belleza bobalicona y pretenciosa del filme trampa y engaño que supone La novia.

La sorpresa supondría que se escogiera a El olivo, demasiado pequeña en todo: calidad, pretensiones… aunque a su favor se encuentre su planteamiento concienciador. A mediados de septiembre la primera decisión. La segunda, la más importante, será la selección final, allá en Hollywood.

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Mientras los hombres y mujeres del cine español deciden, nos acercamos a la nueva temporada cinematográfica. Nada menos que septiembre (se estrena a finales de agosto) se inicia con el último Allen, Café Society que al igual que sus últimos títulos, siempre a uno por año, dividirá a la crítica entre defensores y detractores. Y Allen disfrutará, sin duda, con ello.

A finales de septiembre llega, esperamos que así sea, Elle de Paul Verhoeven con Isabelle Huppert. Diez años hace ya que nos llegó su anterior filme, el interesante El libro negro. Entre ambos títulos ha realizado un mediometraje para televisión Steekspel (2012). Los que han visto Elle en el último festival de Cannes dicen de ella maravillas, y la crítica revalidó tal criterio. A este director nacido en Holanda, la enigmática y brillante El cuarto hombre (1983) le catapultó a Hollywood donde realizará filmes tan interesantes como Desafío final, Instinto básico o Robocop, sin olvidar su discutible Tropas del espacio o El hombre sin sombra, la violenta visión de la Edad Media que es Los señores del acero, o Showgirls, fallida incursión en el mundo de la prostitución de lujo. Recuperemos a este realizador molesto en ocasiones, mordaz siempre, joven a sus 78 años. Nuestra revista, aprovechará el estreno de Elle, para dedicar un estudio sobre su obra, en la sección Rashomon.

Mientras se acercan pues los próximos estrenos, el verano se va cerrando con un éxito, al menos en cines minoritarios, de un filme que muy podría haber firmado el polémico Verhoeven: The Duke of Burgundy. Película sobre polillas y mariposas, encierra una fascinante historia de sumisiones, de dominios a través de una relación lésbica de planteamientos sadomasoquistas. Va mucho más allá de ello esta tercera película realizada por Peter Strickland, que llama a la puerta de Belle du Jour de Buñuel (para dejarlo muy claro un personaje muy secundario se llama Viridiana) y del cine de Lynch, antes que (como han dicho algunos críticos) al cine de Jesús Franco (1).

Si no han visto la película por esa afirmación, no hagan demasiado caso. No me gusta, ni me apetece el cine de tal persona y, sin embargo, esta extraña e inquietante historia narrada en The Duke of Burgundy me interesa mucho. Posee un toque de seducción en sus imágenes, en el juego de sus elipsis, que lo hace muy atrayente, incluido el interrogante y abierto final. Curiosamente el segundo título de Strickland, estrenado con posterioridad a éste, y el que le dio cierta fama en diversos festivales, Berberian sound studio, ha pasado como una estrella fugaz por los cines.  

A estas alturas del verano sigue sin estrenarse en Valencia la tercera parte de Las mil y una noches, el filme portugués de Miguel Gomes; seguramente ante la poca aceptación de las otras dos partes el exhibidor ha decidido no proyectarla. Tan poca seriedad y compromiso con los espectadores corre pareja con el nunca producido estreno en España —aunque anunciado por la distribuidora— de esa maravillosa, inquietante y compleja película, Under the Skin (2013) de Glazer. Ni siquiera tenemos noticias de la existencia de una edición en DVD en nuestro país. De la única que conocemos su existencia es de una copia en inglés y con subtítulos en inglés. Aunque no importan mucho los subtítulos ya que los diálogos se reducen a la mínima expresión.

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El mes pasado, en el editorial, escribimos sobre la muerte del gran Kiarostami. Su gran figura eclipsó el fallecimiento de, al menos, un curioso realizador, al que la realización de un filme condenó por vida. Se trata de Michael Cimino. Nacido en 1939, nos dejó hace casi dos meses (el 2 de julio).

Tan sólo realizó ocho películas. Eastwood, a través de su productora, confió en este neoyorkino dándole la oportunidad de dirigir Un botín de 500.000 dólares (1974), una divertida, cínica y atrayente película de acción con guión también de Cimino. El actor principal era Eastwood. Se habían conocido un año antes ya que Cimino había escrito la secuela de Harry, el sucio —que dirigía Ted Post (Harry, el fuerte, 1973)—. La primera película de Cimino no fue un gran éxito, pero sí le abrió el camino en la industria. Tenía clase y oficio como demostraría en su segundo filme: nada menos que El cazador (1978). Obtuvo cinco Oscar, incluido el de mejor película y director.

Tras ese éxito, la carrera de Cimino parecía ir sobre ruedas. La United Artists le dio libertad absoluta para realizar su personal visión del oeste. Sería un filme distinto, esplendido, una clara introspección en un momento histórico. Cimino tuvo en sus manos un gran presupuesto y muchos actores excelentes. El metraje, al terminar el primer montaje, superaba las cinco horas y media. La productora se quedó estupefacta. En la duración y también al ver una película que no iba a ser comercial. Se arruinó la United Artists y la película se estrenó en cines en una versión de menos de la mitad. Resultaba totalmente ininteligible la historia, lo que ocurría. Luego se vería en televisión una versión de unas tres horas y media. Hace poco se ha editado en BluRay y DVD una versión cuidada con esa duración. Probablemente nunca se vea el primer montaje de Cimino, dos horas más largo. Aquella película se titulaba y se titula La puerta del cielo (1980), aunque para la productora y para el propio Cimino supusiera más una puerta que les llevaba al infierno.

Posteriormente sólo realizó cuatro películas más. Tuvo que esperar cinco años para firmar un estimable y  violento thriller al que injustamente —confundiendo la ideología de su protagonista con la del film—, se trató de reaccionario y de fascista. Era Manhattan Sur (1985).

Su decadencia, o su desinterés por lo que hacía o le proponían, lo llevó a dirigir dos años después El siciliano, sobre el personaje de Salvatore Giuliano. Nada que ver con la admirable película sobre el controvertido personaje siciliano realizada por Francesco Rosi en 1962. Eso sí, algunos de los ataques que se llevaron a cabo en España cuando se estrenó fueron ridículos. Se atacó, por ejemplo, que transcurriendo, lógicamente, el filme en Sicilia los carteles existentes en las calles y las noticias de los periódicos aparecieran en inglés. Se olvida, cuando interesa, la propia realidad irreal del cine y del arte. ¿Deberían hablar, de acuerdo a ello, Romeo y Julieta en la obra de Shakespeare en italiano o por qué Hamlet no hablaba en danés? Si eso se admite en teatro ¿por qué no en cine? ¿Es posible ridiculizar esa obra maestra de Chaplin, Monsieur Verdoux, desarrollada en Francia, debido a que los periódicos que aparecen están en inglés?

Cimino hundido, aún rodaría una película más, un escalón más bajo que la anterior, 37 horas desesperadas (1990) un remake de Horas desesperadas de William Wyler. Por ultimo una película más que sería totalmente ignorada, Sunchaser (1996) porque ya nadie conocía a aquel director del que todos en la profesión, a finales de los años setenta, hablaban con entusiasmo en Hollywood. Y del que tanto se esperaba. En la muerte de Cimino pocos medios se hicieron eco de su desaparición. Muy pocos se acordaban de él. Muchos menos de que había sido uno de los guionistas de un extraño y novedoso título de ciencia ficción, Naves misteriosas (1972) de Douglas Trumbull.

Hollywood no perdona a los que fracasan comercialmente. ¿Únicamente Hollywood? ¿No es la ley depredadora de todos cuantos forman el comercio del cine, ya sean productores, distribuidores o exhibidores?

Cimino quiso entrar en el olimpo del cine llegando al cielo y Hollywood le precipitó al abismo. Como a tantos otros

Escribe Adolfo Bellido López


Nota

(1)   No solo por sus más que discutibles películas también por el montaje indecente con el que trató de cerrar el inacabado Quijote de Orson Welles. 

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